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‘La pena negra’, una mirada al luto en Andalucía por la fotógrafa malagueña Virginia Rota

por Nostromo Magazine

«¡Y no quiero llantos! La muerte hay que mirarla a la cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!», grita la matriarca en el último acto de la obra de García Lorca, mientras vocea su desdicha por toda la casa. 

En ese océano oscuro y profundo se encuentran también las doce mujeres y el hombre que componen el proyecto fotográfico de Virginia Rota, titulado La pena negra en honor a un poema, precisamente, del poeta granadino.

Algunas vacían la casa entera de muebles y abalorios, otras se niegan a pisar el quicio de su calle, luego están las que cambian la vajilla o no beben leche porque son de color blanco; pero todas miran a cámara con gestos de desgarro, tristeza, resignación. Miradas rocosas, lagrimosas, que llamean ante los recuerdos de sus fallecidos.  

Aisladas del mundo, estas mujeres se resignan a vivir en la oscuridad y soledad de sus sórdidos dormitorios custodiados por corazones de Jesús y otros santos; pero aún en estos escenarios tan tenebrosos, la fotógrafa malagueña Virginia Rota consigue transmitir una sensación apabullante de solemnidad, arraigo y ternura.

Ella misma nos cuenta cómo ha sido la experiencia de captar en 13 fotografías colosales la costumbre ancestral del luto. 

¿Por qué La pena negra? ¿Qué te llevó a realizar un proyecto sobre el luto? ¿De dónde te vino la idea?

Pues hice este proyecto por dos motivos. El primero, por una cuestión meramente estética. Tenía un recuerdo de cuando era adolescente de ir a Frigiliana y ver un pueblo blanco con manchas negras. Me interesaba volver a ir, ver si era verídico y qué significado tenía eso. Y luego porque, pensando sobre el luto, pensaba en mi abuela Pepa, que ha estado toda su vida de luto, que la conocí de negro y la despedí de negro también, y quería rescatar eso. Me puse a leer y vi que no había casi nada escrito sobre el luto. Hay muchas cosas escritas sobre el duelo, sobre el proceso psicológico, pero muy poco sobre la tradición que se ha impuesto en España y quería rescatar eso. Se llama La pena negra por un poema de Lorca, el Romance de la pena negra.

El luto es una expresión física y visual del dolor, ¿qué tiene de especial la estética del luto y de qué elementos se acompaña?

Todo inhala. A mí personalmente me llama la atención porque me fascina el negro y el acuerdo social de establecer e imponer un color para un sentimiento o una vivencia concreta en un país. Me fascina. Si hubiese sido rojo, me fascinaría igual. Lo que me fascina no es tanto el negro en sí, que sí es verdad que es un color que me atrae o toda la simbología religiosa, cristiana, de la que se rodea, o las casas típicas andaluzas a las que he podido entrar, sino la convención social de un color para una vivencia concreta que le pasa a todo el mundo en un país.

¿Cómo se capta el dolor en una fotografía? ¿Es más fácil conseguirlo a través de un retrato, una mirada, etcétera?

Mi intención no era rescatar el dolor. Mi intención cuando hago un retrato nunca es rescatar una emoción concreta. Es estar presente en el encuentro con esa persona y recibir lo que me da. No sé cómo se captura el dolor de alguien porque nunca pretendo hacer eso.

¿Crees que está estigmatizado el luto en los hombres?

No creo que esté estigmatizado, creo que está impuesto para las mujeres. Creo que ha sido concebido por y para la mujer por una cuestión del heteropatriarcado en el que está sumergido el mundo. Algún hombre por voluntad propia lo ha llevado, pero ha sido algo que está construido para la mujer. No me gustaría decir esto, pero creo que tiene mucha relación con las no libertades que se les han otorgado a la mujer y de las que el hombre se ha librado por completo.

¿Por qué has escogido esos espacios, algunos en interiores y otros en exteriores?

He tenido la oportunidad de elegir dónde hacer la fotografía en todas, salvo una mujer gitana de una aldea de Cáceres que no quería que entráramos en su casa y entonces está hecha en el exterior. Todas las demás personas me han enseñado las casas enteras y yo he decidido por una cuestión puramente estética el lugar en el que hacerlas.

Ahora se está empezando a celebrar el folklore y la cultura popular que tanto se ha rechazado, sobre todo la andaluza, por ser antigua, atrasada, vulgar, etc. ¿qué piensas sobre esta nueva corriente que pretende, si no redefinir, al menos reconocer estos conceptos tradicionales como el luto?

A mí me fascina el folklore, la tradición y Andalucía, pero me fascina ahora que me he ido. Cuando vivía aquí lo detestaba porque ni siquiera me había acercado a ello. Ahora que vivo en Madrid, y he vuelto aquí a hacer este proyecto, me he reconectado con la tradición y me fascina y me enamora. Y ha sido un placer trabajar sobre esto y rescatar un trocito pequeñísimo de mi tierra.

¿Por qué 13 personas?

Pues son trece porque me parecía que tenía que ser ese número. Me parecía que a partir de doce o trece se puede empezar a hablar sobre algo. Por una cuestión económica, por una cuestión temporal, pero también por una cuestión de que se podía empezar a hablar sobre algo a través de trece testimonios. Y luego porque el número en sí tiene una simbología que creo que tenía que ver. 

En España, se instauró el negro con la llegada de los Reyes Católicos y la “Pragmática de Luto y Cera” que condenaba a las viudas a vivir un año encerradas en una habitación tapizada completamente de negro. En estas leyes, también se prohibía las figuras de las plañideras, las mujeres que se contrataban para ir a llorar a los funerales y alabar al muerto. Después, en 1729, Felipe V ordenó que el luto se redujera a seis meses y que vestir de negro quedara de puertas para adentro en el interior de las casas. A partir del siglo XX, las exigencias inquisitoriales de la “Pragmática” se fueron disolviendo, pero el luto se ha mantenido hasta nuestros días como una ley no escrita entre las generaciones más mayores.

Para leer sobre luto

Es común encontrar también en la literatura los libros-luto, donde los autores expresan el dolor por la pérdida de un ser querido a través de las palabras, y muchas veces lo hacen con esa carga visual tan potente que parecen imágenes. Mortal y rosa, de Francisco Umbral, donde el autor habla sobre la muerte de su hijo con un lenguaje poético que anega las páginas de tristeza, puede que sea el más famoso de la literatura española. La hora violeta, de Sergio del Molino, y Lo que no tiene nombre, de la colombiana Piedad Bonnett, son otros dos libros destacados donde se expresa la pérdida del hijo en la literatura hispana.

Además de este tipo de luto, también existen otras obras que hablan sobre la pérdida del marido, la esposa, los padres… Ana no, de Agustín Gómez Arcos, es una novela donde la protagonista se pasea por España, de sur a norte, vestida de luto en honor a su marido y sus dos hijos mayores, que fallecieron en la Guerra Civil española, y es probablemente una de las obras de ficción que mejor refleja el dolor en la literatura española. Esta novela recuerda a Frasquita, una mujer anciana presente en la exposición de Virginia Rota. Frasquita cuenta que su madre se vistió de luto en 1936, no porque falleciera ningún ser querido, sino en honor de todos los caídos en la Guerra Civil española.

El luto en la pantalla

Allá por el 64, el onubense Manuel Summers se atrevió a ridiculizar toda la parafernalia sobre la muerte en La niña de luto, una comedia negra sobre la costumbre de llevar luto riguroso en los pueblos de Andalucía. En la película, dos jóvenes enamorados, protagonizados por Alfredo Landa y María José Alfonso, no pueden casarse por los continuos velatorios y entierros a los que tienen que acudir forzosamente. Algo que para las mujeres era algo totalmente cotidiano: enlazar la muerte del padre, del marido, del hijo y morir en vida y de negro. Porque sí, las únicas castigadas, en este tercio y en todos los demás, han sido las mujeres. Pero eso ya lo sabíamos. 

Aunque el luto ahora se pueda definir más bien como una tradición consuetudinaria, es cierto que el período de duelo, donde se intenta sobrellevar la pérdida de un ser querido, es un fenómeno prácticamente obligado dentro de nuestra condición humana. En las hemerotecas audiovisuales, encontramos numerosas obras que versan sobre este asunto y que nos conducen, además, a reflexionar sobre el tema.

Esta clase de luto más “sútil y pasajero” podemos verlo representado en películas como 

Viaje al cuarto de una madre, que cuenta de una manera bellísima cómo se reconstruye y afianza una relación maternofilial ante la pérdida de un padre; o en series como la maravillosa Kidding, donde un presentador de un programa de televisión para niños ve cómo todo su mundo se desmorona ante la muerte de su propio hijo. Además, hay otras obras más atrevidas que invitan a la reflexión sobre estas cuestiones como, por ejemplo, Be Right Back, el primer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror, donde la protagonista se enfrenta al dilema de poder crear una copia exacta de su novio fallecido.

En cualquier circunstancia, las manchas negras de los pueblos blancos (y verdes) tienen mucho que contar. Y nosotros mucho que escuchar. Todas ellas: los velos azabaches, las mantillas de encajes, los trapos opacos, los visillos prudentes, las madrugadas de penas y llantos, los rosarios en las mesillas, las misas tempranas llenas de suspiros y caricias. Todas ellas: supervivientes de la muerte y del autoproclamado patriarcado redentor.


Reportaje realizado por Mario Guerrero y Nerea Guitart

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