Crematorio frío. Una crónica de Auschwitz (Debate, 2025, con traducción al castellano de Eszter Orbán) es el relato de su autor, József Debreczeni (1905-1978), nacido József Bruner, por los campos de concentración nazis. Debreczeni fue periodista, escritor y traductor y tocó muchos géneros literarios, como la novela, la poesía, el teatro o este libro testimonial sobre su paso por Auschwitz, donde fue deportado el 1 de mayo de 1944. En 1938, ya fue despedido del semanario donde trabajaba por ser judío y entre 1941 y 1944 hizo trabajos forzados, como en Fürstentein. Luego, llegó muy débil al campo-hospital de Dörnhau, denominado «crematorio frío», donde se libró de la muerte y vivió la liberación por parte de las tropas soviéticas.

En las páginas iniciales, se incluye una imagen del autor con su esposa y sus padres; solo él sobrevivió a Auschwitz. También hay un mapa que refleja el viaje de Debreczeni como deportado y su regreso. Su historia comienza en un tren donde viaja junto a un grupo de deportados. Son sesenta en total, pero cuatro han fallecido. Salieron dos días antes, les queda uno más para llegar y van hacinados en el vagón, con hambre y sed, falta de aire, instintos viles, barbarie, terror…, como bestias; él mismo dice que ni los deportados ni los soldados que llevan los trenes son ya humanos. Y cuando esos mismos soldados les ordenan ponerse a cuatro patas, metamorfosean definitivamente en animales. Allí experimenta por primera vez la dificultad de mantenerse con vida sin volverse loco.
Cuando llegan al campo de concentración, el narrador percibe que allí nadie se preocupa ya por el día siguiente, porque quién sabe cuántas horas pueden quedarle de vida. La desesperación flota sobre todos ellos, tanto que «en los ojos se desnuda la esperanza». Allí nadie los mira, no sabe si es porque están como enmascarados y nadie sospecha que están destinados a morir o porque están tan acostumbrados a ellos que ya los ignoran. Igual que en Alemania o en los países ocupados decía ignorarse aquello que ocurría en los campos de concentración. Cuando lo deportaron, Debreczeni pensaba que en el mejor de los casos iría a una cámara de gas y en el peor a trabajar como esclavo hasta la extenuación, que fue lo que ocurrió; es decir, prefería la muerte inmediata.
El narrador habla de forma pormenorizada a lo largo de toda su narración de los prisioneros o deportados que fueron elegidos al azar o por amiguismo con cargos, mayores o menores, dentro del campo de concentración. Los nazis, inteligentemente, aplicaron el «divide y vencerás» y otorgaron un poder ridículo a un puñado de deportados en su beneficio para que estos actuaran como ellos. Además, también con astucia, a veces se deshacían del azar y designaban a aquellos más desalmados para dichos puestos de poder. Por ejemplo, estaban los jefes de bloque, que podían controlar a otros deportados como él; este ínfimo privilegio les daba carta blanca para mostrarse orgullosos y soberbios. «Serán los dioses de aquel miserable mundo», se dice. La aristocracia del campo. Los kapos, por su parte, tienen un poder más irrisorio si cabe y deben dormir en los barracones con los demás deportados y hacer cola para la comida, solo que en lugar de hacer trabajos forzados se dedican a dar golpes con una porra a sus iguales. «El mejor esclavista es el esclavo aupado a una posición de privilegio», se dice.
«Lasciate ogni speranza», dice el narrador. No hay vuelta atrás, y tampoco hacia adelante: los despojaron de todo lo material y de cualquier recuerdo que les quedara, que pudiera formar su personalidad o que pudiera hablar de quiénes eran. Quedaron desnudos literal y metafóricamente, sin nada que les hiciera humanos. Mientras tanto, la llegada de camiones con más deportados no cesa, y las chimeneas no paran de expulsar humo. Un francés del campo le dice al narrador: «Si un día alguien escribe lo que está pasando allí [en los crematorios], lo tendrán por loco o por un perverso mentiroso». La producción de esclavos es a escala industrial: llegan, los clasifican y los que no van a las cámaras de gas se desnudan, entran a las duchas y salen camino al trabajo explotado. En un traslado hacia otro campo de trabajo, un deportado le dice al narrador que deberían saltar del tren. El narrador le responde que no pueden escapar y aquel le dice que no es para escapar, sino para morir. Aun así, Debreczeni mantiene la fortaleza y afirma que aquello no se puede soportar, pero sí se debe soportar.
El narrador pasa por diferentes campos de trabajo, y en el camino de unos a otros ve que se están construyendo más. Él y el resto de deportados deben trabajar para las diferentes empresas que operan allí con mano de obra de esclavos, ya sea para construir barracones o túneles o para transportar arena. Uno de sus trabajos consiste en construir vías ferroviarias. Se consuela con que están en primavera, y no quiere ni pensar en los amaneceres de madrugada en el frío del invierno. «La certeza de la llegada de otro día infinito, repleto de tormentos y peligros, hambre y latigazos, mugre y piojos, le llena a uno a cada instante de la exacerbada ansia por perecer. Acabar con todo, de nuevo esa cantinela en nuestras aturdidas conciencias», afirma. Uno de los destinos del narrador es los alrededores de un castillo en Fürstenstein, actual Książ, antigua sede ducal que le retrotrae, como cuenta, a la Edad Media, pero no a la de los lunáticos de Hitler en 1940, sino a aquella en la que, aunque había siervos, no había esclavos, al menos no en Europa. Tan solo unos días antes de leer esto, estuve de visita en Madrid y entré por primera vez en el Museo Reina Sofía, donde vi una imagen que me llamó la atención y que venía a decir algo parecido:

«Como en la Edad Media, así en el Tercer Reich». Fuente: Museo Reina Sofía.
En Fürstenstein, la bestialidad es mucho mayor que donde estaba antes. Allí, nadie sueña con la liberación porque es sencillamente imposible. Debreczeni pone el foco sobre el tema esclavista y dice que ellos, como deportados y trabajadores de una compañía en los campos de concentración, importaban menos a la empresa que los esclavos que trabajaban para las compañías de las Indias Orientales. «Esto también es el resultado de los experimentos de la barbarie científica. Cientos de miles de personas puestas a cuatro patas ya ni se afanan por vencer al animal en su interior», asegura. Ruegan por menos bazofia, pues comen peor que sus perros cuando estaban en la ciudad. Sufren edemas de hambre («el bocado de pan que recibimos nos cabe en el hueco de una muela», dice el narrador), gastroenteritis, retención de líquidos, y por la noche no pueden descansar por los picores provocados por los piojos, entre otras dolencias, todo ello añadido al trabajo extenuante en condiciones meteorológicas adversas.
En los campos, el narrador conoce a deportados de varias nacionalidades: habla de los griegos y su facilidad para el engaño o la usura, que empleaban allí en su beneficio, o de los polacos, de los que dice que son más huraños, quizás porque llevan varios años viviendo en guetos y ya no se relacionan ni entre ellos. «En los campos de la muerte hay dos cosas desconocidas: la sonrisa y la saciedad», se dice. Debreczeni hace una estimación modesta al afirmar que unos diez millones de alemanes estaban relacionados directa o indirectamente con el Reich o con sus intereses, y por tanto eran cómplices de todo lo que se hacía. Un personaje le responde dándole la razón: «No puedes obligar a millones de personas a asumir una responsabilidad moral por semejantes actos si en esos millones no opera cierta aprobación inconsciente, tácita. Los alemanes son el pueblo de los músicos, de los pensadores, y también de los sádicos. Las furgonetas para gasear o los mataderos humanos de Birkenau no habrían podido ser inventados por una mente rusa, francesa, inglesa, serbia o de ninguna otra nación. Solo la alemana. Igual que una foca no puede dar a luz a un canguro».
En un momento de la narración, algunas voces aparentemente bien informadas avisan de que el desembarco aliado está al caer y la retirada de los nazis también. Sin embargo, el campo donde el narrador trabaja no para de ampliarse ante la previsión de llegada de nuevos deportados y nuevo personal. Algunos soldados de los campos son jóvenes y el narrador piensa que la situación no estará tan mal si Hitler se puede permitir tener a aquellos hombres allí y no en el frente. Entonces, los testimonios entran en contradicción y los deportados no saben si mantener la esperanza o perderla definitivamente. A partir del desembarco de Normandía, las condiciones en el campo se recrudecen: las porciones de comida se hacen más miserables de lo que ya eran y el narrador llega a reconocer: «Creo que durante aquellos días no había entre nosotros ni siquiera cien presos que estuvieran del todo en sus cabales». Por supuesto, los deportados no pensaban en política, algunos ni siquiera en su familia, sino en los instintos primarios: comer y dormir.
El posible desembarco trae para algunos más angustia que liberación, pues temen que, ante el avance de los aliados, los nazis aniquilen el campo y a ellos dentro antes de huir. Hay quien trata de organizarse para escapar con un plan, aunque sin contar con los griegos, que son el colectivo del que más desconfían. Sin embargo, el plan se va al traste y los vivos terminan envidiando a los muertos. En la madrugada del 13 de noviembre de 1944, mientras el narrador se encuentra en Fürstenstein, varios hombres con algún poder en el campo irrumpen en su tienda de campaña. Buscan a cuatro voluntarios que deben marchar enseguida a un destino improbable, aunque todo apunta a las cámaras de gas. Debreczeni es uno de los que se presenta voluntario. Otro de los voluntarios, al atisbar la muerte tan cerca, pronuncia: «De pronto, uno empieza a pensar en la muerte, en un baño de vapor exquisito y refrescante». Otro más consideró que le había tocado la lotería. Hasta ahí llegaba el nivel de desesperación. «Nunca me habría imaginado que uno pueda resignarse con tanta facilidad a la idea de la muerte, ni mucho menos que el fin inminente pueda ser deseado», sentencia el narrador.
Su destino, sin embargo, no es una cámara de gas, sino el campo-hospital de Dörnhau, actual Kolce. Para el narrador, es mucho peor que Birkenau, donde el final anhelado se veía tan cerca. En aquel lugar también hay kapos, mandamases, arribistas, tramposos, chanchulleros, enchufados…, hombres llenos de arrogancia, que se transforma en sadismo. Debreczeni reconoce que tratar de prestar ayuda en esas condiciones es inútil, sobre todo porque se suceden el hurto, la astucia y el sálvese quien pueda. Allí, en un camastro que comparte con varios deportados y donde convalece por sus secuelas y su debilidad, no le queda otra opción que acogerse a la realidad de los ojos cerrados, como él dice, e imaginarse la vida fuera de allí: dice que solo es posible sobrevivir «huyendo a la inconsciencia». Por las noches, en invierno, el vaho de los cuerpos no impide el frío que entra por la ventana y, sin embargo, el viento no puede llevarse consigo el hedor que lo inunda todo. Duerme noche tras noche con cadáveres diferentes a su lado. Más que un campo-hospital, parece un campo donde se deja morir a los moribundos; de hecho, a aquellos que no son capaces de incorporarse en los camastros se les considera muertos o moribundos, piensan que por tanto no necesitan comida y no se les presta atención ni se les proporciona alimento, por lo que terminan pereciendo igualmente. Mueren tantos compañeros conocidos a lo largo de su estancia que sorprende que él mismo sobreviviera para luego poder narrarlo en este libro.
En ese campo-hospital, donde el narrador llega desnutrido y muy débil, pero sin enfermedades, contrae varias de ellas. En cuanto a vigor físico, todos los deportados están igual: acabados; solo se diferencian por lo inmaterial, por la voluntad o la fuerza para seguir y por la fe. Se produce la muerte por contagio, pero también se contagia el tifus, que arrasa con los deportados allí hacinados, y la diarrea. El narrador contrae tanto tifus como diarrea, esta última en enero de 1945 y aquella más adelante, y ve la muerte cerca: «No deseo la vida, tampoco la muerte. Ninguna de las dos me promete nada». Asimismo, afirma que de cada cien esclavos con diarrea, perecen noventa y cinco, pero él logra sobrevivir gracias a la buena fe del doctor Farkas y de Bálint, uno de sus compañeros, que le fuerza a tomar grasa y que, pese a salvarle la vida en esa ocasión, a lo largo del libro tiene un papel y una presencia muy secundarias.
Pocos meses antes de ser liberados, el narrador dice que siente ira, que la ira no reflexiona, que no puede pensar en lo ocurrido desde «la azotea de la teoría» y que queda en él algo de revancha. Sin embargo, su interlocutor le responde: «¿Quién te asegura que la muerte sea el castigo? A lo mejor lo es la vida». Sospechan que los alemanes, en su retirada, no han querido asesinar a todos los judíos en masa, sino reunir a los enfermos graves con otros para que se contagien y mueran de esa forma. La esperanza va y viene en ellos. Un día de primavera, escuchan un cañonazo a diez kilómetros de distancia del campo-hospital, pero luego pasan semanas sin nada más y el avance soviético parece no llegar hasta ellos. El doctor Farkas expone su teoría cuando todo parece llegar a su fin: «Los nazis no solo son asesinos. Son también cobardes. Son aduladores hasta el asco. Arrancan y escupen ostentosamente en las imágenes de Hitler delante de nuestras narices». Y piensa que en realidad sí se conocía la situación de los campos de concentración pese a lo que luego estos argumentaran que no en su defensa.
Crematorio frío es un testimonio estremecedor sobre el infierno de la humanidad. Debreczeni lanza en sus páginas una crítica dura contra el nazismo y usa su pluma y su talento para, a través de narración y diálogos, reflejar su estancia y su memoria y desarrollar un testimonio tan cruel como certero y exento de sentimentalidad. El autor usa el sarcasmo afilado, por ejemplo, cuando se refiere a los campos de concentración como Auschwitzlandia, Lagerlandia o Muertelandia. Los primeros párrafos que escribe tras la liberación son iluminadores y refrescantes, tras tantos meses de suplicio; traspasan la frontera del papel hacia el lector y lo impregnan de la misma inmundicia en que el narrador vivía. Luego, en el epílogo, escrito por un sobrino del autor, se muestra la ira y el rencor que conservaba y sobre todo la impotencia y la rabia ante la posible normalización o blanqueamiento del Holocausto. No se entretiene en los sentimientos ni en sus experiencias, que también, sino por cómo funcionaba el engranaje nazi, la estructura de los campos y la organización del trabajo forzado en ellos. Aunque lo hace con todo lujo de detalles, precisamente por eso no me ha gustado todo lo que creía que lo haría, pero no le resta, evidentemente, el valor indudable como documento histórico y testimonial que supone.
El epílogo habla sobre el trabajo de este después de su liberación y cómo también luchó contra «una perversidad cada vez mayor de aquellos que se dedicaron a explotar la memoria del Holocausto». Tras la liberación y los juicios celebrados, László Baky, László Endre, Béla Imrédy y Döme Sztójay fueron ejecutados en 1946 en relación a las atrocidades cometidas. Todos ellos fueron políticos húngaros proalemanes o colaboracionistas; el tercero de ellos fue ministro entre 1938 y 1939 y el último, primer ministro unos meses durante la Ocupación. Esa justicia está en consonancia con un diálogo que el narrador mantuvo con otro deportado en el libro y que he reflejado en la reseña, donde se preguntan si el verdadero castigo es la vida o la muerte. Además, uno de esos deportados, conocido de Debreczeni, anhelaba escribir un libro algún día con su vivencia. Murió en el campo de concentración y me gusta pensar que en estas páginas, con su mención y su memoria, Debreczeni también le hace un homenaje.

