Mitternatch Capítulo 5: La magia del roble

Escrito por Rubén Fernández Sabariego

La rayos lunares se colaban entre el espesor del ramaje mustio, que se alzaba donde quiera que miraran. Un manto de árboles secos las separaban del exterior. Era una barrera natural que las separaba de la realidad. En ese terreno el tiempo no pasaba; los relojes que ambas portaban se detuvieron exactamente a la misma hora:

00:00

-Esto no me gusta Candela. Es como si sintiera un halo alrededor de mi que me acompaña con cada paso que doy. No había sentido nunca esta sensación.-

Pero Candela era incapaz de concentrarse en las palabras que su amiga y compañera le decía. Su mente era un ebullidero de emociones que corrían sin ton ni son por su cerebro. Pasaba de una enorme pena a una sensación de completa serenidad en tan solo instantes. Inmersa en sus propios pensamientos continuaba andando, sin pensar ni si quiera hacia donde se dirigían. Cual zombie sin comida.

Baby interpretó el silencio de su ex-instructora como una señal de tenerlo todo bajo control. De saber lo que hacía en cada momento. Así, ambas jóvenes anduvieron durante varias horas, hasta que la cazadora rubia tuvo apenas un momento de lucidez y reparó en algo.

-Esa flor.-Dijo señalándola.

Lena miró con interés. Era una flor blanca como la nieve, con una forma esférica en la que sus pétalos níveos se cerraban alrededor de ella.

-La hemos visto antes.-

Candela clavó vista en ella. Fijamente. Tan fijamente que su cerebro olvidó parpadear. Sabía que tenía algún significado. Esa flor era un sauquillo, también conocido como ‘Bola de Nieve’. Esa flor era, de alguna forma, la llave para escapar del Bosque de las Doce Lágrimas. Lugar donde los avariciosos conocieron la generosidad, los intrépidos la prudencia y los infames la pureza.

Ese bosque rebuscaba en lo más profundo de tu ser, encontraba tus defectos y los volvía contra ti. Ningún enemigo podía ser más dañino que tu propia mente.

-Hemos estado andando en círculos todo este tiempo-

Fue una sola milésima de segundo. Había encontrado la solución al paradigma. Sabía para que servía esa , que simbolizaba y por qué se les había ido presentando en el camino una y otra vez a lo largo de las horas en distintos lugares.

-El sauquillo represen..- Comenzó a explicar Candela.

Pero fue incapaz de continuar la frase. Cayó al suelo con los ojos vueltos. Blancos y puros como el color del sauquillo. Su cuerpo comenzó a tiritar de frío y en el dorso de su mano apareció el símbolo de un roble helado, congelado por las nieves.

-¡CANDELA!! ¡¡AYUDA!! – Gritaba Lena con todas sus fuerzas para que Borg acudiera ante la llamada y pudieran salvar a su mentora.

Sin embargo, el sonido se perdía entre las ramas. No eran más que ruido unos metros más allá de la garganta que lo vociferaba. El bosque se tragaba los alaridos de nerviosismo y temor de Lena con suma facilidad.

El miedo se apoderaba de Baby.

Conocía técnicas de primeros auxilios pero no sabía cual de ellas aplicar ante este caso; iba a comenzar la reanimación cuando de pronto algo la tiró al suelo, haciendo que perdiera de vista a su compañera.

Se levantó con celeridad. Sus ojos rasgados de gata siamesa recorrieron rápidamente la escena.

No estaban solos.

Quizás lo que le había atacado le había provocado ese tipo de enfermedad a Candela.

Necesitaba cogerlo vivo, fuera lo que fuese.

Estaba tan distraída en sus pensamientos y agarrando sus armas –dos Tonfas metálicas- que descuidó el hecho de que Candela ya no estaba tirada en el barro seco. Había desaparecido. Como si se la hubiera tragado la tierra. Agarró con más fuerza los dos palos metálicos que utilizaba para el combate cuerpo a cuerpo.

-¡¡Devolvédmela o arrasaré con este bosque!!- Gritó de nuevo, pero fue inútil.

Desde que entraron en el Bosque de las Doce Lágrimas, Lena pudo sentir algo más allá de lo carnal. No solo la observaban, poco a poco se iban metiendo en su mente. Los demonios que acechaban en la oscuridad del paraje no eran solo físicos.La prioridad era rescatar a su compañera y traerla sana y salva…

¿Pero a qué precio? ¿Debería abandonarla y salvarme?

Las dudas martilleaban su razón como las olas del mar a las rocas. Y ambas provocaban el mismo efecto. Hacían mella en la superficie de sus propósitos; lenta, pero constantemente.

No, eso jamás

Un rugido desgarrador llegó hasta sus oidos. Era una mezcla de dolor, ira y angustia. Le erizó la piel, pero no podía abandonarla ahí.

Llenando sus pulmones de valor se internó entre las afiladas puntas de las ramas, que rasgaban su abrigo pero que eran incapaces de alcanzar su piel. Tras recorrer un pequeño camino lleno de hongos lo vió.

No puede ser…

Fueron las únicas palabras que consiguieron salir de sus pequeños labios en un tono tan bajo que parecía haberlo dicho para ella misma.

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