Imagínate pasándolo genial en una caseta de la Feria y que, sin esperarlo, un portero sin escrúpulos te eche, te tire tu copa al suelo y se encare contigo.

Esto le hicieron a uno de los dos amigos con los que estuve la madrugada del miércoles 20 de agosto del 2025, sobre la 1:30. Estuvimos retenidos durante media hora. Tras aquello, echamos la cruz al Real Cortijo de Torres de la Feria de Málaga, ya que, encima, otros, en vez de defendernos, nos regañaron e insinuaron que no éramos bien recibidos allí.
Veo necesario compartir tan humillante experiencia ahora que vuelven estos saraos, jaleos o como se llamen. Lo hago tarde, pero, de haberlo contado el año pasado, cuando se acabó la Feria, ya se habría olvidado.
Aquella noche, dos brujas nos acusaron de echarles algo en la bebida. Ambas iban de amarillo. Este muchacho les saludó y yo les pregunté de dónde eran. La del pelo a lo afro respondió que de Sevilla, pero se mostraron raras. Nosotros las dejamos en paz, nos fuimos a la barra y, de pronto, notamos cómo el portero más petado nos empujaba hacia la calle, sin mediar palabra.
La relaciones públicas, que yo conocía de días anteriores, estaba por allí. «¿Ya os vais?», me preguntó. «¡Nos echan!», le respondí, confuso.
Una vez fuera, aquel energúmeno la tomó con el muchacho, le tiró su copa al suelo (que acababa de pagar) y le metió mano mientras le preguntaba a gritos qué les había echado y que dónde llevaba la droga (que no existía). Él le respondió desesperado que no llevaba nada. Los otros dos veíamos esto alarmados, pero sin poder quitar la vista a los otros porteros que teníamos delante, porque temimos que nos fueran a linchar.
Obviamente, llamaron a «la Alianza». Mientras llegaba, fue incómodo y muy desagradable estar retenido y expuesto al público. Encima, tuvimos que aguantar cómo los porteros incitaban a esas a denunciarnos, porque, «si nos dejaban marchar, podíamos ir a otra caseta y hacer lo mismo». Uno de ellos no me soltaba el brazo, aunque yo no pensaba huir. También hablaron en árabe (creo) entre ellos.
Una vez llegó, la recibimos con la esperanza de que nos ayudase. En mi gorro depositamos mis pertenencias y me cachearon. Aún así, sonaron unas monedas, pero no hizo falta sacarlas. No creo que diéramos sospechas por nuestro aspecto. En mi caso, llevaba el gorrito, una camisa de colores llamativos, unos vaqueros cortos y unas alpargatas turquesas.
Los «Combine» nos pidieron nuestros DNI y, pasados unos largos minutos, tras examinarlos, nos los devolvieron y nos pudimos ir. Antes, uno de ellos, de malas formas, nos dijo que nos olvidásemos de volver a esa caseta, que ya habían hablado con los porteros. «No, nosotros ya nos vamos a casa», respondió este hombre. «Mucho mejor», replicó él. Y, al despedirnos, nos devolvió las buenas noches casi sin mirarnos.
Yo voy a criticar algunos aspectos como consumidor y ciudadano, pero sobre todo, como persona. Porque esta anécdota revela un problema enorme, al que nadie importa. Ven conmigo, a ver qué te parece…
Nuestra versión (que nadie quiso saber: ¿nos merecimos aquello?
Llevaba cinco días seguidos de Feria. Hubo de todo: concierto de Mojinos Escozíos, pasarlo genial con un grupo… Pero ese miércoles prometía. Primero, en el Centro, hablamos con personas manchegas, vascas… Luego, fuimos al Real, a buscar al grupo aquel. Pero yo, sobre las 21:30, había quedado con la familia. Vino hasta la abuela. Y, en momentos así, te sientes bien y feliz.
A las 00, todos se fueron. Pero yo volví un poco más con estos dos amigos. Perdieron al grupo cuando llegué y fuimos a nuestra bola. Pasamos por la peña Renfe, donde me animaron a tocar la campana que hay fuera. Pero nos paró la relaciones públicas de aquel antro. Una joven alta y morena con gafas, cuya labia se podría meter por ahí (la considero cómplice de aquel «fregao»: nos ofrece un sitio donde te tratan fatal).
Dentro, hicimos un poco el tonto y saludamos a la gente, incluidas aquellas dos, y así se arruinó todo, tan sólo hora y media después de dejar a mi familia. Al menos me alegró ver a esas dos tirar sus bebidas. Que se fastidiasen también. Aunque puede que a las “pobrecitas” les regalasen luego otra.
Ah, por cierto, el año pasado no se podía salir de las casetas con bebidas alcohólicas. Ellas lo hicieron y los porteros, como si nada… Y nos llevaron a la pared y nos cachearon por su cuenta. Esto es ilegal. Lástima que no conociera bien mis derechos en ese momento, para defenderme.
Nosotros nos sentimos sucios. En especial, este chaval, quien sentenció que no volverá al Real. Fue tal el shock que mi hermano me lo notó en la cara luego. Menos mal que él se fue a las 00, porque estaba cansado. Ahí pensé si debí haberme ido con ellos, pero no tuvimos culpa de nada. Y me fui en bus, para llegar seguro y cuanto antes a casa.
¡Pero si esto «no existe»!
Entremos un poco en acción. El escritor Juan Soto Ivars, el año pasado, publicó un polémico ensayo, “Esto no existe”. Aquí habla de la “narrativa de género”, que es uno de los causantes de lo que nos pasó.
Según el artículo 14 de la Constitución, «los españoles somos iguales ante la ley, sin que pueda haber discriminación…». Pero aquel «fregao» nos demostró lo desprotegidos que estamos los hombres. De hecho, nos pasó por ser varones. ¿O es mentira? Dos desconocidas nos acusaron, se nos criminalizó… ¡sin pruebas! y nadie nos escuchó, ni nos defendió, ni nos pidió una merecida disculpa. Esto, ¿tampoco existe?
Gracias a gente como aquellas dos, que usan sus derechos de forma irresponsable, la ultraderecha gobernará el año que viene. Porque, al final, esto que critica es cierto. Más de una se acordará cuando no tenga derecho ni a ir al cajero, para alegría de quienes están resentidos por culpa de mujeres que usan un escudo como arma arrojadiza. Ya queda «ná y menos».
La feria: fauna y flora
Un mes después (septiembre), en la Feria de Torremolinos, este hombre nos dijo: «Tranquilos, esto no es Málaga». En efecto, allí no nos pasó nada. Y es que no sólo influye la “narrativa de género”. En el Real de la Feria de Málaga he comprobado (o me han contado) lo mal que te tratan, da igual el motivo…
Una tarde, en otro antro, el dueño me prohibió entrar con el sombrerito puesto. «Si te veo dentro con eso, te echo. Que yo no hablo. ¡Yo soy Satanás!», me amenazó entre risas. Je, je, je.
Aunque esto también pasa en las inocentes casetas de izquierdas: a un chaval le sacaron cinco encargados… ¡por llevar una pulsera de la rojigualda! Una bandera que, guste o no, reconoce la Constitución…
En su día, se denunció en periódicos locales la presencia, en ciertas casetas, de porteros con aspecto y actitudes preocupantes. Porque es indignante que se permita esto en un evento público. Y también, como opinó otro amigo, se debería dar una formación para mediar en situaciones así. De hecho, vi un reel llamado «Porteros de la Feria de Málaga» donde les parodiaban mediante gestos de escupitajos o groserías.
Fue denigrante cómo nos trataron, en especial a este hombre, por mera palabrería. Y es un insulto promocionar un evento donde ocurre esto. Porque podríamos habernos tropezado con aquellas dos, o haberlas confundido con alguien. Y estos saraos no los organiza una empresa, sino el ayuntamiento de tu ciudad.
En el 2016, unos con los que fui pusieron una reclamación en otro antro por no dejar entrar a unas menores de 20 años. El dueño, alterado, nos restregó que allí no se podía entrar con zapatillas deportivas y que a nosotros nos dejaron. Y a una de ellas le gritó que se buscase el boli.
Así tratan aquí a las personas. Por eso, el Real por la noche me recuerda a un suburbio donde no hay respeto ni educación. Sólo chulería y desprecio. Supongo que concorde con ese ruido tan bajuno que se ha adueñado de la Feria. Cosa aparte, el hedor a meados y a vómitos en todos lados, debido al desmadre que hay.
Es normal que en estos sitios, al mezclarnos como a un rebaño, te encuentres a lo peor: en la Feria de los Países de Fuengirola del 2024, este amigo fue a saludar a la vigilante de una entrada de la caseta de España y los demás le seguimos. Uno que estaba en una fila pensó que íbamos a colarnos, avisó al amigo («Cuidao, que se te cuelan…»), este saltó cabreado y nos echó.
Yo dije que nos íbamos, pero que se calmasen. El energúmeno se encaró conmigo y me mandó atrás, con una cara que ni el Paredes en el España-Argentina. Yo me quedé mirándole mosqueado, pero él demostró que tenía ganas de pegar unas hostias, así que fue mejor largarse antes de que te arruinase la tarde.
Al machote le subirían el ego las dos muchachas que iban con él, llevaba una camisa verde tipo hawaiana, hortera, y era rubio, cuarentón y con barba. Vaya, las típicas pintas de «enterao». Por el careto, diría que es el portero de otro antro del Centro, donde también te tratan mal.
Por suerte, este año, allí no tuvimos movidas. Por no hablar de que esa feria es diferente. De esto hablo ahora.
Entonces, ¿tiene sentido la feria actual?
Esta pregunta es muy subjetiva. Como ya hemos visto con el macarra de la Feria de Fuengirola, es obvio que peleas y gentuza puede haber hasta en el médico: en la romería de Torremolinos, el año pasado, se lió una entre chiquillos y adultos, que acabaron en el suelo.
Una solución a esto sería cobrar entrada. Podría incluir una seguridad eficiente y una fianza (si la lías, la pierdes). Aunque este «experimento» fracasó en la Fira de Barcelona el año pasado, yo lo mantendría. Sería cuestión de acostumbrarse. Así, iría menos gente. Pero, ¿no es mejor calidad que cantidad?
También, aunque siempre habrá indeseables aquí, si fomentamos ambientes bajunos, vendrán más.Podría hacerse una feria sana y sostenible, basada en concursos, actividades, o donde primase lo familiar. Pero, de las más de 110 casetas, casi todas son discotecas…
Aquí se teme que, claro, sin discotecas ni reggaetón, nadie vaya a la feria. Pero fíjate en el Festival de Málaga. A quien no le guste el cine español, no tiene por qué ir… O la Feria de los Países, donde no hay discotecas (si acaso, la caseta esa de Puerto Rico). Mantienen su esencia y siguen teniendo acogida (aunque también, ya vemos, algún que otro indeseable).
En la Feria de Málaga, la fórmula, fácil y barata, es «Alcohol + reguetón = gente a mogollón». Aquí es mejor cantidad que calidad. ¿Para qué mejorar nada, si esto deja billetes, en una ciudad donde incluso nos echan? Por supuesto, la Feria sólo irá de perrear o bailar «sevillanas» de Omar Montes con trajes de flamenco.
La Feria de Abril de Sevilla, por mucho que se critique, mantiene su tradición (elitismo en las casetas aparte). La gente la organiza cada año por diversión, y no por negocio, como aquí. Puede que esta obsesión en Málaga por superarles nos lleve, aparte de crear una rivalidad estúpida e innecesaria, a hacer una feria sin mucho sentido (¿no será envidia?).
Otras pegas son el calor que hace en el Real. Iba, en parte, por lo de «donde va Vicente…». Y anda que los precios… ¡Ocho euros cuestan ya un kebab o una atracción!
Pasarlo bien en un sitio requiere un trato digno. A mí me da la impresión de que la Feria sea «una rutina» y, entonces, que te traten mal haya que normalizarlo, como quién tiene un mal día en el súper. Pues conmigo van listos.
Ah. Y, ya puestos, viva la Feria de abril. Viva Sevilla y olé.
La inseguridad que da esto…
Al principio, quise creer que no fue nada personal. Pero, que «la Alianza» defendiera a esa gente me hizo sentir desamparado. Al otro de nosotros le preguntaron si sus padres «estaban orgullosos de tener un hijo así».
Por eso, desde entonces, destaco las ventajas que tendría privatizarla. Una de ellas sería un trato «mucho mejor». Recuerda la agresión, en mayo, a una profesora jubilada en una manifestación. O el asesinato a un extranjero en Torremolinos con un táser.
Hace unos años, otros amigos estaban en el parque de Huelin y un «Combine» apareció para registrarles, de malas maneras. Su compañero fue el único que se disculpó, pero porque quiso. Menos mal que yo ya no estaba. Ya ves. «Cuando el río suena…».
Otra ventaja sería la eficiencia: el pasado año, mientras en los medios se presumía de seguridad en la Feria, en El Español informaron de que un niñato agredió allí a un chico de Madrid. Tras denunciar, este tuvo que buscar, por su cuenta, pruebas. Ha pasado un año y el agresor aún anda suelto. Esta, ¿qué seguridad es? ¿Dónde estaban todos esos drones que anunciaban? ¿Recargando las baterías?
El episodio de South Park «Inseguridad» te da ideas de cómo una empresa privada te protegería a ti (su cliente) correctamente (ya lo hace, de hecho, para proteger tu casa con alarmas, cerraduras inteligentes…).
Piensa, además, que con tus impuestos pagas la seguridad de estos saraos. Si recayera en los dueños, no serían tan «desmesuraos»: no les interesaría, porque no les sería rentable. La vigilancia sería cara y, para compensarla, subirían los precios de las consumiciones; la gente iría menos y resultaría insostenible.
¿Qué me enseña todo esto?
Que en esta sociedad algunos sólo se cubren las espaldas. Aquí, la gente muere ahogada porque no les avisan a tiempo. O porque las vías se tiran un día rotas y los trenes sufren accidentes mortales. O porque vienen pandemias o incendios que no previenen ni gestionan bien.
En esta sociedad, encima, tras sacarte unas oposiciones, puedes perder tu plaza por la cara (sí, soy uno de los más de 600 afectados por el famoso examen de Renfe). En resumen: aquí sólo somos números a merced de otros que nada más se atacan entre sí.
«Sólo el pueblo salva al pueblo», dijeron las víctimas de Paiporta en 2024, y con razón. Debes protegerte tú. A nadie importas más que su propio beneficio. Por eso, me propongo aprender técnicas para defenderme de la escoria que anda suelta. Porque, si espero a que me protejan, si llegan, será tarde o encima me culparán a mí.
Alternativas a esos saraos
No se habla mucho de estos saraos, ¿eh? Es lamentable cómo los malos quedan impunes y se van de rositas mientras unos pobres desgraciados pagamos el pato.
Quizas debimos haber denunciado aquello. Pero nadie nos asesoró. También me explicaron amigos o familiares que no valía la pena verse en líos judiciales. Así, esos acaban saliéndose con la suya.
Yo me considero alguien con principios. Además, trabajé para el Ministerio de Justicia en Barcelona, junto a los Mossos, los jueces y los magistrados (cuando se lo dije al «Combine» que nos reprimió, me respondió «Bueno…» y se dio la vuelta). Así que me considero demasiado legal para volver a donde no me tratan con el respeto que me merezco.
Porque está claro que en el Real Cortijo de Torres algunos individuos tienen libertad para hacerte lo que les dé la gana. Individuos con mala leche, que pagan sus frustraciones contigo. Individuos que cobran en efectivo (mola palpar los billetes, tan coloridos. Para gustos, colores, nunca mejor dicho. Sobre todo el negro, a juego con la noche). En este punto, me contaron que en una caseta mandaron a sus RR.PP. desperdigarse por el Real con motivo de una inspección sorpresa…
Yo no voy a tolerar esto porque les venga enorme gestionar un evento descontrolado y se permita tener a esa gente en las casetas. Ese no es mi problema. Que prohíban saludar a nadie. O que pongan distanciamientos, como cuando el COVID. ¿A mí qué leches me cuentan?
Por eso, tampoco volveré aquí. Porque, en lo personal, he tenido que tragar bastantes veces injusticias o a abusones. Sobre todo en el colegio, donde profesores de pacotilla me regañaban o me castigaban como a un pringao, sin motivo. Ahora, de adulto, que aguante esto su tía.
Estos días me iré a la feria del Ahó, un acogedor sitio del barrio El Torcal. O al Centro. También a la playa. Y, si llueve (ojalá diluviase, así se llenarían los pantanos), en casita. «Mucho mejor» esto a volver a un sarao «desorganizao». Lo siento por los peñistas y casetas solidarias humildes. Pero más lo siento por quien pueda sufrir lo mismo o peor que nosotros sólo por querer pasarlo bien.
Dato importante: el Centro, el sitio que nadie quiere, es el mejor. Es el original, puedes pillar sombra e ir al Soho o a La Invisible, ese precioso enemigo del Ayuntamiento al que tanto queremos. El año pasado fueron allí «anti pandas»: grupos de verdiales que trataban temas de actualidad.
Y ya estaría. Anda a tomar por saco. Me he «despachao» y qué a gusto me he «quedao». En cuanto a ti, si vas al Real, mucho «cuidao». Yo ya te he «avisao»…


