‘Toy Story 4’: Sobre segundas oportunidades | Nostromo Magazine
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‘Toy Story 4’: Sobre segundas oportunidades

por Álvaro Ortiz

Si eres de los que vieron ‘Toy Story’ en VHS, apenas tenía dientes cuando llegó la segunda entrega y ya era universitario —o casi— cuando se estrenó la tercera, esta es tu crítica. Con sinceridad y desde el corazón, procedo a hacer un ‘revival’ sobre lo que me pareció ‘Toy Story 4’, el último capítulo de la archiconocida franquicia de juguetes que, por cierto, se estrenó en junio del año pasado.

Habría que remontarse a 2010 cuando, irremediablemente, sentí que mi historia con los juguetes había acabado. ‘Toy Story 3’ cerró magistralmente el que ha sido el eje de la saga: la historia de Andy y sus juguetes. Con ella terminaba una aventura que me ha acompañado toda mi vida; porque, joder, es que lo he vivido todo con ellos: crecido, jugado, reído, llorado… Todo lo he hecho con ‘Toy Story’. Que mis tartas de cumpleaños tenían la cara de Buzz Lightyear, por dios.

Reconozco que, cuando se anunció una continuación, pensé lo que muchos: «Es innecesaria», sobre todo por cómo acabó la tercera. Luego fueron llegando first looks, carteles, teaser, tráilers… Pero mis expectativas seguían siendo bajas. Aún así fui al cine. Será el cariño que les tengo a estos personajes, que Pixar es garantía de calidad o que me hacía ilusión comentarla luego. Haya pasado como haya pasado, sabed que entré a la sala tomándome ‘Toy Story 4’ como un punto y aparte y con los brazos bien abiertos.

Fotograma de ‘Toy Story 4’ / FilmAffinity

‘Toy Story 4’ es Woody

Woody es, con total diferencia, el personaje con más tiempo en pantalla. Y me ha sorprendido su rol porque, a pesar de que siempre ha sido protagonista, en ésta lo es muy marcadamente, muy «en solitario». En entregas anteriores siempre ha estado en primera línea, e incluso diferenciándose del resto con aventuras en paralelo, como en ‘Toy Story 2’ en casa del coleccionista; pero aquí está muy claro que Woody es el prota, y se nota aún más porque otros personajes fuertes como Buzz no tienen una participación potente o directamente están desaparecidos.

De hecho, vamos a verlo bien: la historia inicia situándonos 9 años antes. Andy todavía es un crío. Es un tiempo situado entre ‘Toy Story 2’ y ‘Toy Story 3’, donde asistimos al adiós de Bo Peep, que había desaparecido sin más explicación pero que aquí se nos cuenta qué le pasó. Lo más interesante de este prólogo es ver cómo su marcha provoca una mini-crisis en un Woody que, por primera vez, se plantea abandonar a Andy. Algo absolutamente insólito.

Con ese flashback ahí sembrado, el guión de ‘Toy Story 4’ echa a andar mostrándonos a Woody lejos de su zona de confort, es decir, relegado a un papel secundario entre los juguetes de Bonnie. Pero él, amigos, es el juguete perfecto, aquel que aunque esté chupando banquillo se deja todo para hacer feliz a “su niño”, tanto si está en su mano como si no. Y cuando digo todo es todo.

Esto enlaza con la sensación que me transmitió Woody durante toda la película: la de un talibán. El vaquero se ha vuelto terco y cabezón. Sus decisiones llegan a cansar en más de una ocasión. La idea de «ningún juguete se queda atrás» es llevada al extremo, dibujándonos a un Woody sectario y enfermizo.

Fotograma de ‘Toy Story 4’ / FilmAffinity

El tema Forky

Voy a ir al grano: no me reí con Forky. La idea que hay detrás, sí, me parece chulísima: un tenedor tuneado que, a los ojos de una niña con dificultades, resulta ser no sólo un juguete per se, sino un amigo con quien refugiarte. Sin duda es un concepto interesantísimo que juega con la imaginación de los niños, con ese mundo de ellos que, curiosamente, no se había trabajado hasta ahora en la saga.

Pero es que a mí Forky me pareció un coñazo. El rollito damisela en apuros con tendencia auto-destructiva me dura un par de escenas. Y no que Forky es el macguffin de toda la trama: encontrar y rescatar al tenedor es la excusa para lanzarse a la aventura.

Honestamente, hay que decir que la gente se ríe con él; por lo que igual el problema es mío, pero cuando ves a Woody comportarse como un maníaco durante dos horas por un personaje que no te dice nada, la experiencia se resiente quieras o no.

Fotograma de ‘Toy Story 4’ / FilmAffinity

Ritmo y estructura, los grandes lastres

Toy Story 4′ no es la película más larga de la saga, pero de lejos lo parece. Además de que la fórmula rescate juguete la llevamos viendo desde la primera, aquí se producen una serie de factores que ayudan a hacer más pesada la trama.

Uno de ellos es la repetición. Toda la película es un constante ensayo-error del objetivo «salvar a Forky». Son muchas las veces que sentimos ese «reinicio», como si en un videojuego nos mataran constantemente en la misma pantalla. Una y otra vez. No solo es frustrante, sino que da la sensación de no saber hacia dónde vamos, de estar dando vueltas en círculo.

Os pongo un caso: hacia la mitad de la película, con dos de los nuevos personajes como protagonistas, Patito y Conejito —que entre las novedades son casi de lo mejor—, el guión nos regala una estrategia narrativa inédita en ‘Toy Story’. Ésta juega con los saltos temporales y aporta una fluidez muy llamativa. Ciertamente, resultó divertidísima, pero lo curioso es que, en ese momento, el ritmo alcanza un pico y nunca más volvemos a sentir esa velocidad. Y deberíamos, puesto que estamos en la mitad del relato.

Por su parte, otro factor es la subtrama amorosa entre Woody y Bo Peep. Mi problema no es con el desarrollo, sino con cómo está mezclada con la trama principal. A mi juicio, de manera torpe. Una subtrama sirve, entre otras cosas, para descansar de la gran trama, ahondar en el tema de la película, etc. Aquí, más que un alivio, es un sufrimiento, pues está tan mal incrustada que solo forma un mal paréntesis en la narración, un aparte, deteniendo la acción en seco y demasiadas veces.

Fotograma de ‘Toy Story 4’ / FilmAffinity

Nuevos personajes y viejas glorias

Saben en Disney que la vieja guardia que ha acompañado a Woody y Buzz lleva tres películas a pleno pulmón. En un ejercicio, creo, de inteligencia, han sabido dosificarlos para dar el protagonismo a los nuevos fichajes. La presencia de Slinky, Jessie, los Señores Patata, Rex y compañía, es testimonial. Tienen sus momentos, pero están muy, muy lejos de las actuaciones que tuvieron en pelis anteriores. Me habría gustado verles más, pero entiendo que alejarse de lo conocido es siempre un punto a valorar.

Entre los nuevos juguetes, cabe destacar a los mencionados Patito y Conejito y, muy especialmente, a Duque Boom —doblado por Keanu Reeves en la versión original—, un motorista flipadísimo con un trasfondo entrañable. Tiene momentos muy divertidos. La verdad es que las nuevas incorporaciones —Bo Peep incluida, aunque ya la conocíamos— aportan bastante frescura.

En el apartado antagónico, destacan Gabby Gabby y Benson, dos muñecos bastante desagradables. Sobre todo el segundo, que parece sacado directamente de ‘Pesadillas’. Lo cierto es que esperaba más de este personaje, a pesar de que tiene sus buenos momentos de terror, como no podía ser de otra manera. Ese toque malrollero de la tienda de antigüedades me gustó bastante, independientemente de que la acción ahí se haga demasiado larga.

Fotograma de ‘Toy Story 4’ / FilmAffinity

Conclusiones

‘Toy Story 4’ es la historia de Woody. Desde la primera secuencia se intuye que el viaje emocional va a ser el del vaquero. Partiendo de una situación negativa —un juguete de segunda fila—, Woody no cesa en su propósito de ayudar a su niño, siendo fiel a su espíritu enérgico e infatigable.

En esta película, Woody aprende a delegar, a pasar el relevo, a entender que todo acaba y que hay vida más allá de tus responsabilidades, más allá de lo que debes hacer. La aventura le muestra que existe todo un mundo por descubrir ahí fuera, tal y como le enseña Bo Peep —que refleja el aire nómada, fuerte y aventurero—. En el prólogo, Woody termina quedándose con Andy en un acto de responsabilidad consigo mismo; y eso, a la vez que acaba haciéndole el juguete más feliz del mundo, también le hace perder algo. ‘Toy Story 4’ premia a Woody con una segunda oportunidad, enseñándonos que en el camino podemos encontrar trenes que pensábamos haber perdido para siempre. Así, el vaquero aprende a dejar paso, aprende a vivir.

Lo mejor: la imageniería inagotable de Pixar. Animación impecable, acabados perfectos

Lo peor: el ritmo, la sensación de repetición y el carácter sectario de Woody

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