‘Condenada’. Capítulo 6

Por Samarah Ghannam

Parecía que le iba a tocar viajar a Londres. Siempre quiso visitar aquella ciudad pero nunca había imaginado que sería de esa forma.

No tenía ni vuelo comprado, ni sabía dónde se alojaría. No tenía nada claro, solo que se tenía que ir.

Era mediodía. Se dispuso a encender el ordenador para reservar un vuelo y un hotel. Al mismo tiempo pensaba, ¿qué le diría a su madre? ¿Que se iba a Londres así por las buenas? Tenía que inventarse una buena excusa pero ese sería el segundo paso.

Se metió en la página de E-dreams para coger el vuelo más barato y como no era temporada alta ni nada por el estilo ya que estábamos a principios de Abril, encontró un vuelo de ida con vuelta abierta, puesto que no sabía cuánto tiempo le iba a llevar la bromita de Londres, por cincuenta euros. Estaba muy bien de precio. Una vez comprado el vuelo empezó a buscar hoteles, no muy caros pero tampoco muy baratos porque no quería acabar con una hernia discal como le pasó en el último viaje a las Bahamas: “lo barato sale caro”; buena frase el que la inventara, pensó. Estuvo como diez minutos mirando hoteles y ninguno le convencía hasta que encontró un hotel de tres estrellas por cuarenta euros la noche y lo reservó. Claro que no se iba a quedar en el mismo hotel el tiempo que estuviera allí pero una vez en la ciudad le sería más fácil buscar otros alojamientos.

“Bien, pensó, ya tengo lo más importante hecho pero ahora me queda la peor parte, ¡a ver qué le cuento ahora a mi madre!”.

Pensó que lo mejor era presentarse en casa de su madre sin decirle nada y que ya vería lo que le surgía en el momento. Ya había anochecido y su madre era una mujer mayor a la que le gustaba acostarse temprano así que decidió dejarlo para mañana por la mañana. Su vuelo salía pasado mañana, día ocho de abril a las 9:45 de la mañana.

Antes de irse a dormir dejó las maletas preparadas y así ya no tenía que agobiarse al día siguiente y podría pasar el día entero con su madre. Se quedó dormida.

A la mañana siguiente, temprano, desayunó, se vistió, fue a echarle de comer a Nico antes de irse, cogió las llaves y salió de casa en dirección a la de su madre. Esta vez no se llevó el coche, tenía ganas de dar un paseo mientras pensaba qué le iba a decir a su madre. Llamó al timbre.

-¡Pero bueno hija pero qué sorpresa!

-Buenos días mamá. Había pensado en venir a verte y pasar el día juntas, ¿qué te parece la idea?

-Estoy encantada cariño pero me suena a que tienes que contarme algo porque tu vienes a verme de higos a brevas y cuando vienes nunca es a pasar el día, así que ya puedes ir soltando

No había tardado nada en descubrirla. Lo mejor que podía hacer era contarle toda la verdad y desde el principio puesto que no se le ocurría ninguna excusa y además mentía fatal.

-Mira mamá, es verdad, tengo algo que decirte. Me voy a Londres mañana

-¿¡Cómo!?

-Mamá, necesito averiguar qué fue lo que pasó. Necesito que me den una explicación, ¿por qué, si éramos inseparables?. Mamá, lo necesito. Cueste lo que cuesta

Su madre no sabía qué decir. Podía entenderla en parte pero a la vez sentía miedo, creía que era un error que su hija se fuera así de repente a Londres pero tampoco podía decirle que no lo hiciera. Era su decisión y ya la había tomado. No le quedaba otra que apoyarla.

-Está bien hija, si es lo que necesitas, adelante

No volvieron a tocar el tema en lo que les quedaba de día.

Era hora de volver a casa y de despedirse de su madre. De camino a casa Adela no dejaba de darle vueltas a la cabeza; ¿qué se encontraría en Londres?, ¿era seguro que fuera sola? ¿daría en el clavo? ¿obtendría respuestas?. Millones de preguntas le rondaban por la cabeza pero las respuestas no las tenía ella.

Le quedaban como unos cinco metros para llegar a casa. Su casa por fuera era la típica casa londinense, estaba la suya y otras veinte más en la misma acera y cada una tenía su pequeña parcela.

Algo le llamó la atención. Mientras se acercaba no paraba de mirar la entrada de la casa. Notaba algo. Algo extraño que no había visto antes de salir para visitar a su madre. El mango de la puerta estaba roto. Empezó a correr y los cinco metros que le quedaban se los recorrió en menos de dos segundos. Nico ladraba de una manera diferente, estaba inquieto. Empujó la puerta de su casa, ya que no le hizo falta meter las llaves puesto que estaba rota y entró. Se quedó boquiabierta y se llevó las manos a la cabeza. Estaba todo tirado por los suelos. Alguien había entrado en casa. Corrió de lado a lado, subió las escaleras, el desorden era cada vez mayor. Pero lo único que le importaba en ese momento era una sola cosa. Fue corriendo a su habitación y abrió en cajón de la mesilla de noche. ¡No estaban!, ¡no estaban!, se habían llevado el pasaporte y los billetes que había comprado para irse a Londres esa misma madrugada.

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