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Vuelo de halcón

por Mario Guerrero

A lomos de un caballo se aleja por la llanura árida. Le llaman el Halcón porque su nombre sueco es similar a la denominación inglesa de este ave, pero en realidad se llama Håkan Söderström.

En A lo lejos (Impedimenta, 2020), el western lo copa todo. Hernán Díaz (Buenos Aires, 1973) ha escrito una novela que ya se ha alzado con galardones como el William Saroyan International Prize for Writing, el VCU Cabell First Novelist Award, el Whiting Award, el Prix Page America y el New American Voices Award. Además, ha sido elegido entre los diez mejores libros del año según Publishers Weekly y ha quedado finalista en dos premios: el PEN/Faulkner a la mejor ficción y el Pulitzer, ahí es nada.

Traducida por Jon Bilbao, la novela comienza con un Håkan ya mayor que viaja en un barco. Los susurros de sus compañeros sobre su verdadera identidad se hacen ensordecedores, por lo que Håkan se sienta junto a ellos y en una sola noche les cuenta la historia de su vida, que es la que se nos relata en este libro tras este breve inciso inicial, aunque en tercera persona.

La novela nos narra la vida de Håkan, comenzando por infancia en Suecia y siguiendo con su viaje por unos Estados Unidos decimonónicos. Tras una vida modesta junto a sus padres, su hermano Linus —eran cuatro hermanos, pero el mayor y el menor murieron— y él deciden embarcar hacia América en busca de otro futuro alejado de los gélidos bosques suecos. Aunque Díaz nació en Argentina, pasó su infancia en Suecia, quizá por ello utiliza un protagonista sueco en la novela.

Ambos hermanos llegan hasta Portsmouth, desde donde zarparán hacia Nueva York. Sin embargo, en el puerto de la ciudad británica se mueven multitudes que resultan asfixiantes para dos niños como ellos. El ir y venir de todo tipo de gentes derivará en que Håkan pierda de vista a su hermano y se monte en el barco equivocado: no va hacia Nueva York, sino hacia California, tal y como descubrirá en mitad de la travesía.

IMPEDIMENTA » A lo lejos
Portada de ‘A lo lejos’ / Impedimenta

A partir de aquí, Håkan será testigo de múltiples encuentros y aventuras. Cuando crezca su desmesurada altura hará que parezca un gigante, algo casi insólito en las tierras áridas de la América en ciernes de entonces. Cualquier persona con la que se encuentre le llamará Halcón, porque cuando él dice su nombre —Håkan— en inglés suena como hawk can, es decir, el halcón puede. Ante la incomprensión de ambas lenguas, los nativos deciden llamarle así y Håkan se resigna.

Una vez en California, decide llegar hasta Nueva York —donde presumiblemente ha llegado su hermano— por tierra, es decir, quiere cruzar todo el país. Sin embargo, el destino le depara multitud de aventuras, encuentros y desencuentros de los que tendrá que sobrevivir para alcanzar el objetivo principal de aquel viaje: encontrarse con su hermano.

Al principio se une a una familia de mineros irlandeses que llega a California en su mismo barco en busca de oro. Vivirá miseria y pobreza, pero al menos sobrevivirá en mitad de las llanuras bajo el sol inclemente que será, a lo largo de toda la novela, uno de sus peores enemigos. Ante Håkan se abre, así, una realidad desconocida: numerosos paisajes de Estados Unidos, una realidad inimaginable en el país europeo del que procede y que recuerdan a La balada de Buster Scruggs, una película de los hermanos Coen de hace apenas dos años.

Tras encontrar una zona con oro, el padre de familia, James Brennan, se pone manos a la obra con la ayuda de Håkan. Sin embargo, tras el breve viaje a un pueblo cercano a por provisiones los habitantes descubren las intenciones de estos forasteros y los echan, quedándose con Håkan, a quien encierran en una taberna del pueblo y ponen a disposición de una dama caída en desgracia.

Consigue huir, sobrevive en el desierto y justo antes de desfallecer de inanición es rescatado por un botánico, John Lorimer, quizás el personaje que más admirará Håkan a lo largo de la novela. Junto a él aprende botánica y zoología, ya que los carros que Lorimer lleva contienen animales vivos que usará en beneficio humano y para estudios científicos. De mano de Lorimer, Håkan descubre la naturaleza en todo su esplendor y aprende a ver a piedras, plantas y animales como iguales y no como simples objetos que pueden sernos de utilidad. Con un enfoque ateo y contrario al creacionismo y a la fe ciega en la religión, Lorimer le enseña a Håkan el origen de la vida en la Tierra. «—Esta es la verdadera religión: saber que existe un vínculo que une a todos los seres vivos. Una vez comprendido esto, no hay nada que lamentar, porque, aunque nada se puede retener, nada se pierde. ¿Te lo imaginas? —volvió a preguntar Lorimer—. Qué alivio. Qué libertad», se dice en uno de los pasajes de la novela.

Los diferentes individuos con los que se encuentra le hablan de la ciencia, de la vida y de la muerte a ese niño que todavía es y que ha aprendido a sobrevivir en tierra hostil. Calibra la esencia del ser humano gracias a los ojos que le hacen mirar dentro de sí mismo. Ve búfalos, unos animales que le impactarán por su aspecto casi malformado, y tiene visiones tras varios días en mitad del desierto bajo un sol inclemente y con escasos víveres.

El capítulo veinte supondrá un punto de inflexión, pues ahí ya veremos a un Håkan que peina canas y que ha hecho de los cañones su hogar, cavando madrigueras y túneles subterráneos. Convive con sus propios sonidos y olores, pero llega un día en que decide seguir, darle una última oportunidad a la vida, y continúa su viaje con un nuevo itinerario, planeando llegar a California de nuevo y, desde allí, ir por mar hasta Nueva York. La vida, sin embargo, estará atenta para volver a sorprenderlo —a él y al lector—.

Díaz construye bien al protagonista y a los personajes con los que se va encontrando Håkan y entrelaza las historias comunes dando sentido a una historia en la que predominan las narraciones y escasean los diálogos.

En todo momento se palpan las vidas latentes que pasan dejando huella en Håkan, quien se pregunta —igual que el lector— qué fue de aquellos con los que se encontró en el camino, desde James Brennan hasta el sheriff, pasando por Lorimer. ¿Lograría cada uno su objetivo personal o moriría en el intento? Recorrer una llanura solitaria donde no encuentra más que sol o lluvia durante días o semanas de camino afecta psicológicamente a Håkan y le moldea la mente hasta convertirlo en un ser antisocial. Esta novela ahonda en el ser humano y hasta dónde es capaz de llegar o aguantar este en situaciones extremas.

Así, el sol y la soledad —que parecen familia léxica, por cierto— se convierten en sus peores enemigos y consiguen que se convierta en un andrajo bajo el eje de sol e insolación que hierve su moral. Aquellos que, tras mirar a la luna, se volvían locos eran adjetivados como ‘lunáticos’. Tras leer esta novela, el lector se da cuenta de que aquellos que, sin mirar al sol, se ven afectados por este como Håkan carecen de denominación.

En todo momento la imagen de su hermano y su encuentro final serán el eje de su supervivencia y de su no rendición. A lo largo de la novela, pese a que este objetivo se mantiene indemne, vemos a Håkan evolucionar como personaje. Además del paso de los años, su mentalidad de niño y joven va pasando a ser propia de un hombre mayor, con un gran malestar por la vida y que se siente engañado y fracasado, que tan solo desea paz y que casi se ha rendido a dejarse devorar por ese maldito astro que tanto calienta ahí arriba.

Díaz tiene la capacidad de despertar en el lector sentimientos de rabia e impotencia por la maldad que se concentra en algunos seres despiadados que pasan por las páginas de esta novela circular. Tras terminarla, el lector se queda con ganas de más, de saber el final, aunque sea trágico, del protagonista en la busca eterna de aquello de lo que siempre careció: amor y familia.

Esta novela es deliciosa para todo aquel amante del género western, una buena ocasión de revisitarlo desde un enfoque muy atractivo y con historias interesantes que nos descubren a un ser humano y a una naturaleza incólumes, frente a frente, en busca de la esencia que les une: «Nuestra tarea principal consiste en descifrar sus [las de la naturaleza] palabras para ser así partícipes, del mejor modo posible, del éxtasis de la existencia».

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