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Puertas, bichos y reyes tartamudos

por Álvaro Ortiz

Entre los primeros consejos que se nos suele dar a los guionistas noveles está siempre el de diseñar conflictos interiores de calidad. Conflictos de calidad, en general; con la intención de lograr la complicidad del espectador y atraparle emocionalmente. Esto echa por tierra la idea de algunos, que piensan que la lejanía o cercanía que sentirá el público respecto a lo que se cuenta, depende más del universo de los personajes, el género, o incluso, su calificación por edad.

Hay que admitir, sin embargo, que una película de animación que desarrolle el mismo conflicto que una policíaca “starring Denzel Washington” se enfrentará también a los prejuicios del público adulto. Lamentablemente, suele darse una barrera psicológica por la que entienden que “eso es para niños”, cuando puede que su discurso incluso sea más “adulto”. A mi modo de entender esto de las historias, el grado en que tú atrapas al espectador depende del conflicto, por encima de cualquier otra cosa.

Estás perdiendo el tiempo si te preocupa el hecho de que tu genial drama sobre puertas de cocina resulte lejano a futuribles espectadores que (hasta el momento) son seres humanos y no puertas. Porque la clave para que tus espectadores humanos vivan la historia desde dentro y empaticen con tus puertas no está en que nosotros seamos o no puertas , sino en lo que les pasa a esas puertas, lo que les mueve a hacer lo que hacen. Y si a esas puertas lo que les sucede es que descubren que no son de madera maciza y es que resulta que son de forja, ahí puede haber un conflicto de identidad que puede desarrollarse en una trama de descubrimiento, por ejemplo. Preguntas como: “¿Quién soy?”, “¿De dónde vengo?” o “¿Cuál es mi lugar en el mundo?” , son cuestiones puramente humanas que a todos nos toca en mayor o menor medida y que han sido tratadas desde los tiempos de Juan el Bautista. De modo que en lo que se refiere al conflicto íntimo, tu guión no estará muy lejano de otros como ‘Shutter Island’, ‘El Protegido’ o ‘Toy Story’; historias que, cada una dentro de su género y público, tratan estos temas logrando capturar al espectador y haciéndole partícipe del conflicto de sus personajes. Y, magia: les ha gustado a gente que no son necesariamente pacientes de un psiquiátrico de 1954, padres de familia con poderes sobrenaturales o juguetes parlantes.

Diré más: todos en nuestros comienzos nos hemos complicado la vida imaginando historias pomposas sobre gangsters, viajes en el tiempo, bestias de otro siglo o yo qué sé. Claro que puedes escribir sobre un camello de poca monta que malvive y trapichea como puede en Brooklyn, aunque no tengas ni idea de cómo es el día a día de un traficante, cómo funciona el tema de la droga, o incluso ni sepas qué hay en Brooklyn (o dónde está). Ese no es el problema. Escribir esa historia te llevará un exhaustivo y largo proceso de documentación que dará veracidad y verosimilitud al relato.

Sin embargo, será el conflicto interior del camello, su impacto y el modo en que este se trate, lo que determinará si tu historia conecta o no con su público. En otras palabras, determinará el éxito o fracaso de tu historia. No obstante (y aquí viene lo bueno), el conflicto que trates sí debes conocerlo. En profundidad. Debes haberlo vivido, en primera o tercera persona, debes saber qué se siente, debes tener algo que decir sobre él.

El guionista David Seidler escribió ‘El Discurso del Rey’ (Tom Hooper, 2010) habiendo sufrido problemas de tartamudez. Esto hará que su tratamiento gane en naturalidad y se aleje de cualquier estereotipo, pero se queda en una anécdota; porque el conflicto del Duque de York va más allá de este trastorno. Cuando vemos ‘El Discurso del Rey’ todos empatizamos con Bertie aunque no seamos tartamudos. Algo parecido sucede con ‘Bichos’ (John Lasseter & Andrew Stanton, 1998), una película a priori diametralmente opuesta, pero que, sorpresa, trata el mismo conflicto. Es más, Flick y Bertie son el mismo personaje.

Bichos / Rakuten TV

Uno es una hormiga hecha por ordenador y el otro un ser humano de carne y hueso, que además está basado en un personaje real. La noche y el día. Pero piénsalo: Flick es ‘el rarito’, alguien que siempre está creando dificultades y poniendo en riesgo la integridad de una colonia que, por unanimidad, decide quitárselo de en medio; y Bertie es otro “apestado”, un personaje débil que, a causa de su tartamudez, carga con la cruz de no poder ser nunca el recio líder que su país necesita y espera de él. Por tanto, hablamos de personajes con un común denominador: el rechazo.

En sus caminos, ambos experimentan un arco mediante el cual aprenden a creer en sí mismos a través de la superación. Tanto Flick como Bertie tienen que lidiar con el miedo que les produce defraudar, no estar a la altura cuando los demás han confiado en ti. Dime que nunca has sentido eso. Y seguramente no todos podemos identificarnos con el problema de la tartamudez o el de salvar un hormiguero, pero sí con lo que supone vencerlos, con demostrar “que valemos”. Da igual que sea un rey o una hormiga, drama histórico realista o comedia para toda la familia, sus conflictos apuntan directamente a nuestras emociones y hacen que hasta el final deseemos sus victorias. Porque las sentimos como nuestras.

Por todo esto, cuando se trate de diseñar una historia para el gran público, factores como el género, tono, universo, etcétera, estarán en un segundo plano aún siendo claves. Porque si algo nos han enseñado las historias es que la manera más directa de conectar con el público es apelando a conflictos que, de una forma u otra, a todos nos ha tocado vivir. Todo el mundo ha sentido miedo alguna vez, ha amado, ha odiado, le han traicionado… Te llega por sentimiento. Te atrapa porque te identificas. A menos que tu guión vaya de salvar el mundo.


Fotografía de portada extraída de Netflix

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