Mañana acabará todo (Navona, 2025) es un homenaje a las víctimas de la guerra de Yugoslavia. Esta novela de Susana Rodríguez Lezaun (Pamplona, 1967) está protagonizada por Fiodor, un hombre de treinta y ocho años que estudió en la escuela de cocina de Belgrado y trabajó de cocinero en países como Francia e Italia. En 1989, un anuncio en un periódico le anima a presentarse al puesto de cocinero de un burdel yugoslavo. Aquel lugar inhóspito, donde se ocupaba de la alimentación de la madame y las señoritas, excepcionalmente también de algún cliente, se convierte en su hogar real. Sin embargo, el estallido de la guerra provoca el cierre del establecimiento y su marcha en marzo de 1991. Tras años de guerra, Fiodor regresa a esa casa para reconstruirla y empezar una nueva vida allí, pero no imagina que algún personaje del pasado y otros nuevos aparecerán en el mismo lugar, como Rita, la antigua propietaria del burdel, o dos mujeres que cuidan de un bebé recién nacido.

La novela comienza con el regreso de Fiodor a la casa, abandonada y cerrada desde hace años, para volver a abrirla, igual que corre el riesgo de abrir las heridas, y quitarle el polvo. Pese a que ya hace un año que allí no caen bombas, la guerra va más allá de ellas, pues las cicatrices y las secuelas perviven. «En eso nos convierte a todos la guerra, pensó, en cosas que no le importan a nadie, que lo mismo pueden estar en pie que tumbadas, vivas o muertas, seguir o hundir la cara en el barro para siempre», se dice. Fiodor desdeña el ocio y apuesta por trabajar todo el tiempo: «Había tanto que olvidar, tanto en lo que no pensar, que necesitaría trabajar duro hasta el día de su muerte para poder sobrevivir». Entonces, en la buhardilla de esa cara, aparentemente abandonada, encuentra a dos jóvenes y un bebé.
En estas páginas, Yugoslavia se presenta como un país Frankenstein que la ONU quiere reconstruir, un país lleno de cascos azules internacionales, un pastel a repartir lleno de «dinero, poder y gente sin moral. Una combinación explosiva». Nadie está preparado para la guerra, y puede tocarle a cualquiera en cualquier momento. La guerra impide hacer planes, pensar a futuro, y remite al presente inmediato, a sobrevivir cada segundo. Sin embargo, Fiodor piensa en el día siguiente, en la esperanza del fin de la guerra o al menos un estado intermedio entre su fin y su continuidad. Él parece protector y bondadoso, pero también esconde fechorías y rudeza que alertan a quienes le rodean. En la guerra no hay cabida para la inocencia o la compasión, solo para la desconfianza, la esperanza y, quizás, el perdón.
Uno de los personajes se refiere a la vida antes de la guerra como «la otra vida». Sin embargo, quienes viven en conflicto deben adaptarse a él para sobrevivir. Por ejemplo, las mujeres, que son usadas como carne, recompensa y botín. Años atrás, el burdel se convirtió en el refugio y en el único reducto de libertad de algunas mujeres, y ahora vuelve a ser así. Rita, la antigua propietaria del burdel, ahora es una mujer físicamente diezmada que lucha por lo único que le queda, la dignidad. El personaje de Dunja, una joven que solo sabe usar su cuerpo porque para eso la criaron y abusaron desde niña, se aprovecha del cuerpo de un hombre para alcanzar la libertad. También se plantean dilemas, muy de actualidad, como el de la maternidad y sobre si esta resulta gratificante o un sacrificio.
Fiodor, por su parte, guarda una fortuna, pero desconoce si alguien le sigue los pasos para ajustar cuentas o arrebatársela. Cuando corta madera con un hacha, le parece que suena igual que los huesos del cuello al romperse. Esa cercenación de la madera es un símbolo del intento de arrancar el anacronismo de un estado nacional, aunque sea con una herramienta herrumbrosa, para hacer trozos o astillas más pequeños pero útiles para ellos, pues las usan para quemarlos y dar calor o cocinar. Los cascos azules solo pueden intervenir en sus funciones, no inmiscuirse en asuntos locales por órdenes superiores, y esto implicaba robos y violaciones. Entonces, las cosas empiezan a complicarse por la aparición de grupos de mercenarios armados que chantajean y amenazan. «Si Dios había permitido esa guerra, si miraba hacia otro lado mientras la gente mataba y moría, y ahora les gastaba la broma espada de prometerles la paz mientras las bombas seguían cayendo y las minas explotando bajo sus pies, [Fiódor] decidió que no le apetecía que una buena chica como Adriana acabara a su lado», dice el narrador.
El bebé de las dos jóvenes no tiene nombre porque su madre no quiso ponérselo para, en caso de que falleciera, no recordarlo. Sin embargo, aquello que no se nombra no existe, así que lo nombran Zoran Filipović, como el exjugador de fútbol montenegrino. El personaje de otra mujer, que creció sin recibir atención de su familia, fue abandonada cuando la necesitaba: «La familia es un agujero», afirma. También critica el agujero y la división de su país: «Estos países de jerga, insignificantes como excrementos de oveja, van a ser el hazmerreír del mundo, pero a los que tenemos que vivir aquí no nos hace ni puta gracia». Cada uno de esos personajes y de esos territorios deben soportar sus heridas, físicas y mentales, con el daño y las pesadillas a cuestas.
Los personajes coinciden en la necesidad y el deseo de dejar atrás la vida de miedo, hambre, guerra y violaciones y adoptar una nueva identidad, ser alguien nuevo, reconstruirse y renacer. Se preguntan si uno puede acostumbrarse alguna vez a ver muertos y reconocen la pérdida de la fe en Dios, pues se trata de una tierra donde no se sabe si hay un país o varios y donde ya parece no haber diferencias religiosas porque «todos los dioses se han ido de aquí», según dice un personaje. También reconocen el arrepentimiento por regresar, no encontrar solución y ver que aquello que se creía mejor no lo es. «Cada día le costaba más encontrar un motivo, una justificación para continuar. Eso era lo único que les quedaba a los perdedores, doblar la espalda, respirar y seguir adelante. Buscar un motivo para que mereciera la pena esperar el siguiente amanecer, porque había momentos, demasiados, en los que respirar no era una excusa suficiente».
En la nota final de la autora, esta habla sobre cómo en 1992, en plena guerra de Yugoslavia o guerra de los Balcanes, ella era una estudiante de Periodismo recién egresada y le tocó cubrir la llegada a la ciudad de Soria de un grupo de 37 refugiados balcánicos que le influyeron y le marcaron para escribir este libro. «Zagreb y Sarajevo están más cerca de Pamplona que Las Palmas de Gran Canaria. Estábamos hablando de un país europeo, avanzado, moderno, que de pronto está sumido en una guerra terrible», afirma. «Todos los éxodos son el mismo éxodo», dice Verónica Blas en El éxodo de Málaga a Almería, de María Jesús Orbegozo. El éxodo yugoslavo y el de las decenas de miles de malagueñas en plena guerra civil española están conectados por el dolor, las miserias, las pérdidas y el miedo de sus protagonistas.
Mañana acabará todo es una novela en la quiero destacar, sobre todas las cosas, la pulcritud de la ortografía, algo muy difícil de encontrar hoy en día en los libros, al menos en los que yo leo, pues se suele escapar alguna errata. Se trata de una novela que aborda la esperanza, la espera y las nuevas oportunidades en mitad de la guerra, la supervivencia y la deshumanización. Hay una crítica a las guerras, pero también a otras ramas de esta, como a las normas rígidas, estrictas y de doble moral que debían obedecer los cascos azules para no intervenir en determinados actos. Sin embargo, la historia en sí me ha dejado algo frío, quizás por la visión más analítica que poética de la autora.


