Crítica de ‘El rehén’: En continuo conflicto

La cinta protagonizada por Jon Hamm llega a los cines este viernes

Por León Palma

Las películas de espías (Bond o Bourne no son espías, son superhéroes) generalmente obligan al espectador a rebobinar lo que acaba de ver en busca de esa pieza del puzzle que haga que todo encaje. Si te has perdido en algún momento, para el crítico sesudo será sinónimo de buen cine; no sé qué pensarán de este filme, uno de los productos comerciales más sólidos, entretenidos y eficaces de los últimos meses, que deja todo claro desde el principio, incluso esa negrura que envuelve la guerra y los intereses bastardos de las partes del conflicto.

Supongo que por razones comerciales se ha estrenado entre nosotros como El rehén lo que originalmente es Beirut, la capital del país convertido en un perpetuo campo de batallas desde hace ya demasiadas décadas y recreado para la ocasión en el vecino Marruecos.

Los atentados de Múnich del 72, la posterior guerra civil, la impotencia de los libaneses por conseguir una paz duradera constantemente amenazada por ideales expansionistas, económicos, militares o religiosos; todo está en el film: es la maldita estrategia geopolítica que se ceba en esta zona de Oriente Próximo. Asimismo se cuestiona el papel fundamental de la diplomacia y los servicios secretos que a veces solo atienden a razones de estado y olvidan las muchas vidas que sus decisiones ponen en peligro.

Una fotografía desvaída y una cuidadísima caracterización nos introduce en la acción, diez años antes de la trama principal; un arranque decisivo que marcará al personaje principal al que da vida un magnífico Jon Hamm. Aunque este excitante prólogo haga previsible la importancia de algunos personajes en el desarrollo de la película, está lleno de momentos de gran cine, plenos de emoción, como la despedida de Nadia, que tendrá su equivalente casi al final en la relación especial de Mason y Karim.

El filme tiene también la virtud de no andarse con tapujos y mostrar la omnipresente corrupción y cómo muchas decisiones se toman en base al enriquecimiento personal. Pone también en su sitio al gobierno de Israel, en demasiadas ocasiones instigador del peligrosísimo polvorín en que se ha convertido la zona y al que descerebrados como Netanyahu o Trump, con la controvertida decisión de convertir a Jerusalén en capital o al país en estado confesional, pueden hacer estallar.

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