El paracaidista (Las Afueras, 2025) es una novela ubicada en un pueblo español al inicio de la posguerra y está dividida en capítulos breves. En ella, Ana Campoy (Madrid, 1979), más conocida por sus libros de literatura infantil, traducidos y premiados, hace de la guerra un personaje más que abraza a todas las mujeres españolas que sobreviven como pueden y quedan relegadas, subyugadas y vulnerables. Son madres, esposas e hijas que reclaman, reivindican, lloran y padecen. Nada es suyo, nada les pertenece, hasta que la caída de un paracaidista misterioso y herido altera la vida del pueblo, desentierra viejas rencillas y desata la tormenta perfecta. Su aparición abre una grieta vertical en el cielo del pueblo y otra en el pasado de todas esas mujeres mientras se tratan temas como la memoria, la violencia, la magia, la fábula y la herencia de los silencios y dolores que pasan de generación en generación.
La novela comienza con la Tuerta y su hijo, el Chico, trabajando los animales de la granja de madrugada. El silencio se hace tan pesado como el calor, y no precisamente porque sea noche cerrada, sino porque se arrastra desde hace muchos años. Hay pocas palabras, más narración y silencios, y los tiempos están bien marcados para cada movimiento. Entonces, ven caer al paracaidista, acuden a su auxilio y lo acogen en su casa, donde, además de ellos dos, viven el padre de la familia y la hija pequeña, que es muda, como si cada personaje, como si cada mujer, concretamente, tuviera una tara por la desgracia de nacer mujer en la España de entonces. La Tuerta nunca habla si no se lo piden, como el resto de las mujeres del pueblo, que padecen un silencio impuesto y un miedo aprendido ante un futuro desesperanzador. El Chico, por su parte, añora su nombre, ese que ya ha olvidado, y se refugia en la ladera de una montaña, a la sombra de una roca con forma de perro. Ha ido pocos días al colegio porque su crecimiento físico lo empujó pronto a las tareas del campo y los animales con su padre.

La vida en el pueblo es sórdida, dura y pesada como el sol de verano. La gente allí se suicida con frecuencia, como hizo el hermano del Bardo, un conocido de la Tuerta; como hizo la madre de la Tuerta, o como intentó la propia Tuerta, aunque el Chico se lo impidió. Allí, en ese mundo oscuro y lleno de muertos, en las noches sin luna, la Tuerta sueña con caracoles negros que inundan sus pesadillas. Ella siempre ha tratado con caracoles, pues su padre era tintorero y trabajaba con ellos para extraerles el color púrpura, para pintar entre otras cosas la bandera de la República. Ahora, ella vive para ver la vida pasar, con la vista maltrecha y el silencio obligado. La niña muda, por su parte, ve al paracaidista como un espantapájaros y guarda sus tesoros inocentes debajo de su cama, donde encuentra en ocasiones regalos que aparecen por arte de magia. «Si la niña muda despegara la boca, llegaría el desastre», se dice, aunque viven entre esas paredes «sin una palabra. Que era el lenguaje de esa casa».
La Tuerta se alegra de la aparición del paracaidista pese a la carga que pueda suponerle. La niña muda lo observa y ve también el silencio del herido, aunque interpretan su aparición como un regalo caído del cielo, como esos que ella esconde debajo de la cama. La niña muda no recupera el habla que perdió un año atrás, pero al menos ahora sí se la escucha reír. El paracaidista, por su parte, tiene amnesia y tampoco habla, aunque la vida le presenta una segunda oportunidad, pero quién sabe si eso es una suerte o una desgracia. Mientras caía desde el cielo, pensó que allá abajo habría algo de esperanza, pero luego se dio cuenta de que solo había ruinas. Su caída en el pueblo se extiende por las lenguas, pero nadie allí le reclama, ni llama la atención, ni levanta sospechas. De hecho, queda en un segundo plano a lo largo de la novela para poner el foco en personajes como la Tuerta o la Barda.
La niña muda no habla, pero ve en el resto aquello que ni el Santo Nuevo, que es el curandero del pueblo, puede ver. Nadie allí se atreve a hablar, y ella menos que nadie, pero sí advierte lo que quieren decir y lo que les rebasa las tripas. También detecta el olor a muerte que deja quien va a morir, aunque ¿de qué le sirve todo eso, oír, sentir y padecer, si no puede expresarlo y aun así no le creerían? La niña es una Casandra de posguerra, pero su hermano, el Chico, no se queda atrás. Un día, ve llegar al pueblo un baúl en un tren y quiere averiguar pronto qué es. Así, la Tuerta y su familia se enteran de que los Cascas, la familia más pudiente del pueblo, ha desenterrado un asunto que parecía dormido. Las costras del pasado se levantan y las familias, sin trato entre ellas por miedo a los terratenientes, empiezan a unirse. Entonces, la muerte de un miembro de los Cascas lo desata todo.
En casa de los Cascas, además de la familia, viven las criadas, entre los que se encuentran la Alcuza, la vieja sirvienta, y la Molienda, sobrina de la Barda. La Alcuza tiene un papel sumiso, aunque ha callado durante años y guarda sus sentimientos en su interior. Es gibosa, quizás porque carga con ese peso a su espalda. «Con fregar y callar hay bastante. Y rezar, para pedir por que un día todo acabe», se dice. Por su parte, la Molienda siempre está alerta porque piensa que algún día todo cambiará y «sabe que en ese pueblo es importante a quién creer. A quién rendir favores y a quién mirar de bien lejos». Las criadas forman un coro lorquiano donde la Alcuza nos conecta con los señores de la casa por su experiencia y veteranía allí y la Molienda con el mundo exterior por ser la sobrina de la Barda. «Una res no debe correr por muy bien cercada que esté. Pues luego peligra todo el rebaño», se dice. La señora de los Cascas siente rencor hacia la Tuerta por rencillas del pasado que se desvelan más adelante, y su hermano no se queda atrás, pues se dice: «El señorito, que cuando trataba por los campos aplastaba la primavera y cuando lo hacía por la piedra la convertía en arena». Su poder e influencia son tales que traspasan lo sobrenatural y se imponen incluso a los ruegos del Santo Nuevo.
El padre de la Tuerta fue asesinado durante la guerra y a su madre la mortificaron tanto que se quitó la vida porque no pudo aguantarlo. Al final, la Tuerta «acabó teniendo ella sola el mundo de negro. Hasta que no hubo más trapos que manchar porque cada familia tenía ya su cadáver». El mal se extiende por doquier y lo pudre todo, la tierra, el ladrillo de las casas, el crujir de las camas donde nadie puede reposar, y esa «sombra» empuja a los habitantes al suicidio como una maldición. «Es que en ese pueblo no hay maldiciones y lo único que hay son bestias, pero de las verdaderas. Porque la gente elige sus mentiras y a sí mismos se las cuentan». Se trata de «mentiras que se pudrirían unas sobre otras hasta apestar los cimientos de la casa». Sin embargo, los suicidas con dinero están enterrados en el cementerio y los pobres fuera, pues incluso en la muerte hay distinciones. Las amenazas y los chantajes utilizados por los poderosos los sufren siempre las mujeres. Por eso el hermano pequeño de los Cascas se sabe arriba de la escalera de las clases sociales y con el pretexto de dejar atrás la guerra y los odios pretende apoderarse de lo poco que todavía no es suyo.
Otra amenaza o miedo que tiene la Tuerta es que la muerte sea una herencia y, al igual que su madre se suicidó y ella lo intentó, le puede pasar al Chico. «La Tuerta también habría deseado un paracaídas que le aliviara la caída, una tela que le mitigara al descenso y le dejara tiempo para pensar», se dice. Ella, con el ojo que le falta, no solo perdió el honor, sino también parte de su sustento, y ahora se dice que es una araña vestida de luto que no teje ningún hilo: «Cómo borrarle el sendero a quien ya lo tiene lleno de piedras». Hasta que un día, tras un acontecimiento, decide blanquear las paredes de su casa y eliminar la negrura, la pena. Esto ocurre el mismo día que aparece un botón blanco que un día fue sustituido por uno negro en la bata de su padre. Todo parece aclararse y tomar un nuevo rumbo para ella.
La Barda es un personaje secundario, aunque resultará fundamental para que se desate la tragedia. Ella siempre ha reclamado que uno de sus hijos fue asesinado por uno de los Cascas y quiere venganza. Además, su hermana fue maqui, la atraparon y la asesinaron. Ella ya no tiene nada que perder, no tiene miedo a las represalias, y se desahoga. Sabe que los recuerdos no le hacen bien y el pasado no le consuela, pero necesita sacar su tormento de dentro porque también sabe que la memoria es una bomba que estalla. Como ella, otras mujeres del pueblo se ven desprestigiadas y vilipendiadas. Incluso la hermana mediana de los Cascas se ve perjudicada con respecto a sus hermanos varones, y lo hace pagar también con las mujeres que están a su cargo o que tienen una posición social inferior a la suya. Al final, toda una línea de mujeres se ve perjudicada por el patriarcado. Pese a que las mujeres mayores pueden protagonizar muchas historias de la posguerra, aquí encontramos a mujeres jóvenes, envejecidas, eso sí, por las circunstancias y el maltrato social.
En estas páginas, Campoy usa apodos que trasladan al lector al ambiente rural y a esos personajes femeninos enlutados. La autora emplea una narración lenta con una mirada analista y mucho lirismo, por ejemplo, cuando se dice que la Tuerta lleva el daño goteando y suelta un reguero de estrellas negras. Cada capítulo se centra en unos personajes concretos, y no pierden razón aquellos que comparan a la autora con Federico García Lorca, pues creo que, salvando las distancias, si el poeta granadino hubiera escrito prosa sobre la guerra civil española, habría tenido un tempo muy parecido al de esta novela. Esa tierra de olivares negros, convertida en infierno, es muy lorquiana, y el pueblo, construido a partir de paredes llenas de rencillas, envidias y asesinatos, son muros que se estrechan tanto por la pena y el dolor acumulados que «en ese callejón no hay esquina por la que caminen dos a un tiempo», como se dice.
El paracaidista es una historia cuyos personajes rememoran la vida para rescatarse a sí mismos. La culpa, el arrepentimiento y los chivatazos se unen al tema de la muerte, que sobrevuela la historia en todo momento y que supone un saco de odio que cae sobre sus cabezas y los aplasta. Esos personajes, de tanto odio y tanto dolor, ven menos que la Tuerta y actúan en consecuencia, enceguecidos de ira. Esta novela se aleja de crear una historia de cimientos fijos y verosímiles y apuesta por la magia de abrir la piel, hacer una hendidura profunda y explorar qué se esconde debajo del padecimiento humano. Tengo sentimientos encontrados porque entre tanto silencio se quedan los cabos sueltos, las heridas abiertas y las preguntas sin respuesta. Creo que las expectativas creadas han perjudicado mi opinión final de ella, pero sin duda se trata de una historia original, misteriosa y cruda.


