'En la tierra somos fugazmente grandiosos': Alimentarse de ruinas | Nostromo Magazine
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‘En la tierra somos fugazmente grandiosos’: Alimentarse de ruinas

por Nostromo Magazine

Alimentarse de ruinas unas veces sana y otras, intoxica. Ocean Vuong (Ho Chi Minh, 1988) ha escrito en En la Tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020, con traducción de Jesús Zulaika) una oda sanadora a la libertad, a la supervivencia y a la vida, con la vista puesta en los recuerdos. El autor vietnamita ha creado una gran primera novela después de haber publicado el poemario Cielo nocturno con heridas de fuego, que se alzó con varios galardones.

Vuong emigró a Estados Unidos en 1990 y a través de las páginas de esta novela observamos a un personaje con el que comparte similitudes. Marginado doblemente por ser homosexual e inmigrante, el narrador-protagonista se desenvuelve en un país que a veces le es hostil y en un hogar donde los claroscuros marcarán su personalidad futura. Este es un buen ejemplo para contemplar desde la comodidad del lector esas otras realidades —crudas— que la literatura permite reflejar en sus páginas. En ellas vemos a la madre, a la abuela y al padre: un cuadro familiar marcado por un pasado lleno de espinas.

Narrada en primera persona, la novela se configura como una carta extensa que el protagonista le escribe a su madre, que no sabe leer. En ella, se desnuda, se examina y se analiza. Cura heridas y desinfecta el pasado para seguir hacia adelante, siempre hacia adelante.

La guerra de Vietnam resuena con ecos de napalm y fuego en las mentes de su madre y de su abuela, y él así lo percibe e intenta transcribir esos recuerdos dolorosos. Una abuela que huyó de un matrimonio concertado junto a su hija, que llama Perro Pequeño al protagonista por una antigua tradición vietnamita y a la que este le quita la nieve de la cabeza —las canas—. La crudeza, la supervivencia y la incomprensión de la guerra se hacen palpables en los saltos en el tiempo que el narrador realiza para rememorar aquellas historias familiares. Pese a la guerra de Vietnam —de la que es producto— y sus intentos por rememorar y sanar, el narrador asegura que no podemos cambiar el pasado. Sin embargo, la violencia no puede aspirar a tener hijos: el protagonista no es hijo de la violencia, sino de la belleza. Un personaje que se recuerda de niño, sufriendo el maltrato físico y el devenir de un presente desazonado donde su familia intentaba abrirse paso, al mismo tiempo que él comprendía la realidad del mundo y de la vida.

La melancolía, el pasado, la lucha y el paso del tiempo son elementos determinantes en el desarrollo de esta historia donde el ciervo se erige como símbolo del tiempo, la vida y la muerte interrumpidas. El narrador también habla de las mariposas monarca como esos entes que solo migran una vez porque su esperanza de vida no les da la posibilidad de hacer el camino de vuelta. La migración de las mariposas monarca como símil a la migración del protagonista y de su madre.

Él guarda a su progenitora en su retina y cuenta su historia y la de sus fantasmas desde el engranaje oscuro donde permanecerá eternamente. Estos fotogramas de vida nos presentan a un personaje que se refugia en los libros y en la escritura y que se forma un escudo frente a la sociedad y a un pasado que resuenan, atronadores.

Cuando es adolescente comienza a trabajar en una plantación de tabaco, donde conoce a Trevor, su primer amor. Descubre su homosexualidad y pasa de ser invisible a detectar que alguien le mira y le desea. Sin embargo, también tiene que soportar los ataques en la escuela, donde aprende que adjetivos como «sarasa» o «mariquita» son para el resto de niños como «monstruo».

Esta novela es un canto poético a la madre, una muestra de amor que no por ello deja atrás la crítica social a Estados Unidos, «un país hermoso, según quién seas». El dolor, las renuncias y los sacrificios no son suficientes para oscurecer su vida. La evolución del protagonista y su crecimiento interior destacan para llegar a la comprensión de la dimensión de su homosexualidad: interiorizada y consumada. Refugiarse en otra piel es a veces el mejor bálsamo cuando los recuerdos viajan al pasado.

Las pinceladas líricas de la segunda mitad del libro —donde hay algunos breves aforismos; apuntes de vida; pasajes escuetos, volátiles y reflexivos— no soslayan la sordidez de las historias narradas. Una narración deshecha en pedazos que retrata desde el barrio donde vive hasta la realidad del país. Exprime la belleza de los actos cotidianos y se aferra al canto solemne de la vida. Pese a todo, él, «un ente de color nacido de una madre humana, rebuscando en lo oscuro en busca de felicidad», sigue volando cual mariposa monarca.

Cubierta de En la Tierra somos fugazmente grandiosos/ Editorial Anagrama

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