Agitación dentro de la quietud

'Capturo el castillo' fue la primera novela de Dorothy Gladys Dodie Smith dividida en tres cuadernos, cada uno de ellos con la cantidad que costaron.
capturo el castillo

Capturo el castillo (Trotalibros Editorial, 2025, con traducción al castellano de Noemí Jiménez Furquet) fue la primera novela de Dorothy Gladys Dodie Smith (1896-1990), publicada originalmente en 1948. Aunque ella era británica, la escribió en Estados Unidos, donde se marchó con su marido antes de regresar a su país natal, y quizás sea más conocida por 101 dálmatas, que se llevó a la gran pantalla y tuvo mucho éxito. Capturo el castillo está dividida en tres cuadernos, cada uno de ellos con la cantidad monetaria que costaron: primero el cuaderno de seis peniques, que transcurre en marzo; luego el de un chelín, en abril y mayo, y finalmente el de dos guineas, de junio a octubre. Quien escribe en ellos, a modo de diario, es Cassandra Mortmain, la narradora y protagonista, una joven de diecisiete años que vive en un castillo ruinoso y aislado, arrendado durante varias décadas, junto a su familia: su padre, un escritor frustrado; su madrastra, que vive del pasado glorioso que tuvo; su hermana mayor, Rose, idealista y soñadora; su hermano menor, Thomas, y Stephen, el manitas, que está enamorado de ella. Sin embargo, un día reciben la visita de los hermanos Cotton, dos apuestos caballeros propietarios del castillo que pondrán su vida y la de su familia patas arriba.

La Bella Julieta

La novela comienza con Cassandra sentada en el fregadero del castillo, viendo a su hermana Rose planchando junto al fuego, y escribiendo acerca de su vida en una cabaña anexa al castillo. Escribe esa especie de diario «para practicar mi recién adquirida escritura rápida y en parte para aprender a escribir una novela por mí misma». Su padre es un escritor que tuvo éxito con un libro, pero tras un incidente se volvió poco sociable y huraño, lo que lo empujó a mudarse al castillo. Allí, devora libros, pero rehúsa escribir alguno. Su madre murió ocho años atrás de causas naturales. Desde su fallecimiento, han pasado de ser una familia con opulencia a una austera. De hecho, Cassandra, Rose y Thomas van al colegio gracias a becas, y la merienda es su última comida del día. Aun así, la narradora parece satisfecha y transmite una visión esperanzadora y jubilosa: «Nunca me he sentido tan feliz en la vida, a pesar de la pena por padre, la lástima por Rose, la vergüenza por la poesía de Stephen y la falta de justificación para la esperanza en lo que a las perspectivas generales de nuestra familia se refiere».

El castillo no tiene pasillos y por tanto la manera de moverse por él es atravesando las habitaciones ajenas, lo que puede ser simbólico de todo lo que los personajes deben atravesar. Entre la habitación de las hermanas y la del padre y la madrastra hay otra que llaman «el Estado tapón», que según una nota de la traductora es un término geopolítico que designa un país que se encuentra entre dos grandes potencias rivales y que se cree que puede prevenir el conflicto entre ellas al estar en medio; quizás esto también es simbólico porque evita el conflicto entre las hijas y el padre y la madrastra. Además, el estado de las finanzas de la familia es desastroso y están vendiendo los muebles para tener qué comer, así que el castillo está desangelado. Tanto que Cassandra y Rose se turnan para dormir en una cama de hierro. Rose, a diferencia de su hermana, parece más desdichada, tanto que dice que prefiere leer libros horribles «que pensar sobre sí misma».

A Rose le gustaría vivir en una novela de Jane Austen, mientras que a Cassandra le gustaría en una de Charlotte Brontë, lo que refleja sus personalidades dispares. La narradora demuestra talante, pero se tiene en baja estima a sí misma por las circunstancias: «No creo que yo pueda ser nunca una chica encantadora». Arrastra consigo la nostalgia del pasado, dentro del cual se encuentra el recuerdo de su madre, cuyo rostro ha olvidado y solo rememora gracias a su fotografía. «La contemplación parece ser el único lujo que no cuesta nada», dice. Allí, puede practicar esa contemplación todo el tiempo. El castillo se llama Godsend, igual que el pueblo donde se encuentra, y significa «regalo de Dios». La contemplación puede parecer un regalo, pero la pobreza les acompaña desde cinco años atrás, cuando se acabaron los ahorros de la madre fallecida. Sin embargo, la narradora reconoce no acostumbrarse nunca a la belleza del castillo y se propone actos de buena fe para superar el estado depresivo que abraza la casa, con la lluvia intermitente y la brisa fría que sube por las escaleras.

Cassandra se pregunta de dónde puede sacar dinero, incluso se plantea la posibilidad de casarse con un hombre rico, pero no se relacionan con nadie. Antes al menos iban a Londres a la casa de una tía de su padre, pero esta rechazó el matrimonio de este y la madrastra, así que ya no los invitaba y no van ni siquiera allí. Parece que sus únicas opciones románticas son con Stephen, el hijo de la antigua ama de llaves de la casa, que acogieron tras el fallecimiento de esta y que ahora se ocupa de multitud de tareas. Sin embargo, Cassandra, aun en la miseria, y sin acritud ni soberbia, lo ve como alguien subordinado y no como un pretendiente. «Pronto llegará la primavera, señorita Cassandra», le dice Stephen, y ella le responde: «Ya sabes que siempre pienso demasiado pronto que ha llegado la primavera», como si siempre anticipara los cambios buenos y luego se desilusionara al ver que no se producen realmente. De hecho, su padre le dice: «Eres demasiado mayor para creer en cuentos de hadas».

La primavera supone el florecimiento de todo lo que estaba oculto por la nieve. Cassandra y su familia anhelan el florecer de la economía. Sobre todo Rose, que está muy amargada y reconoce encontrarse en el invierno largo y frío de su vida. Un día, decide pedirle un deseo a una gárgola que tienen en la casa e imaginan que es un demonio. Ese mismo día, poco después, reciben la visita de los hermanos Cotton. Uno de ellos tiene la barba puntiaguda y ante el reflejo de la linterna proyecta una sombra en la pared parecida al demonio. Además, la perra de la familia se llama Hel, abreviatura de Heloïse, pero que suena como «hell», «infierno», y en el libro que escribió el padre hay un personaje que lucha contra un ángel. Todo parece relacionado con el inframundo. Tal es la desesperación de Rose, y su aparente afinidad hacia el demonio, que dice: «Me casaría con el mismísimo diablo si tuviera dinero».

«Lo sé todo sobre las cosas de la vida. Y no me atraen demasiado», dice Cassandra. La realidad es que viven aisladas y no conoce ni se relaciona con otras jóvenes de su edad, así que todo lo que sabe es a través de los libros. Piensa mucho en la idea del matrimonio y no tanto en la del amor con respecto a los hombres. La aparición de los hermanos Cotton, nietos del difunto propietario del castillo, parece vaticinar cambios, aunque aún no saben si buenos o malos, pues pueden continuar con el contrato o desahuciarlos. Sin embargo, su presencia no reduce la desesperación de Rose. Su hermana Cassandra dice: «Cuando la miro, siento como si viera una rata atrapada en una trampa que se cree capaz de escapar a pesar de que yo sé que no podrá». Reconoce que Rose no habla con franqueza y que en lugar de ignorar los problemas o hacerles frente, se sienta a esperar que pasen.

La narradora se da cuenta de que no sabe nada de nadie salvo de sí misma, cuando antes creía adivinar cosas en los demás. Los hermanos Cotton hacen buenas migas con ella y Rose, incluso piensan en un enlace matrimonial entre Rose y uno de los hermanos. Ante la mala situación económica y familiar, escribe: «Los desdichados no se pueden permitir llevarse mal. Los crueles golpes del destino exigen una amabilidad extrema dentro del círculo familiar». La madrastra de la familia tiene un carácter sensible y frío, excepto con respecto al padre, al que adora y que es quien se muestra frío con ella. Un día en que se visten con sus mejores galas, las pocas que le quedan, la narradora dice sobre la madrastra: «Estaba preciosa, justo como me imagino al ángel de la muerte». Cassandra aprecia la muerte con belleza. De hecho, antes había dicho: «Pensar en la muerte —extraña, bella, terrible y muy muy lejana— me hizo sentir más feliz que nunca».

Aunque la historia está localizada en el siglo XX, debido a la ubicación del castillo, al aislamiento y al idealismo y romanticismo de los personajes, la inocencia de la narradora es tal que retrotrae a épocas anteriores. Ella describe la falta de mobiliario y pertenencias en el castillo, más que como una tragedia, como una comicidad. Imagina cómo sería su vida con uno de los hermanos Cotton, adinerados, y cómo sería llevar una vida acomodada. Sin embargo, reconoce que no le gustaría, ya que sería acabar «en una novela con un final feliz y cerrado». Le gustan los lujos y la boda que piensa que podría tener, además de todo lo que ahora le falta, pero «detestaría de verdad sentirme acomodada, sin nada que esperar salvo la felicidad» y sin disfrutar imaginando que algo maravilloso y emocionante puede esperar a la vuelta de la esquina. Igual que no quiere una vida acomodada pero estancada, tampoco quiere la vida de la bibliotecaria del pueblo, que se entrega a los demás para dejar atrás el dolor, o la del vicario, que se entrega a Dios para dejar atrás el sufrimiento, porque al mismo tiempo que uno pierde el dolor también puede perder la propia vida, y dice: «Yo no quiero perderme nada».

Debido a la «agitación dentro de la quietud» que siente, Cassandra reflexiona acerca de temas como el amor, del que tiene una idea platónica, o la religión. Esta última, junto a la caridad o el alcohol, son algunas de las vías de escape que la gente usa para huir de su sufrimiento o su dolor. Se pregunta si el hombre solo le da una oportunidad a Dios cuando está al límite y el vicario le responde que tanto la felicidad extrema como la extrema infelicidad invitan a la religión: «Creo que la religión puede manifestarse siempre que la mente busca consuelo en la música o la poesía…, en cualquier forma de arte, en realidad. Yo creo que también es un arte, y el más importante: una extensión de la comunión a la que aspiran todas las demás». Ella es agnóstica, aunque reza todas las noches, como ella dice, «por si acaso existiera Dios». La narración de Cassandra tiene por momentos reminiscencias bíblicas que entran en consonancia con la naturaleza, el folclore, lo sagrado y lo pagano.

Uno de los temas más importantes de la novela es el de los segundones del amor. El amor desdichado, o no correspondido, se aprecia con claridad en el personaje de Stephen, pese a todos los esfuerzos y sacrificios que hace. En la madrastra se aprecia su necesidad de inspirar a los demás y de necesitar que la necesiten. Con respecto al padre, hay una barrera inexpugnable de silencio en torno a él. Sus hijas y su mujer lo ven como una persona aislada, inalcanzable, de la que apenas saben nada, que no se expresa y que guarda dentro de sí mucho más de lo que parece. El padre parece atenazado por una especie de locura y delirio en cuanto se rasca un poco su superficie. Por ello, Cassandra se pregunta si las personas, al mismo tiempo que reflejan su carácter, reprimen y encierran su talento.

La historia de Capturo el castillo entra como mantequilla, o como la margarina que la madrastra le unta al padre de familia en las galletas de avena. Todo fluye con naturalidad y una prosa absorbente. Cuando Cassandra escribe, su padre le hace una crítica y le dice «que combinaba la solemnidad con un esfuerzo desesperado por ser graciosa», y es justo la manera en que narra este libro, con un toque de humor que intenta romper el muro de la solemnidad de los hechos. En la obra se tratan temas como la entrada en la adultez, el mundo de las pasiones o la avaricia y cómo el dinero cambia a las personas o modifica los lazos que les unen con sus allegados. Asimismo, se reflexiona en torno a la pérdida de una persona, no por su fallecimiento, sino porque sus circunstancias de vida cambian y por tanto esa persona deja de ser como era para siempre.

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