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Para vosotros, sufridores

por Rubén Pareja Ramírez

Los sufridores, según tengo entendido, eran una pareja que iba al mítico «Un, dos, tres…» y que, durante la fase de la subasta (la final), permanecía metida entre rejas «sufriendo» al ver cómo los concursantes dejaban escapar los mejores premios que había encima de la mesa en aquel momento, y que ellos sabían de qué se trataba.

Lejos ya de cosas del siglo pasado, anoche fue posible encontrar a sufridores en casa, servidor incluído. Tuve a varios contactos con los que pude hacer algo durante la Nochevieja, si bien no había nada fijo. Pero, entre que unos no tenían ganas; otros no tenían dinero, y que otros se iban a otro lugar a pasar la primera noche del año, uno tuvo que acabar también en casa. Bueno, eso, y cierto sueño que se empezaba a manifestar también…

Pasar la Nochevieja en casa con tu familia puede ser una muy buena opción. Puedes reírte un buen rato, puedes jugar a varios juegos con ellos, etcétera etcétera. Pero, si tu gente decide marcharse a poco más de la una de la madrugada, el panorama resulta algo complicado entonces. Tu hermano decide poner el punto final a la situación e irse a jugar al ordenador. La televisión está ahí, de fondo. Pero esta ni pincha ni corta, como voy a criticar a continuación en las siguientes líneas. Mi primer artículo del año para Nostromo Magazine es, en cierto modo, una denuncia respecto a este cachondeo que hay que aguantar en casa cada año, si bien ahora estoy disfrutando de lo lindo con «El Danubio azul», pieza que están interpretando en el tradicional Concierto de Año Nuevo.

Por lo general, del mogollón de canales que tenemos en la TDT de España, ninguno sirve para disfrutar en Nochevieja. De hecho, no sirve ni para tomar las uvas, ya que yo, por ejemplo, me las tomo por la radio, que le gana en dos segundos de ventaja a la tele por eso de la señal analógica contra la digital.

¿Sabías que en España hay gente que no puede pasar la Nochevieja fuera, lejos del estereotipo ideal? Sí, hay varios millones. Hay personas que viven en pueblos muy remotos, sin la vida que existe en el centro de las ciudades; personas que tienen que cuidar a niños o a ancianos; gente que se pone enferma (como yo el año pasado, sin ir más lejos…), o solteros. Puede ser gente joven, como yo, que también tenemos derecho a pasar una noche entretenida, aunque sea en el salón, aunque por otro lado, los ancianos también tienen derecho a pasar una Nochevieja como Dios manda.

Porque las cadenas de televisión emiten en el llamado espectro radioeléctrico, un espacio de dominio público, en el que deberían tener la obligación de emitir contenidos de calidad para los ciudadanos. Preparar una gala entretenida una vez al año debería considerarse, como dicen los humoristas en el sketch de embutidos, «un bien de primera necesidad». Al igual que cuando ocurre una noticia de última hora, se trata de satisfacer las necesidades informativas de los ciudadanos, en Nochevieja hay que satisfacer también este tipo de necesidades.

La periodista de El País Natalia Marcos ya criticó la semana pasada el hastío de la programación navideña en el artículo «La Nochebuena televisiva y la oportunidad perdida de TVE». Y, en Nochevieja, esto se repite, cómo no, pero a peor. La primera noche del año, las cadenas deberían esforzarse por competir en busca del mejor producto que, como he dicho antes, pueda hacer amenas esas primeras horas a aquella gente que se tiene que quedar en casa. Que no son pocos, evidentemente. Lejos de eso, ante el negocio en el que se ha convertido la televisión, prefieren no invertir ni un duro en estas cosas, si bien emitir refritos de refritos de los refritos.

Aquí los protagonistas son José Mota, con su especial de cada año, y Cristina Pedroche, que acabó quitándose el envoltorio para mostrar su florido traje de hada, que fue objeto -cómo no- de comentarios machistas en algunos periódicos.

Lo mejor, tras las uvas, fue el ya tradicional especial de «Cachitos», en el que uno de los elementos estrella son los rótulos que colocan en cada actuación, en forma de chistes sobre el cantante o banda y sobre la canción (o sobre sus vestimentas). La más sonada fue cuando emitieron un «cachito» de Bertín Osborne cantando, en el que pusieron «La Vox»…

Pero este especial solo duraba hasta las tres y pico de la madrugada. Es vergonzoso el panorama en las demás cadenas. La 1, al ser la tele pública, emitía una gala que consistía en una sucesión de actuaciones sin más. En realidad seguía siendo penosa, aunque podía considerarse lo segundo mejor de la noche. En Antena 3 no paran cada año de sorprendernos con lo mismo. Unos «karaokes» que no hay ganas de seguir ni cobrando al mejor postor.

En Telecinco, tras su ruptura con José Luis Moreno, ya son cosa del pasado las galas de casi cinco horas (que tampoco es que valiesen mucho). A las tres y pico de la mañana te encontrabas un especial del rodaje de Superlópez. Y, en Cuatro, una sucesión de programas de First Dates. En La Sexta, en cambio, se dedicaron a emitir el póker.

Es increíble la muestra de egoísmo que existe entre los dirigentes de estos canales, que solo piensan en mantener sus bolsillos llenos y que, mientras ellos probablemente pasen una noche de lujo, muchos del resto tenemos que acabar amargados en casa si no nos sale ningún plan. También es evidente la falta de imaginación para emitir cosas que pueden resultar fantásticas, claro está.

La telebasura se ha instaurado, evidentemente, en nuestra sociedad. Una ratilla friki como yo, que indaga de vez en cuando en las hemerotecas de los periódicos, encuentra cosas de hace 30 años que hoy son impensables. ¿Te puedes creer que, en la Nochevieja de 1991, las cadenas ponían especiales de concursos por la noche y todo? Aquellos de la época, que sí «La Ruleta de la Fortuna» o «El Juego de la Oca». Se hacía, al igual que ahora se podría hacer también, o incluso poner en directo una especie de lotería para que los espectadores la siguieran desde sus casas.

El rollo de las galas repetidas y grabadas llegó a España en 1987 con «Súper 88». Por su nombre, ni el Tato sabe de qué se está hablando, pero si te digo que es la gala de la teta de Sabrina, la cosa despierta cierto interés. Pues bien, al parecer, aquel espectáculo de más de seis horas fue un escándalo, porque supuso un coste de varios millones de pesetas.

Creo que no hace falta gastar un potosí en una gala que tiene lugar una vez al año, al igual que, por su periodicidad, invertir cierta cantidad de dinero tampoco supondría la ruina a ninguna cadena. El hastío que se produce en el mando a distancia provoca una sensación de cierrabares, ya que es evidente que los canales te están mandando a la cama. Un dúo de titanes que dominan el mercado televisivo español cada año deberían invertir una parte en hacer lo mejor para tan solo seis horas. Es paradójico que, siendo prácticamente la única noche del año en la que la gente puede estar toda la madrugada ante la televisión, irse a la cama sea más divertido que estar en el salón.

A las cuatro de la madrugada, con First Dates como única opción, con mi padre ya durmiendo hace rato y con mi madre solamente en el salón, agito la bandera blanca y acabo rindiéndome tras varias horas de batalla: «Me voy a la cama».

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