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Aprender de la vida

por Mario Guerrero

“O estaba con mi familia o estaba con los infieles, en un bando o en el otro”. Tara Westover (Idaho, 1986) nació en el seno de una familia mormónica, no fue inscrita en el Registro Civil hasta que tuvo nueve años y durante su infancia no asistió nunca ni a la escuela ni al médico. El mundo exterior era malo, era socialista, eran los Illuminati, así que creció creyendo que su vida estaba en manos de Dios en todos los ámbitos. “Mi padre afirmaba que la escuela pública era una artimaña del Gobierno para alejar de Dios a los niños”.

La biografía de Westover que aparece en la solapa de Una educación (Lumen, 2018) es de esas que hacen que te plantees si realmente has hecho algo de valor en tu vida. En este grueso volumen dividido en tres partes, la autora —que es también narradora y protagonista— nos habla de su educación estricta y rígida, presentándonos a familiares y conocidos con algunos nombres falsos y otros reales. Pese a los seudónimos que hay, esta es una historia real.

Fue la menor de siete hermanos, en una casa en la que el padre tenía el bastón de mando. Él estaba convencido de la llegada del fin del mundo, de hecho hacía acopio de comida y combustible para resistir cuando llegara el día.

Tras un prólogo, Westover comienza a narrar su propia vida, desde que tenía siete años hasta la actualidad, cuando llegó a estudiar a Cambridge, toda una gesta para una persona que haya seguido una educación reglada convencional, más aún si tenemos en cuenta que Westover no pisó un aula hasta los diecisiete años, y lo que había aprendido en su casa no era suficiente para moverse por un mundo globalizado y con tanta historia por contar. Para ir a Cambridge tuvo que romper con parte de su familia. De algún modo, en este libro se transmiten sus ansias de romper con la tradición, la religión fundamentalista y la ortodoxia.

Cuando apenas era una niña, su abuela le dio una oportunidad de irse con ella, temprano al amanecer, cuando nadie la viera, y le prometió apuntarla en una escuela pública para que aprendiera cosas más allá de lo que su madre le enseñaba en casa —su padre, que tenía un desguace, era más proclive a enseñarle trabajos manuales y prácticos—. Sin embargo, Westover finalmente decidió quedarse.

Ella sabía que su futuro estaba planeado de manera que se convirtiera en una mujer casada con dieciocho años y que se dedicara a elaborar brebajes de plantas medicinales, como su madre, que curaba cualquier dolencia con ellos.

Westover narra dos accidentes de tráfico que marcaron gravemente a la familia, sobre todo a la madre, que no volvió a ser la misma a partir de entonces. Un accidente que tuvo el padre mientras trabajaba y que casi le cuesta la vida. Y también el grave accidente de tráfico que tuvo uno de sus hermanos. Son varios los percances que hacen pensar al lector que la vida de esa familia pende de un hilo si no se va al hospital cuando es necesario o si no se toman las medidas de seguridad necesarias, porque todo está en manos de Dios y ocurrirá lo que él mande.

Sus hermanos y ella fueron creciendo y tres se marcharon de casa —uno de ellos a la universidad—. Describe a sus hermanos y, a través de ellos, retrata a una familia, una época, un país y una mentalidad. Por ejemplo, habla de su hermano Tyler y, cuando lo hace, la narración se convierte en enternecedora, porque fue el hermano que siempre mostró más simpatía por ella. Luego está la otra cara de la moneda, ese hermano al que llama Shawn y que la maltrató físicamente durante mucho tiempo, sin que ella tuviera nunca el apoyo de sus padres ni la fuerza necesaria para poner fin a esa relación tóxica entre hermanos.

No sabemos si Westover llega a tener miedo de su padre, pero sí consta un respeto suficientemente fuerte como para mantener las distancias con él. Su hermano Shawn y su padre son los dos flancos principales por los cuales la autora se ve cohibida y oprimida en sus decisiones y actos.

El interés y el amor por aprender llegan hasta el punto de que su hermano Tyler se compra con su dinero un manual de trigonometría para estudiar por su cuenta. Unos hijos buscan las manera de aprender huyendo; otros, leyendo aquí y allá en enciclopedias y libros varios, incluso a oscuras y sin el beneplácito del padre, al que rinden sumisión y que se encarga de denigrar hasta la saciedad la escuela pública y la universidad.

Cuando es un poco más mayor, Westover comienza a trabajar para su padre, lo que le reporta nuevos conflictos y algún que otro accidente. Se notan las jerarquías en una familia tan anclada a la tradición, aunque más que familia parece por momentos una empresa. Es increíble que una mujer que de niña no recibió una educación convencional escribiera un libro como este. Quizás porque la escritura es a veces algo más de corazón que de cabeza, y este libro provoca precisamente sentimientos en el lector: lástima, curiosidad por la protagonista, odio por algunos de los personajes, impotencia, rabia…

Con once años, Westover ya buscaba quehaceres como canguro para evitar trabajar para su padre. Y por fin se presentó a un examen de admisión a la universidad tras estudiar por su cuenta. La admitieron. Entonces ocurrió un episodio que marcaría la relación con su familia: se produjo un accidente y ella eligió llevar al accidentado al hospital y no a casa, donde su madre lo habría curado con hierbas, porque confió más en la ciencia y en la medicina. A partir de esta decisión se resquebraja la relación con su familia. Esto, junto a su entrada en la universidad, le darán alas para poder volar libre por primera vez en su vida más allá de su casa y la mirada atenta de sus padres y hermanos —y de Dios—. “Es increíble que antes creyera todo esto sin el menor recelo —escribí—. El mundo entero se equivocaba; solo papá tenía razón”, escribe.

Cuando llega a la universidad, un mundo nuevo se abre ante ella, que se ve en dificultades para relacionarse con otras chicas debido a sus rígidas creencias inculcadas por su padres y tiene que aprender a conciliar esos dos mundos. Ella nos habla del aprendizaje de la historia de Estados Unidos y lo que esta supuso en la mente límpida de una joven que asistía por primera vez a clase. Además, en la universidad también conoce el concepto de feminismo —imagina lo que supone para una mujer con una educación tan básica y con una idea de mujer tan clasista descubrir algo así—.

Es una joven que se cree invencible y que es incapaz de pedir ayuda. Sin embargo, sigue habiendo momentos de maltrato por parte de su hermano y la autoridad de su padre se mantiene impertérrita, por lo que deberá aprender a soltarse de esas cadenas. Por suerte, hay personas que la ayudarán. Por ejemplo, el obispo, que se ofrecerá a ayudarla para financiar su estancia en la universidad para que no tenga que volver a trabajar para su padre.

Poco a poco la familia se irá volviendo en su contra, excepto algunos de sus hermanos. Esto nos demuestra que alzar la voz y denunciar las injusticias sufridas en el seno familiar te puede costar la separación de tu familia, que la hace sentir loca, y ella por momentos así lo cree y se deja arrastrar por las versiones de los demás. De hecho, desconfía de muchos de los sucesos de los que habla en el libro, por lo que añade notas a pie de página añadiendo que un testigo no los recuerda igual, lo que demuestra su inseguridad.

Ella nunca pierde la esperanza de recuperar a su familia, pero esta creía que el demonio se había apoderado de ella por asistir a la escuela pública y hacer cosas propias de infieles. “Lo que mi familia quería expulsar de mí no era un demonio; querían expulsarme a mí misma de mí”, escribe.

Hay quien dice que todo lo que cuenta Westover en su libro es de película, y creo que es cierto: esta es una de esas ocasiones en las que la ficción supera a la realidad, y haberlo vivido en persona tiene que haber sido mucho más impactante que lo que cuenta la narración, que ya de por sí impresiona.

Este libro sirve, por tanto, para expiar lo que la autora cree que son sus responsabilidades y culpas. Aquí se desahoga, llora su historia, solo que en lugar de lágrimas caen letras sobre el papel. Pese a tener más de cuatrocientas cincuenta páginas, este libro no pierde el ritmo, la calidad ni el interés en ningún momento. La educación la hizo libre y cortó sus cadenas mentales —y, por ende, físicas— que la mantenían atada a su familia, a la fe y al daño físico y psicológico que se le infligía, lo que derivaba en una cerrazón mental y adoctrinamiento, sobre todo.

Westover nos demuestra aquí el valor de una buena educación y el alejamiento de doctrinas radicales. Ella salió y expuso al mundo su historia. Aquí está, es sobrecogedora, para no perdérsela.

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