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Crítica de ‘La hija de un ladrón’

por Irene Villalba

La hija de un ladrón se convierte en una materialización de aquella realidad ciega retratada por individuos asfixiados y acostumbrados a sumergirse y emerger continuamente en un mar de dificultades y obstáculos externos pero decisivamente condicionantes en sus vidas. Pertenece a ese cine en el que tiene cabida el recurrente y aparente insignificante día a día de la miseria social más banalizada y normalizada.  Se trata de una película latente y magnética tanto en lo que se muestra en sus planos como en lo que se intuye o se deja entrever en cada detalle, cada gesto y silencio. Porque si de algo está construida la película, es precisamente de esos llenos silencios y tensas miradas llevados a su máxima potencialidad expresiva.

Belén Funes nos presenta su primer largometraje ensordecedor, aclamado y galardonado en los Premios Goya y Gaudí que bebe directamente de las bases más consolidadas del cine social europeo. Asimismo, se encuentra en consonancia con su anterior cortometraje Sara a la fuga (2015) en cuanto a cuestiones argumentales, ideológicas, estéticas y existenciales.

Gracias a un perfecto perfilamiento psicológico de los personajes circunscritos en una realidad tangible y palpable, encontramos en su protagonista Sara (Greta Fernández) la personificación de una mujer de veintidós años superviviente, cuya preocupación es asegurar techo y comida para su hijo. Sin embargo, sus aspiraciones por conseguir formar una familia sólida junto al padre del bebé (Álex Monner) quedan corrompidas por la frialdad e inaccesibilidad de éste junto a todo un sinfín de vacíos internos asociados a la incompetencia y ausencia de su padre (Eduard Fernández) que llegan a su culmen cuando irrumpe de nuevo en su vida para sacudirla. Por ello, decidirá luchar al mismo tiempo por la custodia de su hermano pequeño, con el fin de alejarlo y protegerlo de las mismas penurias y sufrimiento que su padre contrajo en ella.

El personaje de Greta se converge mediante una prevalencia verdaderamente humana que le otorga un magnetismo y autenticidad inigualables, gracias a una ingenuidad e inconsciencia de la misma que despierta una mayor empatía e identificación con el espectador y que lo posiciona como testigo ante la crueldad y dificultad de circunstancias que atraviesa progresiva y gradualmente. De esta manera, queda despojada de cualquier cliché y estigma social convencional, dejando paso únicamente a la veracidad de la narración y los personajes.

RTVE.es os ofrece el primer teaser de 'La hija de un ladrón ...

El espectador convive junto a Sara y entiende simultáneamente los motivos y las causas de su angustia, insatisfacción e irritaciones. Consigue mantener el ritmo y encaminar su mirada a la par del deterioro interno de la protagonista, sintiendo el peso anímico de Sara en sus propios hombros y sin salir indiferente al digerir la escena final, con algún que otro estremecimiento y conmoción como sensación final.

La vida de Sara es bordada con sencillez y elocuencia, una vida que carece de interés e importancia por cualquier miramiento social en la actualidad. La incomodidad que provoca el afrontamiento de sus duras y complejas circunstancias – a la par que lo va haciendo la propia protagonista – produce un encaminamiento de identificación emocional del espectador hacia la certeza y consciencia de la autenticidad de la historia que se nos cuenta.

La carencia y la soledad se sitúan como punto de partida para plasmar la complejidad emocional entre lazos familiares condicionados continuamente por contenciones acumuladas y continuos episodios que se rigen por la precariedad económica y, por encima de ella, la afectiva.

Sara instintivamente pretende desprenderse de los lastres episódicos a los que se ve sometida y encontrar la calidez de la que siempre sintió que prescindía. Su objetivo, y a lo que alega en más de una ocasión durante una película es “ser una persona normal”, rechazando e ignorando su condición imitando la actitud que ejerce en ella la sociedad, y ejerciendo lo que supuestamente se espera de ella de manera inconsciente. Muestra que siempre persiste una mínima esperanza si hay necesidad, y que ante la resignación todavía prevalece un altruismo y sensibilidad insólitos.

Prevalece una narración sencilla, para nada pretenciosa e intimista, conjugada mediante un predominante lenguaje mayoritariamente gestual, donde el estrato verbal pasa a ser notablemente secundario.

Los distintos planos conforman un conjunto repleto de diversas frustraciones, silencios, represiones y decepciones que desembocan en miradas rebosantes de incomprensión y dolor. Este aspecto puede denotarse en mayor medida en las escenas que albergan el mayor clímax de la película, los encuentros entre Sara y su padre, que a su vez va incrementando y acumulando esa tensión y esa enorme carga emocional y estimulante hasta llegar a su culmen, el desbordamiento y la ruptura. Este cúmulo de perspectivas y visiones, se nutren simultáneamente hasta convertirse y converger en un todo, en misma resignación. La cruz de Sara realmente es sostenida por todos los vacíos de la gente que le rodea y conforma su vida.

Crítica | La hija de un ladrón

La honestidad que configura el filme y el dolor que contrae en consecuencia, no solo enmascara la verdad que esconde la realidad cercana de cada uno de los personajes, sino que emerge de las entrañas de los protagonistas sus sentimientos inconscientes más profundos, materializados casi a modo de impulsos vitales, rebosantes de una credulidad y transparencia inauditos y contundentes.

A través de esta estimulante historia, la directora nos invita a la reflexión e introspección de nuestras propias huellas, desilusiones y anhelos más intimistas y trascendentales a través de un contexto que se va justificando, entendiendo y reforzando continuamente, y de esta manera comprender cómo forja, condiciona y repercute directamente a nuestra individualidad y relaciones afectivas. Pone en cuestión ciertos aspectos recónditos como la culpabilidad, las expectativas, las necesidades y el egoísmo, situando el orgullo, el dolor y su incomprensión como clave de separación entre dos personas donde la reciprocidad no encuentra su punto de conexión y encuentro.

Sara cobra auténtica vida como personaje, se adapta perfectamente a nuestra contemporaneidad y se somete continuamente al fenómeno del inconformismo en el proceso de superación personal. Lo que cree prescindir en su vida es un auténtico reflejo de sus vacíos y escaseces más abismales y a lo que finalmente remite, recae y ansía constantemente por miedo al abandono como precedente por su padre, su ira contra él y su necesidad de sentirse considerada y querida. Este patrón y actitud los repite con las personas relevantes de su vida por tal de mantenerlas para cobrar sentido a su existencia.

Su desesperación y sufrimiento intrínsecos quedan reforzadas por la elección del tema musical predilecto de la película, Nadie de Albany, cuya letra y sonido se adapta perfectamente a la estética, idiosincrasia y personalidad de la protagonista y del filme.

La película contrae una verdadera encarnación y evocación a la pobreza más sustancial y nociva, la afectiva, que al mismo tiempo se vincula y adhiere los aspectos más definitorios de la pobreza convencional.

Del mismo modo, se traduce como un compromiso albergador de una enorme valentía a favor de las madres jóvenes como Sara, sin recursos, procedentes de hogares rotos y disfuncionales y con escasas oportunidades, que personifican y resultan un eco a la supervivencia en su máximo esplendor, carentes de ayudas, de hombros donde llorar y apoyarse, y cuya trayectoria y evolución personales llevan en sepultura, de manera instintiva y resiliente. La clave y mérito de esta magnífica obra es su capacidad de sublimar una pequeña, solitaria y cotidiana historia a todo un proceso de conocimiento e introspección anímicos de uno de los grandes fenómenos de nuestra generación que sucumbe barrios y sus mujeres jóvenes.

Las imágenes sensoriales son exprimidas y llevadas al límite a través del rostro y la expresión de Greta Fernández y su fantástica y destacable interpretación, de tal manera que La hija del ladrón ostente posiblemente el título a la mejor ópera prima española social del año.

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