‘El hombre invisible’ o la frustración de poseer la verdad sin ser escuchada

Leigh Wannell consigue crear una estupenda atmósfera que no funciona de una manera tan excelente cuando juega a ser un producto de terror convencional.

En lo que llevamos de 2020 se han estrenado en nuestra cartelera varios filmes de terror. Algunos, con un resultado más que óptimo, mientras que otros ya se han coronado como grandes aspirantes a liderar la lista de lo peor del año. El hombre invisible no se enmarca solo en la categoría de película de terror, sino también de remake, siendo la primera vez en este 2020 que se produce esta relación. Esta nueva versión del clásico de 1933 no las tenía todas consigo, principalmente por dos motivos. El primero es el cambio de concepto que llevó a cabo Universal. La distribuidora planeó, hace unos años, su propia franquicia de películas inteconectadas con sus monstruos clásicos (La momia, El hombre invisible, la novia de Frankenstein) con superestrellas de Hollywood y un gran presupuesto, pero, tras el desastre que fue La momia (2016) en taquilla, Universal decidió dar un giro a su idea y rodar largometrajes sobre clásicos personajes de terror con bajo presupuesto y una visión de cine de autor. Podía salir muy bien o, por el contrario, no contar con el favor del público. Por otro lado, El hombre invisible se enfrentaba a un alma de doble filo: su director. ¿Nos encontraríamos al Leigh Wannell de la interesantísima Upgrade (Ilimitado), o veríamos al cineasta sin ninguna visión de Insidious 3?

Con el aval de estar producida por Blumhouse, El hombre invisible rompe todos los esquemas al no querer ser un remake al uso y no otorgar el protagonismo a ese hombre que da nombre al título del filme. En esta ocasión, se quiere poner todo el foco en su mujer, la víctima directa. Elisabeth Moss da vida a Cecilia, una mujer que huye tras estar siendo maltratada por su marido, un psicópata multimillonario. Sin embargo, cuando dos semanas más tarde se entera de que él se ha quitado la vida, la peor de sus pesadillas cobrará forma: no solo no se ha librado de él, sino que está más presente que nunca, intentando destruir su vida y la de todos aquellos que le aportan un mínimo ápice de felicidad. La protagonista tendrá que enfrentarse a una situación mientras ve que nadie la cree y llega incluso a plantearse si es producto de su imaginación.

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El hombre invisible comienza con unos angustiosos planos en los que Moss se está dando a la fuga en la mansión con vistas al mar en la que vive junto a su marido. Un arranque vertiginoso que advierte al espectador que lo que va a ver durante las próximas 2 horas. A partir de ese momento se establece en su primera mitad del metraje una fórmula que combina el susto y la adrenalina con momentos en los que se tiende a la reflexión acerca de las personas maltratadas y con planos vacíos, en los que no se ve dentro de campo ninguna presencia humana, pero sí se percibe. Sin embargo, a raíz de una brutal escena en un restaurante que tiene de protagonista a Cecilia (Moss) y a Emily (Harriet Dyer), el filme decide optar por el terror más puro y por giros de guion tan impresionantes como cuestionables. Esto es lo que provoca que la película funcione mejor en su primera mitad, cuando profundiza en ese miedo a una amenaza real pero invisible, un miedo que millones de mujeres sienten cada día en el mundo. Eso sí que es realmente terrorífico.

La cinta ofrece escenas muy reconocibles en el cine de Leigh Whannell. Esos planos tan violentos y sangrientos ya los habíamos visto en Upgrade (Ilimitado). Es un cineasta al que no le tiembla el pulso a la hora de mostrar imágenes que pueden ser desgarradoras para el espectador. A cuchillazo limpio, sin ningún tipo de censura y queriendo resultar desagradable e incomodar bastante al espectador.

En su apartado actoral, Moss es la única que destaca ante tanto secundario que parece que solo pasaba por ahí. Se quiere explorar tanto en el dolor y en la psicología del personaje de Cecilia que no deja tiempo en que nos fijemos en el resto de actores, como Aldis Hodge y Storm Reid, cuyos personajes son un punto emocional fuerte para Cecilia, pero que no logran calar en el espectador. Tampoco cuenta con la fuerza suficiente Oliver Jackson-Cohen (que interpreta a Adrian, marido de la protagonista), a quien se le ve encorsetado cuando aparece en la pantalla, echándose en falta una mayor fuerza por su parte en una de las escenas finales de la cinta.

El hombre invisible es, en definitiva, una versión diferente e interesante al querer explorar una historia ya conocida pero dando la vuelta a su trama central y cambiar al protagonista del relato, adaptándose a los tiempos actuales y que logra provocar una mayor sensación de terror cuando se centra en ese miedo real pero que es imperceptible a simple vista.

Valoración: 3,5/5

Lo mejor: Funciona de manera sobresaliente cuando huye del terror convencional y profundiza en la psicología de su protagonista

Lo peor: Que la segunda mitad del metraje pierda parte de esa profundidad e introduzca algunos giros cuestionables de guion

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