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Lo mejor es granizar

por Mario Guerrero

Premio Llibres Anagrama de Novela 2019, Canto yo y la montaña baila se publicó originalmente en catalán. Se tradujo ipso facto al castellano y no ha perdido la magia narrativa por ello. Irene Solà (Malla, 1990) ha construido aquí una novela que despierta emociones y, precisamente, la magia de la naturaleza en el interior de cualquier lector.

Esta historia es un compendio de narradores diferentes que van relatando sus propias vidas o anécdotas en torno a un pueblo de los Pirineos, en una época que podría ser finales del siglo XX. No es una novela al uso, puesto que en ella encontramos poemas, dibujos y una narración donde se alternan todo tipo de personajes pintorescos.

Anegado por los elementos de la naturaleza, el libro nos presenta primero una nube que nos narra sus movimientos a través de un cielo encapotado. Desde arriba, las nubes observan y narran la existencia de Domènec, al que ven desde las alturas con sus animales en la montaña. Así, nos vamos adentrando en la vida de los personajes. A Domènec le caerá un rayo y morirá en el acto.

A partir de este suceso se desarrollará el resto de la novela, sobre todo en torno a Mia, hija de Domènec, que será el nexo de unión de las historias, aunque esta es una novela coral donde todos participan casi por igual y nadie destaca demasiado. Luego, el lector se encontrará con una seta que le narra, o un alguacil que habla sobre la gente del pueblo. Todas ellas son narraciones que la autora sabe manejar asombrosamente bien y que consiguen absorber al lector.

Con ecos de la guerra civil española de fondo, presenciaremos la infancia y juventud de Mia, también su madurez cuando se convierte en una mujer de cincuenta años, así como algunos sucesos trágicos como la muerte de Domènec o de Hilari, el hermano de Mia.

En efecto, todas las narraciones son ríos que van a dar al mar, que no es la muerte, sino el Todo de esta novela, porque todas las historias y los personajes están interrelacionados. Por ejemplo, hay un capítulo titulado “El miedo” que a mí personalmente es el fragmento de la historia que más me ha conmovido, por cómo se narra.

La novela parece una canción, sigue el ritmo de una melodía. Es una oda al mundo rural y bucólico, al amor, a la familia, a los seres queridos y a la pérdida de estos, al remordimiento, al dolor y a ese pasado que vuelve.

Y, entre el pasado y el presente, la tierra también tiene turno de palabra y nos habla en primera persona a una especie humana cada vez más desconsiderada con ella. Se nos anuncian implícitamente ecos de calentamiento global, y hemos de reconocer que algún día el planeta se terminará cansando de nosotros. Pero no solo la tierra defiende su causa, también hay una fuerte carga de feminismo y aparece con poder la maternidad, recalcando el esfuerzo que conlleva ser madre y criar a los hijos, además de sacrificios como la pérdida de tiempo propio y la conciliación.

Un polvo de hadas envuelve al libro en su conjunto, parece un cuento de elfos, solo que sin elfos y personas en su lugar. A veces leyendas, pero siempre con un contenido humano que lo abruma todo.

La imagen de la cubierta es preciosa, parece una imagen bíblica del comienzo de los tiempos, cuando los primeros animales fueron creados. Es una combinación bella de naturaleza y animales. Igualmente, el título es un verso de uno de los poemas que contiene el libro, y es quizás uno de los versos más bellos, si no el que más, muy apropiado para cautivar a primera vista a lectores potenciales por su belleza poética.

Esta novela es, en definitiva, un acto de reconciliación con la naturaleza, un llamado a prestarle atención a la tierra y a los recuerdos, al amor, a aquellos que nos rodean. Desde la más pequeña de las hormigas hasta la más tenebrosa de las nubes del cielo, como aquella que, en una de estas páginas, decía: “Lo mejor es granizar”. Graniza en el corazón tras leer este libro que, además de conmovedor, es magnífico.

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