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2020: al fin se ve la salida del angustioso túnel

por Rubén Pareja Ramírez

Warning came, no one cared.

Earth was shakin’, we stood and stared.

When it came, no one was spared…»

(Estrofa de “Burn”, un tema de Deep Purple de 1974).

Cuando el reloj de la Puerta del Sol dio la última campanada el pasado 1 de enero, ahí estábamos descorchando el champán, mandando whatsapps por el móvil o dándonos besos y abrazos con los que teníamos al lado. Yo me preparaba para salir un rato al Centro con un amigo, donde, algo más tarde de lo previsto (los buses iban atestados), entramos en el Rockin y nos tomamos un par de chupitos de Jagger. Y, mientras andábamos un poco, en medio del frío y del ambiente, comentamos las expectativas que teníamos para el nuevo año. Yo pensaba un poco en el verano, ya que en él tocaba celebrarse la Eurocopa y los Juegos Olímpicos. 

El 2019 estuvo bien, pero el 2020 prometía ser interesante, aunque no empezó espléndido. Seguramente por el frío que hizo aquella noche, mi abuela pescó un buen resfriado que nos tuvo preocupados durante todo enero, pero que por suerte acabó bien. Nada más empezar el año, el principal tema de conversación era si el 2020 suponía o no el inicio de la nueva década, aunque pronto se conoció que en la ciudad china de Wuhan se estaba infectando la población por un agente raro llamado Coronavirus. 

En aquellos momentos sonaba a un suceso, como los de la gripe A o el ébola, sin más. Pero, desgraciadamente, el Covid-19 fue un iceberg que ha puesto en jaque a nuestro Titanic llamado Tierra. Es curioso que aquel barco tardó casi dos horas y media en hundirse, y el Coronavirus arrasó en todo el mundo en poco más de dos meses y medio. La cantidad de focos de infección en varios países dejaron evidente la inmediata capacidad de propagación de este virus, así como su letalidad. El caso es que avanzó poco a poco, hasta que de repente estaba en Italia, Y, más tarde, incluso en Sevilla. Algunas personas que estaban viajando fuera lo trajeron también a Málaga. Pero ahí seguíamos haciendo nuestra normalidad, mientras el virus se iba extendiendo sin control… 

En febrero, cuando iba a celebrar mi cumpleaños, ya se bromeaba con que “a ver si cogíamos el virus” y esas cosas. A finales de aquel mes, por el Carnaval, ya empezábamos a dormir con un ojo abierto. El último fin de semana de la vieja normalidad, del 6 al 8 de marzo, quedará en el recuerdo. Yo salí una noche con unos amiguetes de la facultad por La Térmica y luego nos fuimos a tomar unas cervezas a un fantástico local llamado Classic Rock Bar. Mi hermano, por su parte, lo pasó en grande en la Freakcon. 

Unos días después, el miércoles 11, la propia OMS dejaba claro que nos encontrábamos ante una pandemia. Así que nos preparábamos para algo insólito que iba a ocurrir aquella misma semana: la noche del sábado 14 de marzo, el Gobierno decretó el Estado de Alarma en toda España, que nos obligaba a estar encerrados en casa durante casi dos largos meses. Aunque ya nos esperábamos que nos fueran a confinar, todos estuvimos expectantes ante nuestros televisores esperando lo que nos decía Sánchez, porque el avance del virus consiguió asustarnos, por un lado, a la vez que era difícil de imaginar no poder salir de casa a partir de entonces. La preocupación y la amargura ante lo que nos esperaba creaba un cóctel difícil de explicar.

En medio de esta tragedia sigilosa, como les ocurría a los protagonistas de “Fear The Walking Dead”, ocurrieron muchas cosas que dieron lugar a pensar muchas otras. Pero, para que no aburran ni líen, trato de dividir esta historia en algunos apartados de los que creo que valía la pena hablar. Sin olvidar que esto solo es mi opinión, aunque, eso sí, basada en aspectos que hemos podido comprobar:

El confinamiento: casi dos meses en casa.

En medio de este encierro, en los balcones de España se vivieron cosas muy especiales. El domingo 15, se convocó a través de las redes sociales que aplaudiésemos desde nuestras casas a las 22 para agradecer a los sanitarios su espléndida labor en medio de esta guerra. Aunque yo me asomaba a aplaudir, y me resultó bastante emocionante la primera vez al ver cómo respondía todo el mundo a la causa, reconozco que esto no sirve de nada en realidad. Los problemas así se solucionan protegiendo la sanidad y otros servicios públicos, algo que no sé si la gente aprendió como debería.

Desde el lunes 16, cada día los aplausos se dieron a las 20, y luego aprovechábamos para desahogarnos, poner música, saludarnos y, en general, dar un soplo de ánimo a quienes empezaban a pasarlo mal por estar tanto tiempo encerrados, en especial aquellos que viven solos en sus casas, como mi abuela, a quien todo aquello hizo bastante feliz durante aquel más de mes y medio en el que no pudimos salir. También se vieron afectados los más pequeños. Ahí se veía en algunos vídeos virales las reacciones de algunos de ellos, que no entendían por qué no podían salir a jugar. Por eso, también se organizaron algunas “quedadas” a ciertas horas de la tarde, pensadas para ellos.

La imaginación tenía rienda suelta incluso para lo más patético, porque también se convocaron caceroladas para atacar al Gobierno, aunque, sinceramente, no escuché nada de aquello por mi zona. Tocó aguantar el insufrible “Resistiré”, pero frente a mi casa me pude deleitar en más de una ocasión gracias a unos vecinos que ponían Dire Straits. Había otros más que dedicaban un espectáculo al barrio, aunque más adelante lo más sensato fue guardar un poco de silencio en señal de respeto, ante tantos fallecidos…

Aquellos días también hacía su presencia la Unidad Militar de Emergencias (UME), que me hacía sentir como en “Half-Life” cuando llegaban los militares de la Hazardous Enviroment Combat Unit al complejo Black Mesa. Estos héroes, al pie del cañón, se encargaron de desinfectar varias zonas de la ciudad y daban una vuelta a menudo en sus vehículos para saludarnos y agradecernos nuestra paciencia. En una calle cercana a la que vivo, los vecinos protagonizaron una vez tal clamor que parecía aquello una auténtica feria. Fue lo más similar que vivimos, ya que no hubo ninguna feria real este año, al igual que la tan esperada por muchos Semana Santa. 

También se atrasaron todas las competiciones deportivas, si bien la Eurocopa o los JJ.OO. que correspondían a este verano tendrán que celebrarse, si acaso, mucho más adelante (con las fiestas y eventos del 2021, veremos lo que ocurre). Destaca que, por lo general, desde los períodos de guerras, jamás se había suspendido ningún evento destacado hasta entonces. 

Todos los días eran domingo. Y esa estampa costaba asimilarla. A las seis de la tarde, en abril, cuando el día duraba más, era increíble ver la calle vacía, muerta, desolada, sin un alma, excepto los que íbamos al supermercado. Allí teníamos que guardar unas colas considerables hasta que los vigilantes nos dejaran pasar y nos indicaran dónde estaban el hidroalcohol y los guantes. Y yo, que vivo junto a una de las principales zonas de tráfico de Málaga, no podía creerme que se vieran tan pocos coches pasar durante el día…

Personas como mi hermano, a quien le tocaba celebrar su fiesta de graduación, no pudieron hacerla ni despedir su curso como se hubiera deseado. Pero esto no es nada frente a la cantidad de vidas que este virus se lleva cobrando desde que llegó a España. Aquello llegó a causar angustia al principio, porque parecía que no iba a terminar nunca, y que en cualquier momento nos podía ocurrir. Mientras, en medio de esta catástrofe, en la que muchos perdieron a sus seres queridos de la noche a la mañana sin poder decirles adiós, los médicos se han visto saturados día sí y día también, incluso en los hospitales de campaña que hubo que montar, porque la sanidad no goza de la protección que debería. Así que aquí tampoco había “botes salvavidas” para todos, en este caso camas ni medios suficientes en los hospitales.

En casa, por suerte, a pesar del hartazgo que podía suponer el encierro, había muchas cosas con las que pasar el rato. Aparte de prepararme mis oposiciones, no faltó tiempo para despejar la mente. Gracias a la tecnología, pudimos estar más cerca que nunca de los nuestros. Ahí tuve mis videollamadas con la familia, o charlas con algunos amigos. Me dio tiempo a ver cada programa de “¿Dónde estabas entonces?” y, más tarde, vi la interesante serie de Playz “Bajo la red” y alguna que otra película más, entre algunas cosas. También cayeron partidas al parchís, pero luego me di cuenta de que había cosas un poco más interesantes para echar las noches. Lo que sí quedó evidente fue la cantidad de horas que veíamos el Canal 24 horas, pegados a la información, esperando algo de luz en medio de este túnel tan largo. Antes de que todo esto llegara, recuerdo que ponía para desayunar Mega, con “La casa de empeños”, “¿Quién da más?”  o “Cazatesoros”. Pero, por desgracia, desaparecieron de mi rutina diaria.

Y por fin llegó el verano: ¿desescalada o rafting?…

Lo que esperábamos como agua de mayo era el verano, que trae consigo el aumento de las temperaturas, porque se creía que el calor combatía el virus. Ahí se veían cifras de los países africanos, que reflejaban un número relativamente bajo de muertes y de contagios. Y empresas malagueñas ya tenían listos unos sistemas para los hoteles que ponían las habitaciones a casi 50 grados y, así, las podían desinfectar, aseguraban. Mientras algunos se frotaban las manos, lo que ocurría era que en aquellos países no se hicieron tests en condiciones, así que las cifras de contagios que se registraban no se acercaban ni de lejos a la realidad. Al final quedó claro que el calor no hace al virus ni cosquillas. El peligro seguiría ahí, mientras tanto.

Pero, como la gente es muy bipolar (bien que me lo decía un amigo), todos aquellos aplausos de postureo que durante abril se fueron apagando hasta el último, que se dio a mediados de mayo, no sirvieron de nada. En cuanto se inició la desescalada por fases y se podía salir de casa un rato, la gente se lanzó a la calle y pasó de respetar las medidas de seguridad que se aconsejaron para evitar los rebrotes. Hicieron la vieja normalidad en lugar de la nueva, que era la que correspondía, ya fuera en reuniones, en casas rurales o en la playa. Si a esto le sumamos los que pasan de llevar mascarillas, y lo justifican con unas cosas que no se pueden coger ni con pinzas, la situación fue empeorando. 

Tras un verano de aúpa, en septiembre, obviamente, todo estaba como en marzo en cuanto a nuevos contagios y fallecidos. Teníamos una segunda oleada. Hasta tal punto que el Gobierno tuvo que confinar de nuevo Madrid, tras pedir a su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, por las buenas, que lo hicieran ellos mismos. Y ahí se montó un rifirrafe entre ella y Sánchez, simplemente por temas ideológicos. Más tarde se confinaron por sí solas comunidades como Navarra. Y en octubre, nuestro Presidente tuvo que decretar de nuevo el estado de alarma en el país, aunque esta vez a partir de las 22. La intención es que este toque de queda dure hasta abril, aunque todo puede pasar. 

La política: lo de siempre.

No quiero aburrir mucho con política, ¿vale? Es cierto que nuestro Gobierno no supo anticiparse bien a la catástrofe, ni ha hecho las cosas mejor durante la gestión, tal y como demuestran varios estudios e informes publicados por expertos en varias revistas sobre la desescalada de la primavera, por ejemplo. En realidad, la desescalada estuvo forzada por la presión que muchas comunidades autónomas hicieron al Gobierno. Pero cabe resaltar que esta mala gestión ha sido una mina de oro para la oposición, formada en este caso por la derecha y la ultraderecha, para atacar a la izquierda, sin más. El Gobierno no ha sabido estar a la altura, pero mucho menos lo estarían los otros, y creo que esto no es ningún motivo para darles el voto. 

Entre otros aspectos, el feminismo fue carne de cañón, ya que la ultraderecha está en contra de esta iniciativa. Así que criminalizó la manifestación del 8M porque, según ellos, el “gobierno criminal” había ocultado información para que se celebrara a toda costa, a pesar del riesgo de contagios. Los medios afines contribuyeron a que se generalizara esta creencia, por supuesto. En realidad se saben todos los eventos que hubo junto a aquello y que, debido a la transmisión instantánea del virus, sobre todo en el Metro, por ejemplo, aquella manifestación no fue la principal responsable (sobre todo si volvemos a lo de que ya estaba en Sevilla de repente). La cuestión es que algunos, en lugar de ayudar, han hecho todo lo contrario durante este tiempo: estorbar.

Aquí en Málaga era impactante ver ya colocadas las luces de Navidad desde mediados de septiembre. Pienso que ese gasto se podría haber destinado a recursos para muchas familias que lo están pasando fatal. Y, si por las restricciones no se podrá disfrutar de paseos en la calle como siempre, no tendrá sentido este despliegue de adornos en calle Larios, por ejemplo. La necesidad de que en el Centro siempre haya algún reclamo especial quedó evidente en verano con el Festival de Cine que, al no poderse celebrar en abril, se pasó a agosto. A mi juicio, fue un festival forzado, con tal de que Málaga fuera el centro de atención incluso fuera de España durante una semana, y donde las estrellas pudieran posar a gusto. Por no hablar de un evento gastronómico que se organizó con motivo del festival. 

El interés cultural era, pues, lo de menos en medio de esta especie de feria, si bien pienso que a la cultura se la pudo seguir apoyando mediante charlas por streaming y subvenciones, con lo mal que lo ha pasado, y que es lo que realmente necesitaría, digo yo.  aunque es lógico. A falta de fiestas mayores, el maltrecho Centro tenía que tener algo destacado durante el verano, sí o sí. Allí, en la puerta del Teatro Cervantes, por cierto, se vieron aglomeraciones de gente cuya distancia de seguridad brillaba por su ausencia. Por no hablar de algunas fotos de poses en grupo sin mascarilla…

Ahora solo se piensa en «salvar la Navidad» y relajar las restricciones, para que haya más libertad durante esos días. Se intenta que el toque de queda se pueda atrasar a la 1 de la madrugada en Nochebuena y Nochevieja. Esto puede ser peligroso, ya que puede pasar igual que en verano. Que los negocios estén a rebosar en estas fechas y que las luces transformen las calles en algo que no tiene mucho que ver con la Navidad mientras los niños canten que su padre, fulano o mengano es un elfo beneficia a tope a la industria, pero, en cambio, puede perjudicar bastante la salud de todos. Durante estos días no paran de augurar que «va a haber una tercera ola después de Navidad», con lo que nos tratan de preparar para lo peor. Pero tampoco es que se esté contribuyendo a evitarlo, al llenar las calles de adornos y, así, favorecer que la gente se disperse, lo que me hace pensar en la canción que menciono al principio…

No todo ha sido negativo: ¿qué se puede sacar bueno de todo esto?

“Pueden encontrarse aspectos positivos incluso en las situaciones negativas, y todo eso se puede usar como experiencia para el futuro, ya sea como piloto o como hombre”. Tanto esta gran frase del piloto de Fórmula 1 Ayrton Senna como la mención al deporte en sí vienen que ni anillo al dedo en esta situación. Y te digo por qué.

La muertes del austriaco Roland Ratzenberger y del brasileño en el GP de San Marino en 1994 causaron una enorme conmoción en la Fórmula 1. Las medidas de seguridad tras aquello se endurecieron como nunca, y a día de hoy se continúa investigando en mejorarlas. Tanto es así que en 20 años no hubo ningún otro accidente mortal (hasta el de Jules Bianchi en el GP de Japón del 2014). Hace nada, hemos tenido el brutal accidente de Romain Grosjean en el GP de Baréin. El Haas del francés colisionó contra las protecciones y se incendió. Aparte del traje ignífugo, el halo que los coches tienen en su cabina (una pieza de hierro de diez kilos en forma de “Y” que les protege frontalmente) fue esencial, ya que, debido a la velocidad que iba, el monoplaza atravesó los guardarrailes y, de no estar ese halo, Grosjean no lo habría podido contar.

Aquí ocurre algo muy parecido. Si algo bueno podremos sacar de esta tragedia, en memoria de tantas víctimas, es la necesidad de proteger nuestra mal cuidada sanidad. Los servicios públicos como este nos aseguran nuestras necesidades esenciales, y ese es un gran motivo para apoyar a los partidos que apuestan por defenderlos, frente a los intereses de muchos de privatizar incluso lo inimaginable (se llegó a insinuar hace tiempo si se podría privatizar el agua). Y, visto lo que ha ocurrido, hay que procurar que en el futuro esto no vuelva a pillarnos desprevenidos por lo que pueda ocurrir. Al igual que el halo ha salvado la vida a pilotos como Grosjean, una sanidad bien preparada habría podido salvar muchas vidas más.

Muchas familias se ven en lo peor al no poder pagar la luz o el gas en momentos de crisis, ante la ausencia de empresas públicas. Pero, también por la falta de políticas públicas, muchas familias que no han tenido tampoco recursos para pagar sus alquileres se han visto casi en la calle. Así que, lejos de tantas banderas, iconos y otros elementos irrelevantes, se ha demostrado que el patriotismo real está en que los españoles más vulnerables puedan tener la protección de la que en momentos como ahora carecen.

Otra demostración de lo importantes que son los servicios públicos está en RTVE. Durante el período de confinamiento, La 2 emitió programas que ningún canal privado estaría dispuesto a emitir. Hablo del “Muévete en casa”, con el que cada día los televidentes podían hacer rutinas de ejercicio en el salón. O también los programas educativos que se prepararon para los niños de diferentes edades, ya que no todos disponen de Internet en sus casas y, por tanto, no podían recibir clases. Estos programas pueden no ser rentables económicamente, pero sí socialmente. Y esa es una necesidad que también hay que garantizar en situaciones así.

También es necesario buscar otro modelo económico más sostenible, más allá del turismo y de la hostelería, ya que, al venir esta epidemia, muchos negocios basados en este modelo se han visto arruinados. Aquí en Málaga es, por desgracia, el modelo que prima, como he dicho antes. De hecho, dando un paseo al Centro el día en que se encendieron las luces navideñas, el panorama indicaba por sí solo el estado en que se encuentra. Estaba lleno de gente en algunas zonas como la calle Alcazabilla, acompañada de músicos y algunas luces navideñas, pero en medio de un ambiente un poco triste, por decirlo así. Al ser el Centro una especie de parque temático, no tiene mucho sentido moverse por allí más allá que para ir de fiesta. Una gran idea para cambiar lo actual está en la reindustrialización de nuestro país, como bien defienden algunas formaciones muy conocidas.

Acabar este año: lo más deseado

Cuando el reloj de la Puerta del Sol dé la última campanada el próximo 1 de enero, algunos descorcharemos el champán esperanzados con la vacuna que, por fin, en un tiempo récord (aunque, por supuesto, sin acabar aún), a partir de ese mes se empiece a administrar y que pueda ser nuestra salvación. Esta vez no habrá besos ni abrazos con los pocos que tengamos al lado, aunque quizás estemos más cerca de poder volver a darlos. Los buses irán vacíos. No habrá fiestas en ningún lado. Pero poder mandarnos whatsapps por el móvil o comunicarnos por videollamada con nuestros seres queridos desde nuestras casas podrá ser un aliado en cierto modo. 

En la tele, el ambiente de cercanía se vivirá mucho también. Las Campanadas de La 1, las más vistas cada año, las presentará Ana Obregón. Una persona a la que se podía recordar con cierto humor (otros quizás con hartazgo incluso) por sus andanzas en la tele, sobre todo acompañada de Ramontxu. Esta vez será muy diferente. La labor de la actriz, más allá del mero personaje popular, será la de servir de apoyo moral a mucha gente a la que, como a ella, el dolor la ha acompañado este fatídico año. Ella nos transmitirá más ánimo y esperanzas que un simple “Feliz 2021” sin más, ante el típico jaleo. 

En definitiva, cuando el reloj de la Puerta del Sol dé la última campanada el próximo 1 de enero, se echará el cierre a un año digno de olvidar. Un año triste, atípico, en el que hemos estado expuestos a lo peor. Lo que sí me da que pensar es cómo se puede recibir un año que vamos a empezar igual que lo acabaremos. Aunque tengamos la vacuna, nos tendremos que seguir implicando aún en la causa, eso sí, para evitar que la pandemia vuelva a dominarnos. No obstante, esto puede dar bastantes esperanzas para que el año vaya mejor, e incluso, esta vez sí, se inicie la nueva década como se merece. Con nuestra implicación y con el mejor regalo que podremos tener este año para Reyes (una vacuna que nos permita superar esta pesadilla), podremos empezar la década con más esperanzas que nunca. A propósito, Feliz Navidad.

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