Entrevista a Eric I. Rivera - Literatura - Nostromo Magazine
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Eric I. Rivera: “Hasta que alguien se indigne, el gobierno hace lo que quiera”

por Mario Guerrero
Nostromo Magazine y el entrevistador no se hacen responsables de las respuestas y opiniones vertidas por el entrevistado.

Estamos en el año 2027 y Puerto Rico tiene un gobierno represor y autoritario. Con esta premisa comienza Camposanto (Editorial Virgulilla, 2021), una obra reivindicativa y muy crítica con el poder. Esta novela de Eric I. Rivera (Puerto Rico) mezcla una narración normal con entrevistas, columnas periodísticas, obras de teatro en tres actos, noticieros transcritos y correos electrónicos (es decir, la novela epistolar llevada al siglo XXI).

El protagonista se llama Jaime y es la máxima expresión de lo que debería ser un periodista. Jaime busca la verdad cueste lo que cueste y no le baila el agua a los poderosos, sino que los investiga y juzga con datos, arriesgando no solo su puesto de trabajo sino también su propia vida. A partir del paso del huracán María por Puerto Rico en 2017, la isla ha quedado en una mala situación social y bajo un gobierno férreo.

Estados Unidos, en esta historia, ha aprovechado para hundir su economía y anexionarse definitivamente el territorio para que se convierta en la estrella número cincuenta y dos. El gobierno silencia y reprime por la fuerza y llama «terroristas» a quienes se oponen a esta idea. El gobierno de Puerto Rico no quiere que la isla se convierta en Cuba, pero lo hace a través de una represión brutal en nombre del progreso.

A través de ese juego de poder y represión, Jaime se juega la vida para sacar a la luz las historias de la gente y la suya propia. Su hermano Juan, mientras tanto, intenta sobrevivir en una ciudad de Nueva York igualmente hostil a las minorías, y su amigo Samuel sufre las consecuencias de no unirse a los poderosos. La historia de Juan podría ser la de cualquier persona no blanca en Estados Unidos.

Camposanto parece una distopía futurista con conspiraciones del gobierno contra sus propios ciudadanos. Entre sus páginas, Rivera incluye una ácida crítica al poder, a la ignorancia y a la contaminación. Además, narra el malestar y la crítica social con un relato certero justo al centro de la política y de la sociedad actuales y a las que están por venir. Por esta novela se pasean estudiantes secuestrados por la policía que han desaparecido de la faz de la Tierra, así como minorías cansadas de su marginación.

Rivera alimenta la crítica afiladísima de esta novela con toques de humor y fantasía, y también habla sobre la religión, la vigilancia gubernamental, el racismo, la censura de la prensa y la libertad de expresión. La educación es imprescindible en un país que se dice democrático, defiende el protagonista, mientras que otro de los personajes dice que están viviendo la «segunda Edad Media».

Eric I. Rivera / Fotografía cedida por el propio autor

«Cada uno de nosotros somos seres indiferentes tratando de hacer la diferencia en algo que no entendemos», dice otro. En Camposanto, el abuso policial, a diferencia de otros temas (como el racismo o la homofobia) se mantiene durante toda la novela, cruzando todas las historias y a todos los personajes, que quedan marcados de forma perpetua por la violencia. En Nostromo Magazine hemos hablado con Eric I. Rivera, y este ha sido el resultado:

En primer lugar, Eric, ¿nos puedes hablar de la situación política actual de Puerto Rico y su relación con Estados Unidos para los lectores españoles que no conozcan mucho sobre ella?

Puerto Rico es una colonia. La relación entre Estados Unidos y Puerto Rico es abusiva. Hay que entender que el Congreso tiene total poder sobre nosotros, y más importante, hay que saber que los problemas de la isla no son y nunca han sido prioridad para los gringos. Repito, la relación es abusiva, la historia lo demuestra. Desde que nos invadieron, hemos sido un laboratorio, se apropiaron de terrenos donde vivía la gente para que la marina practicara sus bombardeos, esterilizaron a miles de mujeres, trasplantaron células cancerosas a los ciudadanos, se prohibió izar la bandera puertorriqueña, constantes persecuciones y asesinatos a aquellos que deseaban la independencia, entre otras muchas cosas.

A finales del siglo XX y comienzos del XXI, el país cayó en la peor deuda en años a causa de la constante corrupción y los políticos que despilfarraron todo el dinero que le llegaba a la isla. Con el pasar del tiempo la deuda alcanzó la cifra de 72 billones de dólares. Como somos una colonia no se podía declarar al país en bancarrota. En 2016 el Congreso y Obama firmaron la ley PROMESA en el cual se introdujo una Junta de Control Fiscal, elegida por el Congreso, no el pueblo de Puerto Rico, para “ayudarnos” con la deuda. Se integraron unas medidas de austeridad que solo afectaron al pueblo y no a los culpables de dicha deuda. En el presente, la Junta, como le llamamos en la isla, tiene en agenda reducir las pensiones de los retirados, al igual que el salario mínimo para los jóvenes menores de veinticinco años.

¿De dónde surgió la idea de escribir esta novela?

La idea surgió cuando regresé de vacaciones de Cuba, allí había comprado un poemario de Virgilio Piñera. No sabía mucho sobre él y me dediqué por varios días a investigar sobre su obra y vida. En uno de los videos que encontré, se contó una anécdota que fue la que me hizo pensar en el personaje principal: Che Guevara había visitado una embajada cubana y allí había una copia de las obras de Piñera. Che tomó el libro y lo lanzó al suelo, diciendo que era inaceptable que tuvieran el libro de “ese maricón” allí. No quiero saltar a conclusiones y decir que Che era homofóbico, pero dio a demostrar que hasta los héroes tienen defectos. La otra figura que me ayudó a construir a mi protagonista fue Mahatma Gandhi, un héroe sin duda, pero también es catalogado como misógino, racista e incluso pedófilo.

Tan pronto creé a mi personaje, un antihéroe, tenía que ponerlo en una situación donde su conducta luciera heroica, pero en realidad era igual de malo que lo que estaba combatiendo. Lo que pasaba en la isla y en Estados Unidos era material suficiente para crear una saga larguísima. Cada pueblo se merece el gobernante que tiene, en eso se basa Camposanto. Hasta que alguien se indigne, el gobierno hace lo que quiera.

¿Ha sido difícil mezclar la narración normal con columnas de prensa, entrevistas, noticieros…?

Esa mezcla de estilos me brota de una manera natural. Se me hace aburrido escribir una narración “normal”. Mis libros favoritos son Rayuela de Cortázar y Ulises de Joyce, ambos mezclan diferentes maneras de narrar. Soy fiel creyente en la experimentación en la forma y el estilo, nunca está de más jugar con lo que se escribe. Además, Camposanto pide esas columnas, esos noticieros, esas entrevistas para que el lector sea parte de ese mundo. Mi primera novela, En la vorágine de la nada, es un collage de géneros y estilos, que juntos narran las últimas horas del personaje principal.

¿Crees que podemos llegar a la situación política que se describe en la novela? ¿O ya es así en algunos países del mundo?

No pretendí mostrar un futuro distópico en Camposanto, solo es una caricaturización de la realidad que vive el pueblo puertorriqueño. La situación política descrita en la novela está pasando, ya pasó y seguirá pasando en toda Latinoamérica, o mejor dicho en el mundo. Hay países europeos negándole asilo a refugiados, nuevos casos de pederastia en la iglesia católica aún siguen saliendo a la luz pública, grupos extremistas gobiernan países, la policía sigue abusando. El hecho de que sujetos como Bolsonaro estén en el poder significa que estamos en ese mundo descrito en la novela.

La propaganda política que se muestra en la novela es la misma que anestesia al pueblo, tanto chisme entre los diferentes partidos hace lucir la política como un “reality show” que la gente necesita consumir. Nadie le presta atención a lo que sucede en la isla, sino a las peleas, los políticos se han convertido en parte de la farándula, salen en programas televisivos con sus riñas estúpidas como si fueran raperos de segunda. Ni siquiera hablan de lo que hacen sino de lo que el otro no hace. Sin embargo, nos piden que tengamos en cuenta que lo que ellos hacen es lo correcto para nosotros.

¿El 1984 de Orwell o El mundo feliz de Huxley son lejanos o podemos llegar a ellos?

No quiero ser pesimista, pero entiendo que ya esos tiempos llegaron, no tan extremos como en los libros, pero ya están aquí. Un mundo feliz es el más cercano que está a nuestra realidad, grandes compañías nos mantienen distraídos, entretenidos para no prestarle atención a lo que sucede a nuestro alrededor. Las redes sociales, la farándula se han convertido en esa droga que nos mantiene enajenados y entretenidos. A diferencia del libro de Huxley, en vez de prohibirnos la información importante, la tenemos disponible en cantidades alarmantes, mientras las distracciones (los videos de TikTok, los “reality shows” y todo eso) son infinitas también, tan fáciles de digerir que nos impiden estar interesados en lo que es importante. Toda distracción está hecha para el consumo ligero e inmediato, justo en nuestras manos, algo que ni Huxley ni Orwell se pudieron imaginar.

¿Nos venden y no nos damos cuenta, como dice el título de una de las columnas que escribe el protagonista?

Después del huracán en el 2017 miles de puertorriqueños se han ido del país, ha sido el mayor éxodo en nuestra historia. Las condiciones de vida para muchos son difíciles, sin embargo es una mina de oro para los millonarios extranjeros que no quieren pagar impuestos altos, leyes que no ayudan a los puertorriqueños, pero sí a los extranjeros adinerados. El proceso de gentrificación va a un paso acelerado, los precios en viviendas en barriadas están subiendo por estar cerca de residencias millonarias u hoteles. Poco a poco la gente que trabaja por el salario mínimo o algo cercano a ello no podrá poseer propiedades, algunos ni siquiera alquilar. El éxodo va a continuar, muchos yéndose en busca de una mejor calidad de vida, mientras los gringos ricos viven “la vida loca” en las costas de nuestra isla. Ya hemos sido vendidos, o mejor dicho regalados, en 1898, como si no fuéramos personas. Hemos sido vendidos desde la llegada de los conquistadores españoles que lo saquearon todo, al igual que los gringos y el mismo gobierno puertorriqueño.

¿Definirías a Jaime, el protagonista, como un hombre existencialista o pesimista?

Se puede decir que Jaime era un poco pesimista, sabía que estaba en la peor de sus situaciones, pero no se le puede llamar un total pesimista. Jaime no tenía esperanzas ni siquiera en lo que él mismo hacía, para él nada de lo que pasaba a su alrededor tenía sentido, solo su familia. Estaba más encaminado hacia el nihilismo. Sus acciones comenzaron con un propósito, pero con los años entendió que nada de lo que hiciera importaba, y si veía resultados, ellos tampoco importarían, algún día serían olvidados. La “causa” terminó siendo solo una mera distracción hasta que le tocara morirse.

Sin embargo, Jaime estaba bastante arraigado a su familia, le importaba lo que pasara con ella. Su esposa era ese punto medio entre el nihilismo y esa poca importancia que algunas cosas podían tener. Poco a poco su nihilismo fue mermando, pero nunca desapareció.

Hablas de la diferencia de clases, el racismo, la violencia policial… ¿Cómo de importante es hablar de esos temas en la ficción?

Creo que cada escritor escribe de lo que desea. En mi primera novela quería tocar el tema de la depresión y la autodestrucción. Siempre he creído que el propósito principal de la ficción es entretener, pero entiendo que denunciar los problemas sociales es una de las tareas más importantes del escritor. En el momento en que escribí Camposanto, estaba viviendo en un área bastante racista y adinerada de los Estados Unidos. Un hombre en un Jeep rojo con la bandera confederada pintada en la capota pasaba frente a mi casa todos los días. No me gustaba caminar por ciertas partes de la ciudad, a ciertas horas, por precaución. Decidí pasar gran parte del tiempo en mi residencia viendo videos de lo que le sucedía a mi alrededor a la gente que lucía como yo, y peor aún, que hablara como yo. Todo esto fue antes de los asesinatos de Breonna Taylor y George Floyd.

¿Piensas que los gobernantes quieren un pueblo ignorante y sin cultura como defiende el protagonista?

Hay que tener en cuenta que Miguel de la Torre a mediados del siglo XIX implementó en la isla su gobierno de las tres B: baile, botella y baraja. Porque él sabía que un pueblo entretenido ignoraría lo que pasaba a su alrededor y no se rebelaría. Sí, los gobernantes quieren al pueblo ignorante.

Este es el dilema del huevo y la gallina. El pueblo es ignorante y escoge gobernantes que los quieren mantener ignorantes. Al igual los gobernantes necesitan mantener al pueblo ignorante para que puedan seguir siendo electos. A veces el ciclo se rompe, brevemente, y en ese momento en que se pierde un poco de ignorancia comienza la indignación y el pueblo se rebela, pero por alguna razón siempre regresamos al ciclo, a la ignorancia. Por eso nos refugiamos en las redes sociales, la televisión y en cosas sin importancia, necesitamos escondernos del desastre que es el mundo, es mejor distraernos que indignarnos. Nos sentimos cómodos siendo ignorantes, mantenerse al tanto de todo lo que sucede a nuestro alrededor sería agotador, por eso solo unos pocos lo hacen, solo unos pocos cambian el mundo. El resto de nosotros o seguimos al que nos oprime o a esos pocos que piden un cambio.

Por último, Rivera nos recomienda varios libros. Además de los ya mencionados Rayuela y Ulises, también nos habla de Toni Morrison. Reconoce que los escritores puertorriqueños, los de la Generación Perdida y los existencialistas franceses le han influido mucho. Entre los libros que le han marcado están Dientes blancos, de Zadie Smith; La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz; Mundo cruel, de Luis Negrón; Papi, de Rita Indiana; Heavy, de Kiese Laymon; Los niños perdidos, de Valeria Luiselli; Pájaros en la boca, de Samantha Schweblin, y 2666, de Roberto Bolaño.

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