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Imagen alta y tierna del consuelo

Pese a que el ornitorrinco tiene más fama, el okapi es un animal igualmente pintoresco. Tiene cabeza de jirafa, cuerpo de équido y patas con rayas de cebra. El día que Selma soñó con un okapi (Seix Barral, 2019, con traducción al español de Albert Vitó i Godina) ganó el Premio de los Libreros Independientes de Alemania a la Mejor Novela y Mejor Autora del Año y se va a llevar al cine próximamente, según dice la solapa del libro. En ella, Mariana Leky (Colonia, 1973) utiliza el poder simbólico y mágico del okapi para dibujar una historia que mezcla la ternura con la tragedia.

Situada en Westerwald —una zona de Alemania— en los años noventa, la historia nos presenta a Selma, la mujer que aparece en el título de la novela. Al comienzo de esta, Selma tiene sesenta años, es alta y se parece a Rudi Carrell, pero tiene otra característica que la define aún más: cuando sueña con un okapi, alguien muere en las siguientes veinticuatro horas. Pese a que Selma parece la protagonista indiscutible, la novela está narrada en primera persona por su nieta Luise, que entonces tiene diez años.

Hay quien cree que la ululación en la noche significa la muerte próxima de alguien cercano. En esta novela, sin embargo, se juega con los sueños y el vaticinio de la muerte. Los vecinos temen a Selma cuando sueña con un okapi porque no saben si serán los siguientes. No son gentes supersticiosas, pero el okapi de Selma ha demostrado ser infalible cada vez que aparece en sus sueños.

Sin embargo, la historia, que consta de prólogo, tres partes y un epílogo, va mucho más allá de Selma y el okapi. La muerte ocupa un espacio importantísimo en una novela que lleva, inevitablemente, a las lágrimas, sobre todo al final. Pero también tienen presencia el amor y la amistad. Cabe destacar la originalidad de la historia y, aunque la narradora está en primera persona, parece omnisciente porque sabe de otros más de lo que debería al no estar presente en muchos lugares o situaciones.

El día que Selma soñó con un okapi - Mariana Leky | Planeta de Libros
‘El día que Selma soñó con un okapi’ / Seix Barral

La inocencia tiene un peso importante en la primera parte de la novela, cuando Luise y su amigo Martin comparten juegos y la tragedia no parece acecharles aún. Sin embargo, hay un giro imprevisto de los acontecimientos que marca el resto de la novela. Con el paso del tiempo, Luise conoce a Frederik, un monje del que se enamora. Ya tiene veintidós años y casi todo parece ir igual en el pueblo. Aun así, la historia siempre guarda una tragedia tras cada esquina. La segunda parte es muy plana. En ella, Leky cambia de dirección y pierde fuelle al centrarse en la relación sentimental de Luise y Frederik. Pero, en la tercera parte, lo compensan la emotividad y los hechos, que se suceden como el paisaje al ir en coche.

Aunque va de más a menos, Leky ha escrito una novela llena de lirismo. En ella habla de temas profundos e invita a reflexionar sobre los sucesos que la vida pone ante nosotros. El interés y la potencia de la primera parte no se recupera en las otras dos, quizá solo hacia el final. Aun así, es una novela digna de destacar. No exenta de humor, la historia también reflexiona sobre el declive que sufren los seres humanos por el paso del tiempo. Los derroteros de la vida nos llevan a lugares que no sospechábamos.

Leky juega con los personajes, porque hay muchos. Al principio, por ejemplo, el personaje de Marlies se presenta, pero tiene nula participación. Sin embargo, conforme avanza la novela su presencia se hace más grande, sin llegar nunca a ser determinante. Es un personaje secundario que permanece durante toda la novela, pero cuya presencia va aumentando. Comprende, por tanto, una evolución en cuanto a magnitud de presencia.

Esta es una historia completa, bella y llena de matices. Cabe destacar la admirable capacidad de la autora para hilar de forma simultánea un hecho trágico como la muerte de un personaje importante con los diálogos con tintes de humor. Leky evoca un mundo que, pese a ser verosímil, difumina la realidad con la fantasía. La primera parte, por ejemplo, es onírica y esconde simbología en algunos elementos. En el resto, la narración afable explora más el amor y deja el pathos y la muerte para el final.

La autora utiliza un estilo depurado con un lenguaje claro y limpio como eje central. El final, por suerte, hace olvidar el tedio que puede causar la segunda parte, donde la relación empalagosa y dulzona entre Luise y Frederik deteriora la historia. La última frase de la novela nos lleva, de nuevo, al principio de esta. En definitiva, Luise, como narradora, nos presenta un mundo —el suyo— donde hay muchas cosas que no encajan, desde su relación con Frederik hasta las partes del cuerpo del okapi.

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