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El dolor agujerea el alma

por Mario Guerrero

«Nadie ha querido esta guerra. Nadie. Nadie», dice uno de los personajes en este volumen. El mismo que se lamenta: «¡Qué desgracia! ¡Qué mundo de desgracias! ¡Pobres niños! ¡Pobre mundo!». Entre el rumor de las bombas pasean dos niños, ajenos a las alertas y al miedo. Se llaman Claus y Lucas o, al menos, eso dicen ellos.

Libros del Asteroide ha reunido en un único volumen llamado Claus y Lucas tres novelas —El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira— escritas por la autora húngara Agota Kristof (1935-2011) y traducidas al español por Ana Herrera y Roser Berdagué.

Claus y Lucas (NF Novela): Amazon.es: Kristof, Agota, Morés, María ...
Portada ‘Claus y Lucas’ / Amazon

Kristof, aunque nacida en Hungría, se exilió a Suiza junto a su hija recién nacida y su marido —implicado en la Revolución húngara de 1956 contra la URSS—. La autora cuenta en su haber con galardones como el Premio Alberto Moravia de Italia; el Premio Gottfried Keller y el Premio Friedrich Schiller, ambos de Suiza, además del Premio austriaco de Literatura Europea.

Estas tres novelas tienen un hilo conductor y están protagonizadas por una pareja de hermanos gemelos: Claus y Lucas, que son como uno solo, son inseparables. De hecho, esa sensación de que conforman una única persona será determinante durante toda la historia. A través de sus voces descubriremos sus infancias en una Hungría de guerra y de posguerra y veremos pasar ante nuestros ojos a multitud de personajes que van y vienen, incluso que desaparecen para siempre.

La guerra y el totalitarismo copan las historias, divididas en capítulos de apenas un par de páginas en la primera de las novelas —los capítulos de las otras dos son más extensos—. En El gran cuaderno, situada en un país cualquiera de Centroeuropa que podría ser Hungría durante la segunda guerra mundial, un narrador en primera persona del plural —nosotros, Claus y Lucas— nos expondrá la vida de estos hermanos. Su madre, al no poder alimentarlos y al estar en peligro por las bombas, los lleva a casa de su abuela, a la que no conocen, a la que no quieren y por la que no se sienten queridos. De hecho, la abuela hace tanto tiempo que no habla con su hija que desconocía que esta se hubiera casado y que tuviera dos retoños.

Allí, los gemelos relatan su estancia en casa de su abuela —a la que llaman la Bruja porque se dice que envenenó a su marido— y su supervivencia en un medio tan hostil en el que se autolesionan para resistir el dolor, aunque es difícil inmunizarse de la tragedia de la guerra y de la pérdida.

Por eso echan de menos a su madre y las palabras de cariño que esta les decía, frente a los denigrantes calificativos, los insultos y las palabras malsonantes que la abuela emplea con ellos. Aprenden a convivir con su figura ajena y maloliente, con un oficial que parece ser alemán y con una niña a la que acogen para que no sea deportada.

Allí desarrollan una inteligencia y un instinto de supervivencia soberbios y aprenden por cuenta propia las materias básicas gracias a un diccionario que pertenecía a su padre —ahora corresponsal de guerra— y a una Biblia. La manera de expresarse no es común para la edad que tienen los niños —que no se especifica pero que pondría rondar los diez años— y así se lo hace saber el cura en alguna ocasión.

Desde sus ojos infantiles ven la guerra y todo lo relativo a ella con una visión honesta, veraz y certera. Observan el sinsentido de la guerra, habituados ya a ella y sin alarmarse por los bombardeos, los muertos o el miedo. Saben buscarse la vida y afrontar una situación familiar tan descarnada como la ausencia de la madre y la presencia de una abuela que no se siente como tal, que bebe y llora por las noches en su habitación y que vende la ropa de los niños para sacar dinero.

Sin embargo, en mitad de tanto horror, como se dice en la película Klaus (Sergio Pablos, 2019) —el nombre es pura casualidad—, «un sincero acto de bondad siempre provoca otro». El zapatero sabe que lo van a deportar, que se lo van a llevar y lo van a matar. Por eso no le importa regalarles varios pares de zapatos a los niños, que más tarde serán bondadosos a su vez con un soldado moribundo que encuentran en el bosque y con su vecina, que vive en unas circunstancias infrahumanas. La miseria campa a sus anchas y eso se nota. Como contrapunto está la insolidaridad. «La guerra los ha vuelto avaros y egoístas», se dice en una de las páginas.

Esta destaca en una de las escenas, cuando una columna de personas —probablemente judíos que van hacia un campo de concentración— cruza el lugar. Hay quien los considera «animales», como la sirvienta de la rectoría que, de hecho, así se refiere a ellos. Y, como ella, también probablemente buena parte de los que los ven pasan como si fueran ganado.

La huida de los alemanes dejando tras de sí cadáveres carbonizados de judíos y la entrada liberadora de los soviéticos no será un episodio tan mesiánico como se prometía, ya que estos impondrán su ley. «Más tarde, volvemos a tener un ejército y un gobierno propios, pero son los liberadores quienes dirigen nuestro ejército y nuestro gobierno. Su bandera ondea en todos los edificios públicos. La foto de su líder se encuentra en todas partes. Nos enseñan sus canciones, sus bailes, proyectan sus películas en nuestros cines. En los colegios, la lengua de los liberadores es obligatoria, mientras que las demás lenguas extranjeras están prohibidas», se dice.

Ir a la iglesia está mal visto en este país ahora gobernado por los soviéticos, como ocurre en la República Checa también comunista de mediados del siglo XX que podemos encontrar en algunos relatos de Milan Kundera. La restricción de movimientos, la ausencia de extranjeros y el éxodo de los jóvenes dejan al lugar en un estado de silencio escalofriante. Uno de los habitantes llegará a calificarlo como «ciudad muerta». Igualmente, otros hechos como la prohibición de libros, los asesinatos indiscriminados —por los que luego, con suerte, pedían perdón, como si con ello pudieran devolver a la vida al asesinado y borrar el dolor de la familia— y las habladurías de la gente harán de aquel lugar un sitio más hostil de lo que ya era.

Había leído en alguna parte que este volumen contenía un plot twist, y creo que así es: los finales de las tres novelas son igualmente conmovedores y sorprendentes. La conclusión de la primera de ellas es asombrosa. Hasta aquí puedo contar, ya que, cuanto menos se sepa de aquí en adelante, más se disfruta la lectura, aunque esta no es para nada agradable, más bien desoladora.

Entre los personajes principales, además de los dos gemelos, destacan la madre de los niños, la abuela, el oficial, Cara de Liebre, el cura, la sirvienta de la rectoría, Victor, Peter, Clara y otros tantos que se pasean por estas páginas, dejando a veces un vacío desgarrador. La figura de los niños se muestra como un bastión que resiste a la guerra, que convive con ella, con su crudeza y con su horror. Por su parte, la vida de todos estos personajes, las historias engarzadas, sus idas y venidas en cada una de las historias, resultan tristes y desgarradoras al mismo tiempo.

Kristof construye en las tres novelas descripciones y frases lacónicas y telegráficas. Emplea una narración que parece por momentos automática, robótica, mecánica, sin apenas preámbulos ni frases subordinadas, aunque los diálogos son más distendidos. Además, usa mucho el tiempo presente para relatar los acontecimientos, con lo que parece que pretende situar al lector en el lugar de los hechos para que sienta en su piel, en directo, la quemazón de la guerra por nadie querida y por todos sufrida.

En todo momento el punto de vista del narrador influye en nuestra manera de ver la historia. Sin embargo, hay cosas que pueden ser distintas y puede que no las percibamos. Kristof juega con el lector de manera que este ni siquiera es consciente de las posibles vueltas que puede tener la historia que narra.

Los tres volúmenes aquí reunidos podrían tener tintes autobiográficos de la autora, más presentes quizás en otros libros suyos como Ayer y La analfabeta. Sin embargo, quizás sea Claus y Lucas su obra más célebre, llevada a la gran pantalla por János Szász en 2013. Aquí, aunque se aferra a rutinas y cotidianidades de los protagonistas, la narración no se hace bola en ningún momento.

La autora dibuja con pluma sincera y dolorida la realidad sociopolítica en las tres novelas. No pone nombres a los distintos bandos bélicos, pero se deducen por su parecido con la realidad que ella vivió. Creo que las tres novelas se complementan bien, aunque a veces la confusión se adueña del lector entre la maraña de personajes hasta el punto en que este no sabe qué es verdad y qué no.

La infancia y el dolor moldean la realidad para hacerla más soportable, ya que la visión verdadera es irritante. Por ello vemos episodios de amor a personas que no son familiares o que son incluso desconocidos. El ser humano tiene esas cosas. El horror de la guerra daña de manera terrible, hace que tengamos pesadillas como las de los protagonistas y que creamos cosas que en realidad no existen. La soledad y la tragedia puede hacer que imaginemos historias paralelas, donde somos felices, biografías imposibles que nos ayudan a ignorar la existencia de una guerra incomprensible.

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