Monstruos visibles | Nostromo Magazine
Inicio Crítica literaria Monstruos visibles

Monstruos visibles

por Mario Guerrero

El escritor estadounidense Chuck Palahniuk publicó en 1999 una novela llamada Monstruos invisibles protagonizada por una chica cuyos defectos físicos no pasaban precisamente desapercibidos. Sergio del Molino (Madrid, 1979) ha publicado La piel (Alfaguara, 2020), donde recoge un amplio catálogo de monstruos visibles y radiografía una afección cutánea, la psoriasis, a partir de personajes célebres que la padecieron, incluido el propio autor.

La piel que habita el protagonista de esta novela tiene escamas; rojeces que escuecen, pican y duelen y que reciben el nombre de psoriasis, «un defecto genético que consistía en que el cuerpo produce muchas más células de piel de las que puede soportar —de ahí que se amontonen en escamas y placas— […] Había más persona de la que la persona misma podía soportar».

La piel es nuestra carta de presentación ante cualquiera, lo primero que ven de nosotros antes de ahondar en otros menesteres. En la epidermis guardamos a nuestros familiares, a nuestros amigos e incluso a nuestras exparejas. La vida y lucha contra la psoriasis se hace patente cuando ni siquiera las termas para tomar las aguas son suficientes para soportar su presencia y su dolencia.

Portada de ‘La Piel’ / Alfaguara

Narrada en primera persona, la novela comienza con una mirada al pasado del protagonista, cuando tenía veintiún años y estudiaba periodismo en Madrid. Entre estas páginas se pasean personajes que intentan ocultar sus eccemas con mangas largas y zapatos cerrados y que luchan contra el picor, que desata su irritabilidad. Estas historias las cuenta el narrador protagonista para la posteridad, en concreto para su hijo, para cuando él ya no pueda hacerlo.

Así, al mismo tiempo que nos deleitamos con una prosa magnífica aprendemos algo de historia y aspectos desconocidos de personajes célebres, pues va alternando episodios protagonizados por el narrador con otros históricos.

Soy hermano de un niño con dermatitis atópica —no es psoriasis ni tan agresiva como esta, pero al fin y al cabo es una afección cutánea—. Quizás por ello he conseguido empatizar con un protagonista que se esconde detrás de complejos y de cortinajes gruesos para ocultar su aspecto de monstruo, para que su hijo no lo vea en esas condiciones. En El hombre que tiembla, de Andrea Pomella, el protagonista dice: «Mi monstruosidad física es la verdad, del mismo modo que es verdad la absoluta insensatez que es estar vivo». La verdad del protagonista de La piel también es su monstruosidad, y en ocultarla se le va la vida.

Las enfermedades de la piel, además, siempre han contado con un gran estigma porque solían asociarse a enfermedades venéreas. Muchos siglos atrás fueron los antiguos judíos de Qumrán los que rechazaban integrar a miembros con afecciones cutáneas de cualquier tipo en su grupúsculo por considerarlas una impureza.

Entre las celebridades que aparecen aquí aquejadas de psoriasis encontramos a Stalin, alguien a través del que puede demostrarse que la psoriasis es el mal y que, como ocurre en este caso, despierta maldad en quien la padece. «Para qué sirve ser todopoderoso y temido desde las llanuras de Europa hasta el mar de Japón y desde el polo norte hasta los desiertos de Persia si cada noche los huesos duelen y la piel escuece», dice el narrador sobre él, y no le falta razón.

El escritor John Updike también es uno de los afectados por este mal, así como Cyndi Lauper, la estrella de la música que llegó al éxito mundial gracias a su tema Girls Just Want to Have Fun. Pablo Escobar también padeció psoriasis, al igual que ese curioso escritor y cazador de mariposas llamado Vladimir Nabokov. En las cartas que enviaba a Vera, su mujer, mientras estaban lejos, habla de lo que le molesta la psoriasis. «Todo estaría de maravilla, de no ser por la maldita piel», dice Nabokov en una de las misivas.

La piel también es racismo. El narrador habla del método Von Luschan, según el cual hay treinta y seis tonos de color para la piel humana, ni uno más ni uno menos. Von Luschan, de hecho, era «todo lo antirracista que podía ser un antropólogo en Berlín en 1924». Por eso, quizás, no se le puede criticar demasiado esta clasificación: «Sus treinta y seis tonos cromáticos no pretendían subrayar las diferencias entre los seres humanos, sino demostrar sus semejanzas».

Por otra parte está el ‘Negro de Banyoles’, que no es otra cosa que una escultura de un hombre negro embalsamado que estuvo expuesta durante décadas en el museo Darder de Bañolas (Gerona). Poco se sabe de ella, aunque hay quien ha investigado bastante y ha sacado información a la luz.

En este libro, como en casi todos los del autor, no se sabe qué es verdad y qué no, ya que el autor suele fundirse con los protagonistas y añadir en sus novelas quién sabe qué vivencias reales. Lo importante es apreciar la prosa y que cada uno crea lo que quiera. Él mismo reconoce, por otro lado, que le ha salido un libro muy lúbrico, donde el sexo —si se habla de piel es imposible pasarlo por alto— tiene gran presencia. Además, como el propio narrador dice: «Sin besos, la piel se vuelve ágrafa».

Autor de obras célebres como La España vacía, Lugares fuera de sitio —con la que ganó el premio Espasa de ensayo 2018— o La hora violeta, entre otras, Sergio del Molino construye aquí un puzle que tiene como objetivo retratar la piel, así como sus taras, tal y como vemos en la piel escamada a causa de la pintura añeja que ilustra el diseño de la cubierta del libro.

En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong, no va de monstruos, pero el narrador también habla de ellos y dice: «[…] un monstruo no es algo tan terrible. Viene de la raíz latina monstrum, mensajero divino de la catástrofe, luego fue adaptado por el francés antiguo para referirse a un animal de una miríada de orígenes: centauro, grifo, sátiro. Ser un monstruo es ser una señal híbrida, un faro: a un tiempo refugio y advertencia». Como refugio y advertencia utiliza el protagonista de La piel su psoriasis, y por eso intenta alumbrar a su hijo y dejar escrito este texto para la posteridad: para que entienda que él, pese a su condición de monstruo, da luz y no oscuridad.

El escritor francés Michel Leiris decía que la meta del arte es explorar los demonios interiores. Del Molino hace aquí lo propio con el demonio exterior que infesta tantas pieles. Podríamos llegar a la conclusión, finalmente, de que del Molino no es un monstruo, sino, como decimos en Andalucía, un mostro.

Últimas Publicaciones