Vis a Vis: Hasta siempre, Zulema

Algo sobre el tizne corrido de sus ojos avisa de la catástrofe. Algo sobre su nuca encrespada y su voz pausada y seca advierte de lo que está por venir. Algo así como una profecía que solo necesita tiempo para llegar a consumarse. Como un huracán brusco y repentino que amenaza con arrasarlo todo.

Entre los escombros amontonados y soporíferos de la ficción, toparse con un atisbo de rareza y genuidad es cada vez más improbable. Casi igual de improbable que encontrarse con un escorpión en mitad del desierto. Cuando ocurre, lo que prosigue es todo un fenómeno. Por eso, descubrir y experimentar, entre esas dunas de arena y letras, a Zulema Zahir ha sido un auténtico regalo.

Tal vez los guionistas tardaron en darse cuenta. Tal vez no fueron completamente conscientes de lo que habían parido hasta que lo vieron encarnado. Tal vez fuese esa mirada punzante y severa de Najwa la que predijo que la presa 03.996 sería muchísimo más que una antogonista al uso. Aquel ceño fruncido y violento demandaba atención a voces. Aquella mandíbula afilada como una lija generaba expectación por oír las cuchillas que escupiría. Zulema era un imán natural del que no se podía apartar la vista. Un imán con dos polos opuestos en continuo e intenso combate. Un enigma que exigía más tiempo y espacio en la pantalla. 

Pronto supimos más sobre ella. Que llevaba desde niña huyendo o soñando con huir. Que era un animal salvaje al que habían intentado capturar durante toda su vida. Que su libertad prevalecía por encima de absolutamente cualquier cosa. Pero también supimos que era cruel, narcisista, egocéntrica y déspota. Que su lealtad tenía condiciones. Que su empatía era selectiva. Que no se arrepentiría de nada más que del día en que no desearía salir de aquella celda. Que no le importaba nada ni nadie más que ella misma.

Y, entre todos aquellos personajes preciosos, entre la adorable Sole, la divertida Antonia, la valiente Saray o la tierna Tere, que sí que buscaban hacerse querer, ella seguía siendo esa mota negra e hipnótica que sobresalía sobre el resto. De todo eso tienen culpa los escritores, que han sabido crear y desplegar uno de los mejores personajes de la ficción reciente; pero también Najwa Nimri, cuyo trabajo construyendo todo un universo gestual, sonoro y visual alrededor de Zulema ha sido verdaderamente descomunal y propio de un mastodonte de la interpretación.

Zulema se va ostentado el reflejo más honesto y férreo de la libertad, con todo lo que eso conlleva. Así hemos aprendido a quererla. Se marcha con esa inconfundible y rara sensación de eternidad, con el carisma que desde la sombra se colocó en el centro, resignificando y arrasando con cualquier premisa que se tenía de los villanos y poniendo nombre a lo inmortal. Porque Zulema es eso. Ya, para siempre, inolvidable.

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