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Et lux in tenebris lucet

por Mario Guerrero

«Referirse al Holocausto por medios de cifras (seis millones), como se hace con frecuencia, implica deshumanizar de modo involuntario a las víctimas y trivializar lo profundamente humano de dicha tragedia». Viktor Frankl (1905-1997) reflexiona acerca de su estancia en Auschwitz y saca algunas conclusiones como esta en El hombre en busca de sentido (Herder, 2015). El próximo 2 de septiembre se cumplen veintitrés años de su fallecimiento y toca revisitar su obra más importante.

Traducido por el Comité de traducción al español, este volumen comienza con un interesante prefacio de José Benigno Freire. Ahí se nos presenta a Frankl, fundador de la logoterapia, doctor en Medicina y Filosofía por la Universidad de Viena, doctor honoris causa por veintinueve universidades y que en 1942 fue llevado junto a su familia a un campo de concentración, donde aprovechó para desarrollar su teoría basada en el existencialismo.

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Cubierta de ‘El hombre en busca de sentido’ / Herder

En 1940, Frankl destacaba como psiquiatra en Viena, cuna de Freud. Atendía únicamente a judíos, lo que en aquel entonces ya suponía un gran acto de valentía. Durante la guerra, obtuvo el visado a Estados Unidos, pero se negó a abandonar a su familia, por lo que fueron deportados juntos a Auschwitz, donde se exploró a sí mismo y a sus compañeros hasta construir la teoría psicológica que refleja en este volumen, «uno de los diez libros de mayor influencia en Estados Unidos», según la Library of Congress de Washington.

La obra está dividida en dos partes: la primera, en la que habla de su experiencia en el campo y el desarrollo de su teoría psicológica, y la segunda, donde expone conceptos de logoterapia. Le costó rehacerse tras la liberación de los campos. Su madre y su esposa habían muerto y a esta última la habían obligado a abortar. Sentía mucho dolor por la experiencia, así que creyó que escribirla en un libro le ayudaría a canalizarlo. Así llegó hasta nosotros este volumen.

Se publicó originalmente en alemán en 1946, luego en inglés, sin demasiado éxito. Más tarde, se le cambió el título al actual y entonces triunfó y llegó a traducirse a treinta idiomas. Este no es un libro con «venganza» ni «sadomasoquismo», según Joan Baptista Torelló citado por el autor del prefacio. Tampoco es un libro testimonial, porque Frankl incluso pensó en publicarlo de forma anónima. Es, en definitiva, un libro de psicología que desentraña la psique y los procesos mentales de un prisionero de los campos.

Los campos de concentración nazis guardaban una brutalidad por todos conocida pero no suficientemente repetida: los kapos y su violencia indiscriminada —aunque sus insultos, dice Frankl, eran el elemento «más lacerante de los golpes»—, el frío, el hambre, las humillaciones, las condiciones insalubres, la alimentación infrahumana —en los primeros cuatro días tras su llegada solo comieron un pedazo de pan de unos ciento cincuenta gramos— y un largo etcétera de atrocidades varias mermaron la moral de muchos prisioneros, algunos de los cuales se lanzaban a la alambrada para morir. Otros, sin embargo, aguantaban esperando no enfermar y que no los derivaran a las cámaras de gas. Hay quien, incluso, sobrevivió.

En este libro, Frankl relata su experiencia en Auschwitz, pero lo complementa con el que es su verdadero objetivo: hablar del sentido de la vida para las personas que lo han perdido todo. Por eso a lo largo del volumen presenta las tres fases que atraviesa el prisionero común de los campos: la fase del internamiento —que conlleva shock—, la fase de adaptación y la fase posterior a la liberación. Para explicarlas utiliza su propia experiencia de manera subjetiva. En la segunda parte del libro habla de la apatía y de la muerte emocional que sufrían los prisioneros, que se inmunizaban de la realidad para seguir viviendo. Disecciona la mente humana en situaciones extremas como la que él mismo vivió allí.

En aquel campo se echaban de menos la soledad y la intimidad después de tantos meses durmiendo, comiendo y trabajando —conviviendo al fin y al cabo— con tantas personas en situación de hacinamiento. Además, cuenta Frankl, los prisioneros soñaban con «pan, pasteles, cigarrillos y un buen baño de agua caliente». Hay que imaginarse el gran golpe de realidad que experimentaban cuando despertaban y recordaban dónde estaban. Siguiendo con los sueños, Frankl contradice al psicoanálisis cuando este habla de que los deseos inhibidos se reflejan en los sueños, pues el autor asegura que, pese a estar privados de sexo, los prisioneros no tenían sueños sexuales. También desdice a Sartre cuando expone: «Según Sartre, el hombre se inventa a sí mismo, concibe su propia “esencia”, es decir, lo que debería ser o tendría que ser. Yo afirmo, sin embargo, que el hombre no inventa el sentido de su vida, sino que lo descubre».

En todo momento, Frankl mantiene la misma idea: pese al hambre, el frío, haberlo perdido todo, tenerse solo a sí mismo y estar a punto de morir, la vida hay que —y merece la pena— vivirla. Las descripciones recuerdan a la vivencia extremadamente cruel de Primo Levi en los mismos campos. Y, como ellos, tantos otros que han dejado por escrito sus experiencias, con la diferencia de que Frankl pretende no tanto narrar sus recuerdos como exponer sus ideas psicológicas extraídas de aquel suceso.

Cada uno de ellos era un número despojado de historias, nombre y sentimientos. Pese a la irritabilidad que sufrían por su situación, Frankl se pregunta si todas esas vidas y todo ese sufrimiento tiene algún sentido. Si el anhelo de sobrevivir es suficiente para resistir y si un sufrimiento razonado deja de ser sufrimiento. Por ello, aboga por tener objetivos y metas para cuando salgan de allí —porque esta era la única opción de alentarles a seguir—.

Lo que habla Frankl también son enseñanzas válidas para la vida misma en la que nos movemos. El sentido de la vida, en definitiva, consiste en saber responder y actuar ante las pruebas de la vida. En la segunda parte se centra más en esta parte: habla desde el pensamiento de la psiquiatría de la voluntad de sentido. La logoterapia, dice, es una psicoterapia que «se adentra en la dimensión espiritual» y absorbe temas como el sentido de la vida. Por eso, asegura: «Aun en las peores condiciones, nada en el mundo ayuda a sobrevivir como la conciencia de que la vida esconde un sentido».

Además, Frankl habla de otros asuntos como la automatización, de la que dice que ha aumentado el tiempo libre de los trabajadores y ha hecho que estos no sepan en qué ocupar su tiempo, lo que les produce vacío existencial. «El hastío genera hoy más problemas que la tensión y, desde luego, envía a más personas a la consulta del psiquiatra». El vacío existencial —que según dice es «la neurosis colectiva más frecuente en nuestro tiempo»— se produce porque el hombre ha perdido los instintos básicos y la tradición se está diluyendo, por lo que este no sabe cómo actuar: o bien hace lo mismo que otros —conformismo— o bien hace lo que otros quieren que haga —totalitarismo—.

La segunda parte, pese a tratar conceptos de psiquiatría, no es aburrida, ya que utiliza un lenguaje ameno y accesible, lo que ha permitido que este volumen llegue a tantas personas, se haya traducido tanto y haya atravesado décadas para seguir leyéndose. De hecho, resulta más alentador que cualquier libro de autoayuda.

Pese a tener más de setenta años, esta obra parece que no deja de tener vigencia y sus notas a pie de página complementan muy bien los contenidos que se encuentran en el texto. Los pensamientos en torno al ser humano que desarrolla y expone Frankl suponen una verdad que radica en cada persona. Pese a todo, et lux in tenebris lucet, y con eso nos anima a quedarnos Frankl, que nos deja algunas citas memorables como «No es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento» y «El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre». Sin embargo, es quizás un gran avance humano llegar a comprender que somos nosotros los mismos que nos ponemos palos en las ruedas, los que construimos el infierno y también los que vamos a él. Por eso termino con esta cita del libro:

«La historia nos brindó la oportunidad de conocer la naturaleza humana quizá como ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración».

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