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El abecedario de la risa

por Mario Guerrero

Hay escritores que aderezan sus historias con un poco de humor. David Sedaris (Nueva York, 1956) adereza su humor con un poco de historia. La imagen de cubierta de Calypso (Blackie Books, 2020, con traducción de Jorge de Cascante) tiene cierto parecido con Tabla, un trozo de madera con una cara dibujada que salía en la serie de animación Ed, Edd y Eddy y que era el mejor amigo de uno de sus personajes. En esta novela, Sedaris, destacado como mejor autor cómico del año según Time, no utiliza como mejor aliado a una tabla de madera, sino al humor que tanto le caracteriza.

En la biografía que precede a la historia se dice que el escritor estadounidense vive junto a su pareja, un erizo y dos ranas, lo que hace pensar en su personalidad y en su sentido del humor. Narrada en primera persona, esta novela está protagonizada por un hombre de mediana edad que se ha comprado una casa cerca de la playa, donde pasa temporadas con su familia y su pareja, Hugh.

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Portada ‘Calypso’ / Agapea

El protagonista —que se llama David Sedaris y que comparte muchas similitudes con el autor— comprende la realidad de su situación actual, en esa edad en la que tienes más pasado que futuro. Sin embargo, se propone exprimir la vida y sacarle el sarcasmo. Su familia le persigue allá donde va —sobre todo su hermana Tiffany, que se suicidó—, al igual que las tragedias, pero se dedica a reírse como terapia para soportar y sobrellevar las miserias de la vida.

Se propone desprenderse de mantener las apariencias y olvidarse del «qué dirán». El paso del tiempo, que resulta inevitable, no cae sobre él como una losa. Todos se hacen mayores y los mitos comienzan a caer como la piel que, prieta en la juventud, queda atrás. Las miradas al pasado y los sueños sin cumplir se subsanan con la gente que sigue a nuestro lado y con un fino sentido del humor. El corazón, pese a todo, sigue bombeando sangre, y la risa sirve para conservar su ritmo.

No solo el protagonista posee este humor y lo transmite en sus narraciones, sino que también la familia hace gala de él en los diálogos que mantienen entre sí. A lo largo de las páginas se percibe la presencia de sus hermanas, así como su relación con ellas, con su padre —un poco difícil— y con su pareja. La familia, la muerte y el suicidio se conjugan, pero no consiguen opacar el verdadero objetivo de esta obra: hacer reír.

Sedaris esconde en cada página un ataque de risa. Unas veces utiliza un humor duro y arriesgado, pero el protagonista no se corta, es duro de pelar y se toma la vida con mucha filosofía. Otras veces, el humor parece buscado y no espontáneo. Sin embargo, este siempre es de agradecer porque lo inunda todo y no deja sentir el sabor de las tragedias, que también existen en esta obra.

El protagonista reúne aquí un anecdotario y nos habla, sobre todo, de sí mismo, de sus vacaciones en familia, de sus constantes viajes de una ciudad a otra por sus ocupaciones literarias e incluso de su estatura —él mide 1,65m y se queja de aquellos que sienten animadversión por los hombres de talla baja—. De hecho, Obama y Trump también tienen su espacio cuando el protagonista o su familia hablan de política.

Sedaris hace en Calypso un recorrido por una vida y por una familia pintorescas que también aguardan momentos duros. Repasa su homosexualidad y la realidad de su país —Estados Unidos—, aborda las relaciones familiares y su complejidad en un contexto en que la madre —ya fallecida— actúa como nexo de una familia que lucha por permanecer unida y no convertirse en «los otros», en desconocidos.

La música, además, influye en él como bálsamo ante la desazón de la vida. El protagonista guía al lector por su alma —siempre rebosante de humor—, deambula entre experiencias y deriva finalmente en un presente achacoso. Evoca el pasado mientras hace múltiples saltos en el tiempo. Parece que el narrador va improvisando conforme relata sus historias, pero en realidad sigue un esquema ya planeado, adentrándose en la psicología de una familia con un sentido del humor apabullante y que no deja espacio al tedio.

El narrador no se dedica a generar tensión ni un ritmo especialmente rápido. Sin embargo, consigue tejer una red de historias que provocan espasmos de risa a mandíbula batiente. Historias extravagantes unas veces y escenas cotidianas otras que permiten al lector olvidarse de su realidad durante unas páginas, uniendo sus carcajadas al pensamiento unánime de que la vida es un carnaval y no un espectáculo grotesco y solemne.

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