Tortugas (Acantilado, 2024) es una novela innovadora donde Isabel Alba (Madrid, 1959), construye la historia de Sofía, la protagonista, solo a través de mensajes de voz y de texto que ella envía a su abuela, a su amiga Luna o a sí misma. A partir de ellos, el lector se introduce en los pensamientos, reflexiones y emociones de Sofía, que podrían ser los de cualquier adolescente contemporáneo. Asimismo, trata temas como el discurso de odio, el descontento, la insatisfacción de la vida o el acoso escolar. Sofía tiene como referentes a su abuela, que es bióloga, y a su madre, que es médica, pero ambas tienen un secreto que Sofía quiere descubrir.

La historia comienza con Sofía grabándole un audio a su abuela. En él, habla sobre lo poco que sabemos de aquellos que se han marchado; Estrella, su abuela, lo ha hecho. Su madre ha vuelto a quedarse dormida en el sofá tras tomarse una pastilla para el insomnio y el agua del grifo está cortada de nuevo. Ante estos hechos desalentadores, Sofía intenta alejar la tristeza y la nostalgia, pero no puede evitar recordar y se refugia en la ciencia. Celebra que han descubierto uracilo, una de las letras del ARN, en un asteroide, de ahí la ilustración de la cubierta.
Un día, Sofía decidió hacer un pacto con su abuela que consistía en que ninguna de las dos pondría triste nunca a la otra, pero ahora ha desaparecido y la echa de menos. Por otro lado, su madre está saturada de trabajo, y más después de la pandemia. En un momento de la novela, Sofía vio a su madre asomada a la ventana mirando con insistencia el cielo. Entonces, quiso explicarle que las estrellas estaban ahí, aunque no pudiera verlas por la contaminación lumínica. Esta búsqueda de la madre en el firmamento es equiparable a la búsqueda de Estrella, la abuela, que sigue estando ahí aunque no pueda verla y que tiene un nombre cósmico.
Los mensajes de voz son una manera de expresar en voz alta, con receptores o no, aquello que piensa o siente. Sofía lo graba todo con el objetivo de que quede guardado para el futuro, como una especie de diario. Al fin y al cabo, rechaza pensar en el pasado porque no tiene remedio, también en el futuro porque nadie sabe lo que espera, y pensar en el aquí y el ahora no es mucho mejor. La memoria se guarda en la tecnología, y lo hace tal cual es, palabra por palabra, mientras que la memoria en la cabeza es interpretación, es decir, ficción. Sin embargo, a veces es mejor recordar según se elija o se quiera, pues la cabeza nos engaña, se engaña a sí misma, como instinto de supervivencia ante el peligro o el miedo.
Cuando Sofía era pequeña, su abuela la llevaba a ver tortugas a un refugio de animales y le decía que los dinosaurios se habían extinguido, pero ellas seguían en el planeta, igual que, aunque la abuela se haya marchado, su presencia permanece. «Una tortuga soporta el pilar del cielo», reza la cita inicial de J. Chevalier y A. Gheerbrant. Sofía carga con un peso que no le corresponde y que atraviesa también a su abuela y a su madre, tres generaciones de mujeres unidas por el sentimiento de nostalgia. En memoria de esos recuerdos, Sofía creó el grupo Tortugas en Instagram, donde ella, su abuela y su amiga Luna compartían impresiones.
Tortugas es una novela que presenta un mundo distópico que es en realidad un reflejo de la actualidad y aborda problemas contemporáneos a través de la figura de Sofía. El cambio climático, la diferencia cada vez más grande entre clases sociales, la deforestación, la defensa de la sanidad pública, la identidad, la importancia de guardar la memoria o la sequía son algunos de ellos. La protagonista vive en un planeta cada vez más inhabitable y piensa que hay que buscar nuevas preguntas o cambiar de perspectiva, como hacen el arte o la ciencia. Además, esta última, opina la protagonista, debe servir para el bienestar de las personas. También se habla sobre la fe, las creencias y el propio misterio de la vida, y defiende que las luchas deben ser colectivas. «El futuro siempre fue infinito y ahora puede que sólo dure unos años».
En diferentes momentos de la novela, Sofía lee libros que pertenecen a la abuela, como Moby Dick, El viaje del Beagle o Frankenstein. Todos ellos parecen versar, de un modo u otro, sobre criaturas solitarias o inadaptadas que no pertenecen a su comunidad. Ella también tiene la sensación de no pertenecer a su entorno. Ha dejado atrás la infancia y ha tenido que crecer demasiado deprisa, pero como consecuencia se siente más pequeña que en el pasado. El duelo por la ausencia y las ganas de que todo vuelva a ser como antes se unen a la incomprensión del mundo y a las decisiones duras pero a veces necesarias que toman los demás pero nos influyen a todos. Así, Isabel Alba configura una obra muy reivindicativa y actual que hurga en la herida del lector comprometido y desencantado socialmente.


