El incidente (Seix Barral, 2025) es una novela de ficción que contiene trazos autobiográficos y está basada en una investigación real. En ella, Daniel Jiménez (Madrid, 1981) pone el foco en la salud mental, pero no solo en la de los pacientes de instituciones psiquiátricas, sino también en aquellos que les atienden. Se trata de una obra que enfrenta los traumas de ambas partes en un espejo para que les hagan frente. Sus protagonistas son Ricardo Montesinos, psiquiatra de un hospital, y Manuel Alejandro, un paciente que, al ingresar allí por tercera vez, tuvo un «incidente» con aquel. Entonces, el narrador, que estuvo ingresado allí veinte años atrás y que carga con el fantasma del suicidio de su hermana, decide averiguar a través de varias entrevistas qué ocurrió realmente, por qué se intenta exculpar a ambos y por qué hay quien quiere quitarle hierro a lo sucedido.

La novela comienza con el narrador en una oficina de empleo, donde se encuentra a Carlos, otro desempleado que estuvo ingresado en la sala de psiquiatría donde se produjo el incidente, en torno a 2023. El narrador lo desconocía, pero esta noticia desata su interés por analizar a ambas partes y los testimonios de las personas que los conocen, y, aunque hay quien le dice que ante un conflicto hay que posicionarse, él se resiste a ello. El propio Carlos admite desde el principio que lo importante no es averiguar quién tuvo la culpa, sino por qué pasó lo que pasó, y que cada paciente es «un volcán a punto de explotar en medio de una isla a punto de hundirse». Así, el lector se adentra en una investigación en torno a la salud mental pero también sobre la culpa y la responsabilidad y la diferencia entre ambos conceptos. Al final, igual que las religiones, cada entrevistado inventa sus propias teorías para explicar aquello que no entiende.
El narrador desgrana el incidente a la par que reflexiona sobre la salud mental. En estas páginas, todas las personas parecen dañadas o heridas mentalmente de una u otra forma. En el hospital donde trabajaba Montesinos y donde ingresó Manuel Alejandro, una de las residentes que conoció a ambos reconoce que tomaba alguna pastilla, que lloraba y que todo lo que veía allí le afectaba. Por otro lado, una excompañera de trabajo de Manuel Alejandro fue dada de baja por depresión y cuando compartió su estado por redes sociales recibió miles de mensajes de personas que estaban igual o peor que ella, pero es algo que no se comunica y parece no existir. Incluso una médica de cabecera reconoce haber padecido ansiedad y fobias de impulsión. Al final, cabe preguntarse si los pacientes psiquiátricos son piezas disfuncionales de un engranaje que funciona a la perfección, como se dice, o bien si es al revés y es el sistema el que está defectuoso. Para mejorar la salud mental, es recomendable una intervención en el paciente, pero si los problemas son externos y no cambian, poco puede hacerse.
Manuel Alejandro acudía a un curso de escritura creativa y el profesor le aconsejó usar un cuaderno para escribir lo que pensaba y sentía. Así, el narrador también se vale de esos apuntes en primera persona y en forma de diario para transmitir el estado mental y emocional de uno de los protagonistas. A través de él, Manuel Alejandro da pistas de sus circunstancias: su bisexualidad, su atracción por su profesor de escritura creativa, la pérdida de su identidad y el ansia de huir de su casa por la religiosidad y la incomprensión de su madre y el abandono que sufre por parte de su padre. Ante todo, él no quiere pensar, pues el sueño de la razón produce monstruos, como decía Goya, y más locura que la imaginación, como añade un personaje. El narrador se pregunta si una persona que no ha escrito su propia novela puede enseñar a otra a hacerlo, y esto invita a otra reflexión: si una persona que no ha padecido trastornos mentales, aunque haya estudiado sobre ellos, puede saber cómo tratar a aquellos que los padecen.
Manuel Alejandro padece TDAH, según el diagnóstico, y es un pesimista de manual. Sus palabras reflejan una melancolía exacerbada pero exenta de adornos, es decir, una tristeza cruda y desnuda en relación a sus propios sentimientos, al paso del tiempo y a su familia y sus consecuencias, puesto que la influencia de los padres a veces deriva en traumas, manías, miedos o formas de actuar determinadas. Él dice también que tendemos a buscar un enemigo externo al que agredir o matar para no atentar contra nosotros mismos, por eso la historia de la humanidad es una serie de masacres y asesinatos entre civilizaciones, etnias o individuos. Afirma que Dios no ha muerto, sino que ha cambiado de profesión y ahora es psiquiatra. Sus representantes en la tierra son los psiquiatras, en lugar de obleas dan Lorazepam y los pacientes acuden a terapia como los creyentes a un confesionario. En su diario, reconoce no estar hecho para soportar la vida y busca todos los días motivos por los que seguir vivo. Por qué seguir luchando, se pregunta, si todas las victorias esconden el miedo a las represalias y todas las derrotas auguran una terrible venganza.
Todo lo que el narrador conoce sobre el incidente es por los testimonios de terceros, puesto que de Manuel Alejandro solo lee su diario y Montesinos no aparece para contar su propia versión; su hija habla en representación suya, y lo hace para defenderlo, mientras que ningún familiar de Manuel Alejandro lo defiende a él. El resto de las personas suele pensar que la culpa es de ambos. Un celador, incluso, denomina el incidente como «una simple pelea», lo que supone la banalización de la violencia entre un psiquiatra y un paciente y que viene a reflejar algo mucho más complejo: el agotamiento de ambas partes ante un sistema que explota. También se trata de una lucha de generaciones, ya que el paciente era joven y el psiquiatra muy mayor. Llega un momento en que el narrador descubre que no ha ocurrido un solo incidente, sino dos, y todo ello le sirve de exorcismo, pues se considera alguien que quiere desintoxicarse de sus vicios —hay psiquiatras que defienden que se llega a una adicción a partir de un problema mental—. Al parecer, Montesinos dijo una vez que lo que recordamos no es el hecho en sí, sino el recuerdo que tuvimos la última vez que lo recordamos. Esto quiere decir que todos nuestros recuerdos son inventados, y se van inventando más cada vez que se recuerdan, lo que se relaciona con la célebre idea de que la ficción es más verdadera que la realidad.
El incidente es un libro que habla sobre la soledad, la precariedad psicológica, el abandono de las personas con una salud mental fracturada o quebrada y la romantización de la locura. También habla sobre la insatisfacción que genera el mundo actual y la imposibilidad o incapacidad de asumir el fracaso y la frustración, además de replantearse qué son realmente la cordura y la locura y cómo podemos definir a quien padece una o la otra. Asimismo, qué nos lleva a una o a otra, la biología o el entorno. Como decía Ortega y Gasset, «yo soy yo y mi circunstancia». En relación a todo ello, cabe destacar también el tabú del suicidio, incluso para los que se dedican a la salud mental. La posibilidad del suicidio como algo a lo que aferrarse puede suponer alivio, pero su pensamiento recurrente puede potenciar la ideación. El narrador hace una crítica con sarcasmo a los discursos de personas o libros que hablan de la salud mental con un tono happyflower o misterwonderfuliano y que no lo tratan con la seriedad que merece, sino apostando a que si se piensa en positivo todo irá mejor.
«La locura es una construcción social que ha adquirido significados distintos según el periodo histórico», dice una médico de familia entrevistada. En el mundo actual, cabe preguntarse: si tanta gente padece ansiedad, quizás el problema sea del sistema en el que se vive, que enferme a la sociedad. También influyen la tiranía de las redes sociales y la imagen impostada, tóxica y falsa que dan de la felicidad o la productividad. Aunque España es un país con menos psicólogos que la media de la Unión Europea, uno de los personajes dice que la solución no pasa por aumentar la cantidad, al menos no únicamente, puesto que luego el apoyo político es nulo, solo una pose para la galería, ya que la salud mental importa poco y recibe pocos fondos. Además, esta debe luchar contra los estigmas y la desconfianza que sigue existiendo en torno a ella —y la falsa idea de que el trastorno mental solo afecta al cerebro, cuando en realidad afecta al cuerpo entero y al ser humano en su esencia—, contra la lenta evolución de la psiquiatría y contra aquellos psiquiatras que apuestan por la medicación inmediata y que incluso la cronifican.
El narrador profundiza en la profesión psiquiátrica en España de la mano de varios entrevistados que ejercen o ejercían. Uno de ellos se sorprende de lo naturalizada que está la vulneración de los derechos de los pacientes en las unidades de psiquiatría de los hospitales y otro se queja de la popularidad de los discursos edulcorados sobre la salud mental y de que otros discursos más beligerantes contra el sistema actual, que es el que daña la salud mental, no tengan repercusión. Asimismo, hay personajes que denuncian que los pacientes carezcan de un entorno seguro y de vínculos que les permitan salir o mejorar el trastorno. La precariedad de los servicios y de los recursos destinados deriva en una peor atención al paciente y en un desgaste del profesional. Al final, incluso el propio psiquiatra termina volviéndose loco o fugándose hacia otra especialidad. He leído algunas críticas hacia este libro porque, al parecer, comete errores de bulto en cuanto a terminología relacionada con la psiquiatría. No conozco este ámbito, pues no lo he estudiado, pero he visto una buena documentación. Puede que haya errores, pero se trata de un tema muy complejo y amplio.


