La leyenda de los ciclistas (Automática, 2025, con traducción al castellano de Juan Cristóbal Díaz) no es una novela al uso, sino una obra experimental, y, por tanto, no es para todos los lectores. En sus páginas, Svetislav Basara (Serbia, 1953) narra con provocación y humor la historia de una sociedad secreta: la Orden de los Hermanitos Ciclistas Evangélicos de la Rosacruz, a partir de un compendio de textos testimoniales, ilustraciones, diarios y cartas, siempre bajo el paraguas de la ficción. Así, los textos que componen la obra nos llevarán hacia adelante y hacia atrás en el tiempo para ver el origen y la actualidad de esa sociedad cuyos miembros se comunican en sueños, sin barrera de tiempo, y algunos de ellos son personajes históricos tales como Sigmund Freud o Stalin.

En la introducción de esta edición, escrita veinte años después de publicarse la novela, el autor reconoce que se trata de una historia sobre errores humanos, la frustración, la derrota o el intento del Homo sapiens ante la comprensión del mundo, además del debate de la vida eterna o la posibilidad de la vida sin creencias, especialmente en Dios. En estas páginas, el contexto político, social y cultural del autor influye, pues la Yugoslavia de los ochenta y el comunismo tienen una fuerte presencia en los hechos que se narran. A partir de esos años ochenta, parece surgir un mundo nuevo del que todos somos herederos. Un mundo que dejó de adorar santos para adorar a héroes del pueblo y donde se desarrollaron el esoterismo, la paranoia, la vanidad y la geopolítica.
Esta obra es críptica y casi bíblica y comienza con la confesión de un narrador, que asegura haberse introducido en una biblioteca serbia de provincias y haber encontrado dos volúmenes interesantes que darán pie a los textos que se expondrán a continuación. Estos hablarán de personajes como el capitán Queensdale o el rey Carlos el Feo, un monarca que creó su propio imperio y que tiene una forma de reinar particular y simbólica. El manuscrito de Carlos data, aproximadamente, del año 1487, puesto que se dice que América no se ha descubierto y que Martín Lutero tiene cuatro años (y nació en 1483). Él asegura, en primera persona, que se convirtió en rey para elevarse de la mediocridad, pero que nunca dejó de ser mediocre, porque esa es la condición humana. Esta mediocridad humana inevitable es inherente a la caída del mundo, como se plasmará en estas páginas.
El objetivo de Carlos el Feo es hacer desaparecer la historia, destruirla. Y por tanto parece que todo lo que ocurrió en la historia con determinados personajes fue por capricho de este rey, que los creó. Carlos el Feo critica al papa, «ese vendedor de bulos», lo que no deja de resultar curioso por el juego de palabras entre «bulo» y «bula» (papal). Sea como fuere, se trata de un personaje en entredicho, pues podría tratarse en realidad de un producto de la propia sociedad secreta. Cuando Carlos el Feo escribe su manuscrito correspondiente, añadido en las primeras páginas, todavía no se ha descubierto América. Él dice que la gente no cree en América porque América no es factual, no es un hecho aún. Por la misma razón, vaticina que llegará un momento en el que la gente no crea en Dios porque no es un hecho factual, y, sin embargo, Carlos el Feo defiende que Dios es ese octavo continente que no se ha descubierto, pero que está ahí. Nadie puede huir de Dios, sentencia, porque Dios siempre está en el interior.
El nacimiento de esta sociedad secreta se remonta a la misma época en que nació el catolicismo. Luego, se escindió de la Iglesia por discrepancias en cuanto a cómo entender la religión. En 1347, un individuo creó un aparato que podría considerarse una bicicleta primitiva y arcaica, prototipo de la que se usa hoy. Esa bicicleta simbolizó la salida de los hombres de sus casas, la posibilidad de volar sobre ruedas y contemplar el cielo. Estas bicicletas acercaban tanto a las personas a Dios que los inquisidores lo condenaron por crearla y sus adeptos empezaron a actuar en secreto. Ante la persecución, los seguidores de esta sociedad secreta se exiliaron a una isla al norte de Islandia en el siglo XIV, donde permanecieron ocultos hasta que el capitán Queensdale, único superviviente del naufragio de su barco, arribó allí por error, los encontró y escribió su historia, ya en el siglo XIX.
Esta sociedad secreta sabe lo que va a ocurrir y lo que ya ha ocurrido, pues el tiempo es, como se dice, una simple secuencia de hechos: «La construcción de la torre de Babel se ha producido hace un momento y el día del juicio final llegará dentro de otro momento. Lo que fluye entre lo uno y lo otro no es tiempo. Solo fluyen los hechos», se dice. Por tanto, defienden la ruptura del tiempo lineal y que la vida no es un acontecimiento, sino un acontecer, para más tarde añadir que la vida no es un hecho y que la vida no acontece por eso mismo. La Orden no rechaza el pecado; de hecho, lo comete, y también el mal, pero quienes los ejecutan son envidiados, pues se considera que las personas que pecan pueden arrepentirse y progresar espiritualmente más que aquellas que no lo hacen. Asimismo, si no existen el pecado ni el mal, se pierde de vista a Dios; uno debe convivir con el otro para que ambos existan.
Uno de los personajes compara la vida con el hecho de montar en bicicleta cuando dice que ambas acciones consisten en avanzar de forma automática, pensar en el destino, disfrutar del entorno y de repente, de forma inesperada, estamparse la cara contra el pavimento. Además, una bicicleta observada desde arriba se asemeja a una cruz donde el manillar hace de travesaño. Esta sociedad secreta es iconoclasta y como tal critica que uno empieza poniendo la imagen de Dios para terminar poniendo la del rey y luego la de Stalin. Sea como fuere, rechazan el mundo actual, afectado por la tecnología, encorsetado por el sistema y las instituciones y liderado por esos tecnólogos que son, al mismo tiempo, marionetas, todo ello en un ambiente desacralizado y exento de creencias tradicionales que favorece que florezcan otras más dañinas.
Una de las principales preocupaciones de los miembros de esta Orden es el tiempo. De hecho, algunos de ellos se dedican a destrozar relojes y piensan que el tiempo es subjetivo; que los relojes pueden ser exactos, pero el tiempo no, y que ahora mismo nadie carece de reloj, pero nadie tiene tiempo. Por otro lado, afirman, «en este mundo no existe la posibilidad, así como ningún derecho, de que alguien sea feliz, algo que todos tienen ciertamente claro, aunque nadie lo admita». Sobre todo si se tiene en cuenta, según ellos, que la estupidez y la soledad humanas son eternas. Quizá no haya mayor vergüenza para un miembro de esta Orden que no saber montar en bicicleta, como le ocurre a uno de los personajes y al que escribe estas líneas. Para tranquilidad de ambos, se dice que lo importante no es saber montar en bicicleta, sino el simbolismo del acto en sí, pues quien monta en ella, visto desde arriba, parece crucificarse a sí mismo.
Uno de los miembros más relevantes de esta sociedad reconoce que nadie sabe el propósito de ella, ni siquiera sabe si lo que hacen es bueno o malo, quizá porque no pasan de ser una hipótesis y nunca se han constituido como nada más. Desarrollan su actividad en un mundo que no se diferencia apenas de una novela, pues en la vida todo es un relato, dice un personaje, y otro añade que el mundo se terminará convirtiendo en un gran manicomio en el que los locos no sabrían que lo están porque todo parecería normal. Poco se parece el mundo actual a Dharamsala, la ciudad india que parece el epicentro y el punto de origen de esta sociedad secreta, tan enfocada en sus planes que llegó a planear el asesinato del archiduque Francisco Fernando para impedir el avance del Imperio romano de Occidente.
La leyenda de los ciclistas es una historia de historias, un puzle, un mosaico de hechos entrelazados con el nexo común de la sociedad secreta donde hay religión, teología, iconoclasia, psicoanálisis, astrología y falsas hagiografías. Basara construye todo un entramado de manuscritos, instituciones, normas, historias y acontecimientos en torno a una sociedad secreta, como si hubiera ocurrido realmente, y por ello lo dota de una verosimilitud impresionante. En mi opinión, la obra tiene altibajos, pues el comienzo es atractivo, pero hay partes, como cuando habla de una revista y un periódico, algo más técnicas, absurdas y sin sentido que pueden aletargar al lector y hacerle perder el hilo principal de la trama. Esa parte, sin duda, es un punto de inflexión donde el lector deberá resistir para proseguir enriqueciéndose de la historia. Yo definiría esta obra, apoyándome en una frase que se dice en ella, aunque con otro objetivo, como un «metarrevoltijo de ideologías diversas».
Tú no eliges la sociedad secreta, sino que esta te elige a ti. Esta en concreto, sus personajes y sus escritos son una excusa para construir una disertación ácida y sin tapujos sobre la sociedad, las creencias, las ideologías extremas como el fascismo o el comunismo y las filosofías como el nihilismo o el hegelianismo. También se habla sobre la elección de la creencia en el más allá, la pequeñez del mundo, la creencia en ídolos muertos, la muerte, la finitud, la libertad, la fe interesada, el autoengaño del ser humano, la aspiración del hombre de convertirse en Dios o el bien y el mal. Además, cabe destacar la influencia eslava del autor en los temas que trata, desde la Iglesia católica o la ortodoxa hasta las corrientes como el comunismo o líderes como Stalin, puesto que la antigua Yugoslavia parecía situarse entre dos mundos, el occidental y el oriental, y el desarraigo y la no pertenencia a ninguno de ellos y a ambos a la vez hizo mella. La obra contiene asimismo una crítica afilada hacia el poder y la política, en concreto hacia aquellos que dicen preocuparse por las necesidades del pueblo, pero en realidad quieren sustituir a quienes ostentan la autoridad para imitarlos.
La leyenda de los ciclistas es un tratado filosófico religioso que mezcla realidad e irrealidad con parodia. O, más bien, «una especie de cámara de gas para la narrativa contemporánea» o «un antilibro». En definitiva, «es, de hecho, la historia de un momento que jamás ha existido. Por eso supera en todos los aspectos a la historia, ante cuyo sepulcro se desternilla a mandíbula batiente». La ilustración de la cubierta parece una montaña rusa que vaticina las subidas y bajadas de esta historia vertiginosa. Sin embargo, se trata de la torre de Babel, que permanece erecta en la historia. En estas páginas se afirma que ya nadie cree en la historia, pues esta no existe, lo real es la imaginación; pero cuidado: la historia es una rueda que, al girar hacia adelante, en realidad gira hacia atrás.


