Un amor cualquiera - Crítica literaria - Nostromo Magazine
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Cicatrizan todos los charcos

por Mario Guerrero

Ya saben eso de que «todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera» de Anna Karenina. Las familias son complejos engranajes entre los que se mueven tradiciones y un lenguaje que los miembros establecen en petit comité. Coordinan unos gestos que solo ellos entienden, y todos, absolutamente todos, son herederos de una historia familiar, a veces con claroscuros, que van quemando con el paso del tiempo.

Jane Smiley (Los Ángeles, 1949) retrata a una familia pintoresca, los Kinsella, en Un amor cualquiera (Sexto Piso, 2020, con traducción de Francisco González López). Smiley ha ganado premios como el Pulitzer de narrativa, el National Book Critics Circle Award y pertenece a la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras.

Portada ‘Un amor cualquiera’ / Sexto Piso

La familia de esta historia, formada por la pareja y cinco hijos, ve roto su engranaje sencillo y rutinario cuando, un día, la madre —Rachel— le confiesa al padre —Pat— que está enamorada del vecino. Él la abandona, vende la casa y se marcha al extranjero, llevándose consigo a los hijos de la pareja, lo que la deja desolada.

Veinte años después, los caminos de sus respectivas vidas han cambiado y los hijos mantienen cierta relación con su madre. Tres de ellos coinciden en casa de su progenitora y así comienzan unos días de asueto en los que comparten actividades y también secretos y confidencias. Las emociones de aquella separación forzosa e improvisada y el devenir de sus vidas salen a la luz en una reunión que aparentaba ser anodina.

Narrada en primera persona por Rachel, esta historia nos presenta desde el primer momento a los tres vástagos con los que esta se reúne: Ellen, que es la hija mayor, y Joe y Michael, dos gemelos, el último de ellos recién llegado de India. Rachel, contable de cincuenta y dos años, tiene una rutina cómoda y tranquila. Sin embargo, las visiones del pasado la ponen en tensión. Cuando sus hijos eran pequeños, no quería que le preguntaran el porqué de la separación. Ahora que son mayores, sin embargo, desea contarles la verdad de su pasado.

El desapego entre hermanos se palpa específicamente por parte de los gemelos. Mientras los hijos se mueven por la casa familiar, la madre divaga en el pasado y surge alguna rencilla sin importancia. Ella contempla el crecimiento de estos, que ya no volverán a ser pequeños nunca más.

El lector ve en todo momento la realidad desde los ojos de Rachel, que la moldea. La narradora hace un ejercicio de sinceridad y confiesa su culpa en aquel acontecimiento pasado que la separó de sus hijos, al mismo tiempo que se esfuerza por mantener una convivencia próspera.

La narración ágil concentra la tensión hacia el final, cuando se acumulan las confesiones de las experiencias familiares. Finalmente, esas desavenencias se disipan. Cicatrizan todos los charcos, como diría Ramón Gómez de la Serna en una greguería. Apagar las grietas, como decía a su vez Beeklam —personaje de Las estatuas de agua, de Fleur Jaeggy—, se convierte en el objetivo de la madre, que se equipa el traje de bombero y apaga los fuegos que generan las llamas del pasado.

Rachel, reconoce, presta demasiada atención a sus sentimientos. Se maldice por haber dejado que sus hijos experimentaran una vida de convivencia familiar próspera y pacífica y también que vieran cómo esta se desmoronaba: dos vertientes de un mismo río que fluye y que puede llevarnos por delante cuando somos niños. «Hay cosas que podemos hacer sin problema en nuestra familia —comer tranquilamente, prestar dinero, contar secretos—, pero cuando nos juntamos, los ecos del pasado nos desbordan».

El ritmo narrativo de la novela no es muy rápido ni siquiera en las páginas finales. Smiley no fuerza la tensión y construye una historia que no destaca por su misterio pero que tampoco alberga grietas ni incoherencias. Entre los temas que destacan en la novela están el de la familia, los recuerdos y el paso del tiempo. Además, el tema de la política sale a relucir debido a la realidad que Michael ha visto en India y que se dedica a denunciar, así como el de la maternidad.

Autora de Heredarás la tierra, Smiley dibuja en Un amor cualquiera el retrato de una familia con un pasado abrumador que marca su presente. Pasajes de vida que ahora se perciben áridos. El silencio impuesto y la verdad impostada de muchas familias se rompe aquí como vía para sanar heridas: fracturas que a veces nos causamos nosotros mismos y que luego cuesta cicatrizar.

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