Abel. Un western metafísico (Anagrama, 2024, con traducción al castellano de Xavier González Rovira) es la última novela de Alessandro Baricco (Turín, 1958) y está protagonizada por Abel Crow, un sheriff de veintisiete años, tantos como capítulos tiene el libro, que saltan en el tiempo y el espacio. En estas páginas, se narran las aventuras del protagonista y la relación con sus allegados, ya sea con su novia intermitente, con sus cinco hermanos o con personajes igualmente pintorescos. Se trata, en efecto, de un western con un tiempo no lineal que rechaza el antes y el después, la causa y el efecto, y rompe la frontera entre lo físico y lo metafísico, además de incluir reflexiones filosóficas profundas.

Abel ha crecido alrededor de las armas. De hecho, reconoce que procede del primer disparo que se produjo en su tierra y que lanzó su padre contra su hermano. Ha dedicado su vida a buscar qué le tenía preparado el destino y a comprobar si esta realmente se compone más de destino o de azar. Sin embargo, ha llegado a la conclusión de que el mundo es un lugar de soledad, donde no hay nada, solo el recuerdo de cómo degollaron a su padre y él tuvo que encargarse de sobrevivir. «Hemos estado donde nunca hemos estado, y, de hecho, para ser sinceros, venimos de allí», asegura.
Abel no es un sheriff corriente, sino que se convirtió en leyenda después de desarticular a una banda de tres ladrones y un cómplice, pero no fue la única aventura que tuvo que afrontar. También hizo frente al encuentro con un niño indio que le guio entre la niebla o la aparición en el horizonte de tres hombres, como si fueran los Reyes Magos, en un páramo de difícil acceso. En otra ocasión, Abel trabajó leyéndole libros a un pistolero que quedó ciego tras asesinar a más de treinta piratas que asaltaron su pueblo. «Algunas cosas no pueden repetirse, a menos que uno quiera perder», se dice, y añade: «Todo ha sucedido ya, y nada terminará nunca».
Sin embargo, la mayor misión llega cuando su hermana le informa de que van a ahorcar a su madre. Entonces, Abel y sus hermanos, todos ellos también con nombres bíblicos —Samuel, Isaac, David, Joshua y Lilith—, se proponen salvarla, igual que el científico Kepler rescató a su madre, acusada de brujería, como cuenta el propio protagonista. Abel, como sheriff y defensor de la ley, lucha contra su Caín particular, que es el mundo que le rodea. Para un pistolero como él, disparar es un modo de existir y no tiene miedo de morir, sino de fallar el tiro, de no estar a la altura, y más en una aventura en la que arriesgará la vida. «Quien mata a un hombre se confunde con él para siempre», se dice.
Abel invita a reflexionar sobre si somos dueños de nuestro destino o del destino de otros y acerca de la existencia del alma, si esta es solo una y alberga a todas las personas y si todos somos huellas de los demás. El protagonista defiende la curvatura del mundo, es decir, que no existe un antes ni un después, sino un ahora, y tampoco la relación causa-efecto. Al parecer, Hume ya escribió que los efectos también generan las causas y que las personas deberían olvidarse de las certezas, pues no existen. Un tema que no se trata tanto de forma explícita, pero que subyace bajo la realidad del narrador, es la soledad, que él mismo califica de «vertiginosa» hasta en dos ocasiones en el libro.
Alessandro Baricco incluye en estas páginas elementos metafísicos y líricos y se vale de la fuerza del lenguaje para construir una historia donde el narrador cuida cada paso antes de darlo y narrarlo. Quizás no sea un libro para todos los públicos debido a la temática western, pero considero que es muy interesante por lo bien perfilada que está y por la profundidad de los pensamientos que inserta en la narración. Baricco es uno de mis escritores favoritos y tengo muchos libros suyos, casi todos dedicados, y aunque aquí se arriesga y este no es de mis preferidos, hay que reconocer que no ha perdido su esencia.


