El fuego de los cielos

En 'Ciudad de cadáveres', Ota Yoko explota el tema de Hiroshima con una mirada comprometida socialmente con las personas abandonadas por las instituciones.
ciudad de cadáveres

Ciudad de cadáveres (Satori, 2025, con traducción al castellano de Kuniko Ikeda y Marta Añorbe Mateos) es una obra literaria publicada originalmente en 1948 y enmarcada en la llamada «literatura de la bomba atómica». Al amanecer del 6 de agosto de 1945, una de ellas cayó sobre la ciudad de Hiroshima. Ota Yoko (1903-1963), la autora de este libro, estaba allí y narra en estas páginas su testimonio de lo que vio y vivió, así como el de otros supervivientes, el trauma y las secuelas que la bomba dejó. Los muertos podían contarse por miles, y los heridos por decenas de miles, solo al estallar la bomba. Con el paso del tiempo, las cifras aumentarían. La ciudad de Hiroshima, además, quedó arrasada, destruida y quemada. Nueve días después, Japón no tuvo más remedio que rendirse en la guerra, pero, como dice Ota Yoko, la vida continuaba para los habitantes que habían sobrevivido.

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La Segunda Guerra Mundial, y sobre todo el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, marcan la carrera literaria de Ota Yoko y la empujan a narrar este hecho. Ella ya era escritora antes de que ocurriera; de hecho, fue la única mujer escritora que narró el suceso y ya era escritora antes de él. Su literatura se enfrentó a la censura y a las restricciones impuestas por el gobierno de Japón primero y por el de ocupación de Estados Unidos después. El gobierno japonés censuró, por ejemplo, que se dijera qué clase de arma se había usado en Hiroshima y Nagasaki, mientras que el estadounidense restringió las publicaciones sobre textos e informes acerca de los bombardeos, incluso aquellos textos médicos o clínicos.

Hoy en día, se conoce bien lo que ocurrió, pero durante al menos dos años, nadie en Japón pudo saber con certeza qué había sucedido debido a todas las prohibiciones y censuras. A esto se suma que el propio público no atendía aquello que se publicaba sobre la guerra, pues estaba hastiado del conflicto y quería dejar atrás las atrocidades. Otra razón de este desconocimiento, según la escritora japonesa Sadako Kurihara, es que ambos bombardeos se produjeron en ciudades alejadas del centro neurálgico y administrativo de Japón. Las consecuencias del acontecimiento también se notaron entre quienes lo relataron, pues un escritor japonés, que puso por escrito sus impresiones sobre lo ocurrido, se suicidó en 1951 debido a que, con el comienzo de la guerra de Corea, temía otro episodio nuclear.

El prólogo de esta obra, a cargo de Patricia Hiramatsu, ocupa casi sesenta páginas, por lo que ofrece una mirada enriquecedora y contextualizada en torno a los hechos, al proceso de creación del libro, a la recogida de testimonios y a las emociones de la autora. Paradójicamente, el prólogo está fechado el 6 de agosto de 2024, justo setenta y nueve años después del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. El libro tiene numerosas notas a pie de páginas; de hecho, solo en el prólogo hay noventa y dos. En el prefacio, Ota Yoko reconoce que tras la bomba pierde todas sus pertenencias y no tiene ni papel ni lápiz, todas las tiendas también quedan destruidas, y termina escribiendo esta historia en servilletas de papel.

Hatsuko Fukuda, el nombre real de Ota Yoko, nació en Hiroshima, antiguamente llamada Ashihara, pero se marchó joven a Tokio. Durante la Segunda Guerra Mundial, temerosa de que algún bombardeo sobre la capital le alcanzara, quiso volver a Hiroshima, sin saber que allí viviría el lanzamiento de la peor de las bombas.  La autora llega a la conclusión de que los enemigos te encuentran donde menos los esperas, incluso cuando tratas de huir de ellos. Cuando era pequeña, sus padres se divorciaron y ella recibió el apellido Ota al ser adoptada por una pareja familiar de su madre, pues una ley japonesa de la época prohibía a la progenitora tener la custodia de ninguno de sus hijos tras el divorcio. Al parecer, Ota Yoko mantuvo una relación conflictiva con su madre en vida, así como una existencia de carencias, ansiedad y refugio en la literatura. Finalmente, emuló a sus progenitores en el plano amoroso.

El 6 de agosto de 1945, Ota Yoko, su madre, su hermana y el bebé de esta iban a trasladarse desde Hiroshima al pueblo de su infancia, pero minutos antes de salir de la casa e iniciar el viaje, la bomba atómica entró en sus vidas. Cuando todo ocurrió, dice que solo quedaba el armazón del edificio y que todo se había volatilizado. No había humo ni llamas, pero tampoco los tres mil volúmenes de la biblioteca de su cuñado. No había nada más que ella mirando la destrucción. Según cifras oficiales, ochenta mil personas murieron al instante y se desató el caos. A los muertos por la caída de la bomba hay que sumar los que murieron por el denominado síndrome de la bomba atómica y los que lo hicieron por las secuelas. Ota Yoko, temerosa de que la radiación le afectara y acabara con su vida, se dio prisa en plasmar todo su testimonio en papel, tanto por el peligro de que los últimos supervivientes murieran como por el hecho de que ella también lo hiciera.

En el momento en que la bomba atómica cayó sobre Hiroshima, la ciudad tenía unos cuatrocientos mil habitantes. «El fuego de los cielos», según lo denominó una niña que Ota Yoko cita. Este suceso se convirtió, según afirma, en la mayor tragedia de la historia de Japón. Cualquier vida humana después de aquello fue una pesadilla. Midori Naka, una actriz, fue la primera persona fallecida oficialmente debido al síndrome de la bomba atómica. El hecho de que las muertes no solo se produjeran durante la caída de la bomba, sino durante mucho tiempo después, agrava el testimonio de Ota Yoko sorteando cadáveres y cuerpos moribundos por las calles arrasadas de Hiroshima. Además, los síntomas de dicho síndrome no provocaban dolor ni se prolongaban en el tiempo, pero sí eran letales.

El pueblo sentía rabia, no solo hacia la derrota, sino hacia la propia guerra. Además, este suceso provoca que surjan preguntas existenciales y reclamos a Dios. De hecho, la autora se pregunta quién es Dios y llega a la conclusión de que «es un pensamiento dentro de todos nosotros», y no comprende por qué no da paz a la humanidad después de todo el sufrimiento. «Esperemos que la derrota traiga la verdadera paz a Japón. Esta es la razón por la que escribo este libro en medio de tanto sufrimiento», dice, y añade: «Estoy más enfadada por la inconsciencia del imperialismo japonés, que casi destruye mi vida de escritora, que por la destrucción de Hiroshima».

Ota Yoko dice que la ciudad de Hiroshima, tras la bomba, le recuerda a La Habana de la fiebre amarilla, es decir, la de entre 1898 y 1905. Queda sorprendida por la capacidad de adaptación y supervivencia del ser humano ante situaciones extremas. «La vergüenza de estar viva me hacía sentir indigna, pero el miedo a ser la siguiente en morir me hacía temblar», reconoce. También critica características negativas del pueblo japonés como la languidez, la pasividad, la falta de iniciativa o la ausencia de sangre y pasión. «Los japoneses han olvidado cómo utilizar bien la libertad de expresión. Creen que son libres, pero tan solo son libres de hacer cosas triviales», escribe.

La población japonesa y sus «mentes más privilegiadas» estaban exhaustos de la guerra, y si imaginaban los derroteros, no tuvieron fuerzas para aplicar soluciones y por eso sucedió la masacre. La autora afirma que cuando se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, ya se sabía el resultado de la guerra y Japón estaba solo frente al mundo entero. Además, expone una dura sentencia: «En mi cabeza no deja de dar vueltas una idea perversa: que los que tiraron la bomba atómica sobre nuestras cabezas no fueron solamente los americanos, sino también los militares que gobernaban nuestro país». Al parecer, los estadounidenses habían bombardeado las ciudades de alrededor de Hiroshima, ignorando esta, algo inquietante, hasta que le llegó su turno aquel 6 de agosto, y de qué manera. La bomba sobre Hiroshima fue la primera de las dos atómicas, por lo que fue una incógnita; la de Nagasaki se lanzó tres días después.

Quizás la obra más representativa del tema sea Hiroshima, de John Hersey, aunque Cuadernos de Hiroshima, de Kenzaburo Oe, también ocupa un lugar destacado, pero sin duda Ota Yoko es una escritora injustamente olvidada, condenada al ostracismo y criticada por los círculos literarios. Se le criticaba que solo escribía sobre la bomba atómica y que quería comerciar con su narrativa sórdida. Además, estos círculos literarios cuestionaron la ideología de Ota Yoko, aunque la autora se vio encorsetada, así como la temática de sus libros, por el periodo histórico de su país, las restricciones gubernamentales y el aliento de toda la población en favor de la expansión territorial y el imperialismo japonés, temas a los que ella se une llevada por la corriente.

Ota Yoko explota el tema de Hiroshima con una mirada comprometida socialmente con las personas abandonadas por las instituciones. En un momento de su trayectoria literaria, se cansa de escribir sobre este tema porque se sabe encasillada en él. Ciudad de cadáveres expone una pasión de vivir a pesar de las tragedia, las catástrofes, el abandono o la pérdida de todo, pero también contiene un tono de protesta y de denuncia. Al parecer, cuando Estados Unidos ocupó Japón tras la guerra, censuró la existencia de la bomba atómica, pero cuando en 1949 la URSS anunció que tenía dicha arma, Estados Unidos ya no se esforzó por ocultar que ellos también para usarla a su favor a través del miedo. Me llama la atención que solo se mencione Pearl Harbor una vez, en una entrevista a un coronel estadounidense que visita Hiroshima y responde que la tragedia de Pearl Harbor fue inesperada para Estados Unidos igual que Hiroshima y Nagasaki para los japoneses.

Esta obra atravesó una censura impuesta y una autocensura voluntaria y consensuada entre la escritora y la editorial para evitar castigos por parte de los censores. Sin embargo, en 1950, Ota Yoko consigue publicar la obra íntegra. Entre otros motivos, se le criticó que no pertenecía a un género concreto, sino que bebía de muchos diferentes. Hay que tener en cuenta la dificultad de la escritora para poner por escrito un hecho tan traumático y desconocido. El lenguaje estaba desnudo de palabras con las que expresar lo vivido. Por eso, la forma en que la autora articula el lenguaje en torno a la crueldad y la inhumanidad o la forma en que confecciona la obra a través de la fragmentación de episodios, la no linealidad de la narración y la repetición da muestra del testimonio que trata de transmitir.

Ota Yoko no emplea demasiados tecnicismos ni datos, solo los necesarios para que el lector pueda hacerse una idea, sepa más o menos de física, de la magnitud de lo ocurrido, etc. Ahonda en temas como la tragedia, el silencio, la ausencia de quejas y la pérdida de interés por lo material. También en las sensaciones como la ansiedad de que la verdad solo se sabrá mucho tiempo después y el interés de los científicos por averiguar la naturaleza de la bomba atómica y sus consecuencias. Una de las cosas que más sorprendieron a Ota Yoko tras el lanzamiento de la bomba fue que al día siguiente las moscas siguieran vivas. «No quería que mi alma se viera aún más dañada por la visión de los horripilantes cadáveres de la ciudad», escribe, pero luego responde en un diálogo: «—¿Vas a escribir sobre esto? —En algún momento tendré que hacerlo. Es mi responsabilidad como escritora que ha presenciado todo esto».

Ota Yoko, testigo y víctima al mismo tiempo, comienza hablando por el final, señal de que desea olvidar y que da muestra de su estado de shock. Luego, se enfrenta página tras página a la dificultad de la descripción y a la ausencia de palabras. A mitad de la obra, esta ya tiene una estructura más lineal que va paralela al procesamiento del trauma y a los altibajos emocionales de quien escribe. Al final, se trata de una obra circular, ya que una de las últimas frases del último capítulo es la misma que la del título del primer capítulo. La autora debe compaginar su actitud como escritora y como cronista y la escritura de este libro, como la de cualquier otro donde se relate una experiencia traumática, sirve tanto para olvidar, dejar atrás y reparar como para recordar.

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