Nuestra piel muerta - Crítica literaria - Nostromo Magazine
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Como un espejo esta tierra

por Mario Guerrero

La relación entre nuestros muertos y los insectos siempre ha sido estrecha. Cuando los cuerpos se descomponen bajo tierra, estos acuden en su búsqueda para alimentarse o reproducirse. Se aprovechan de la podredumbre para crear vida. Nuestra piel muerta (La Navaja Suiza, 2020) recrea este empobrecimiento cutáneo del ser humano en favor de los insectos.

La primera novela de Natalia García Freire (Ecuador, 1991) está protagonizada por Lucas, un joven que vuelve a la que fue su casa. Narrada en primera persona, la historia habla sobre el regreso, el derrumbe del pasado y la oscuridad, que conducen al mundo de los insectos. La intimidad familiar y el pasado de Lucas se abren ante el lector: una madre a la que se llevaron lejos en contra de su voluntad y un padre muerto y culpable de tantas cosas. La locura, la enfermedad y la muerte aderezan una novela amarga.

En Nuestra piel muerta tiene lugar el encuentro de dos polos opuestos que, pese a lo que establecen las leyes de la física, no se atraen, sino que se repelen. Se trata de Lucas y de su padre. El aire irrespirable que aquel consumió durante su infancia por culpa de este se hace palpable en la historia que nos cuenta de su pasado y de su infancia.

Portada ‘Nuestra piel muerta’ / Natalia García Freire

Sus recuerdos son como el papel de pared que se muda como la piel muerta. Un padre fenecido y una madre declarada loca por lenguas viperinas y ajenas completan su marco familiar. Solo quedan los insectos, que cruzan silenciosos el jardín. Lucas se dirige a su padre durante la narración y subraya su nombre con ahínco para enfatizar la culpa que le achaca.

«El que regresa no tiene nombre, ni sabe lo que busca». Lucas, sin embargo, vuelve y contempla la extinción de la vegetación, de los objetos y de los recuerdos en la que un día fue su casa. Habla de la pérdida del pasado mientras escucha el incesante bramido de las vacas, que parecen anunciar peligro. Observa las grietas de su casa y las suyas propias mientras se llenan de insectos.

La búsqueda del padre compone el horror de la memoria. La aparición de dos extraños en su casa desterró a su madre del lugar que debía ocupar y concedió a su padre todo el poder sobre él, que sufrió en sus propias carnes la decadencia de las cuatro paredes donde vivía. La traición y el abandono producen impotencia en un protagonista que se ve incapaz de reaccionar ante el hoyo que su déspota padre ha cavado para enterrar a su propia familia.

El niño que canta como las cigarras es también hijo de nadie ante los ojos de su padre. La mirada infantil de Lucas ahora está agotada por el resentimiento y el cansancio. La lucha y la demostración de que otros ocupan la casa de su infancia lo han derrotado. Por eso emprende una lucha de reproches contra su padre, ahora muerto e indefenso.

Consigue que una araña se convierta en su mascota. A partir de ella, Lucas toma conciencia de su propia metamorfosis que, como en algunos insectos, se produce con lentitud. La pupa lo encierra durante mucho tiempo y esa araña, erigida como silueta de aspecto gelatinoso, termina representando lo más parecido a una figura de carne y hueso en su mente. El refugio de las criadas, ahora, es la casa; y el de Lucas, sus recuerdos. Los insectos no lo ocupan todo, no anegan la casa, pero sí el jardín —que sirve como refugio donde sentirse a salvo— y completan la soledad de Lucas.

La novela de García Freire requiere lentitud y reflexión, hay crítica a la religión y habla sobre los secretos familiares. El lirismo de la narración embellecen una historia dura y cruel donde la belleza de la naturaleza resalta pese a la oscuridad que la rodea. Nuestra piel muerta se lee como si se posara las manos con delicadeza sobre los alelíes y el resto de las plantas del jardín, sobre los escarabajos y el resto de animales, sobre Lucas y el resto de desaparecidos.

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