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Ser como todo el mundo

por Mario Guerrero

En 1952 sonaba Ma p’tite folie, un tema que interpretaba Line Renaud. Annie Ernaux (Lillebonne, 1940), ganadora de premios como el Formentor 2019, conocía ese y otros éxitos de la época en la que vivió, con tan solo doce años, uno de los episodios que marcaría su mentalidad y desarrollo futuros. El 15 de junio de 1952, su padre intentó asesinar a su madre. Ella, apenas una niña, lo presenció.

La autora francesa expone en primera persona en esta nueva presentación de La vergüenza (Tusquets, 2020), una obra que ya fue publicada en 1999 y que viene traducida por Mercedes Corral y Berta Corral, sus recuerdos sobre aquel acontecimiento familiar y su relación con la sociedad católica de la época.

Este texto autobiográfico ahonda en las rutinas y las ruindades de cada familia, los secretos y las miserias de cada hogar, que llegan lúcidos a nuestros últimos años de vida y a veces aparecen como destellos en nuestro lecho de muerte, cuando los contemplamos con pesadumbre. Aquello que ocurrió un día cualquiera, para nosotros supuso un gran acontecimiento. Estos recuerdos, con frecuencia, llagan nuestro presente y lo hacen molesto e incómodo, a veces insoportable.

Lo que Ernaux presenció con doce años apenas aparece descrito en un fragmento de esta obra. El resto es construcción narrativa de la autora, que desgrana aquel hecho y lo entrelaza con la moral católica en la que se creció.

Portada de ‘La Vergüenza’ / Colección Andanzas

Los padres de Ernaux trabajaban en un colmado que a su vez tenía una cafetería. En este espacio, Ernaux desarrolla sus reflexiones a partir de la que es, para ella, «la primera fecha concreta» de su infancia. A través de la descripción de los hechos y de sus sentimientos de niña —y de adulta al recordarlo—, hace que este suceso parezca anodino o al menos pierda la potencia reveladora de lo que en realidad es: un intento de asesinato presenciado por una niña. La vulnerabilidad de los seres queridos —a quienes consideramos nuestros únicos héroes— puede provocar la caída de mitos y, por consiguiente, un recuerdo marcado a fuego en nuestra memoria.

Ella recuerda la atmósfera de aquel momento, incluso el tiempo que hacía, pero no consigue evocar qué provocó la chispa de aquel incendio en su padre. Todo ello supuso un punto de inflexión para ella, la hizo madurar y reflexionar sobre cosas de las que una niña de doce años debería desentenderse. Su padre murió quince años después de aquello y hasta entonces nada igual había vuelto a suceder. Fue una ráfaga, un momento que no estaba previsto que ocurriera, pero sucedió.

Entre las miradas al pasado, Ernaux expone diferentes escenas y visita pasajes desoladores del ayer. La Francia de los años 50 se desdibuja contra un horizonte donde el catolicismo encorsetaba a la sociedad en general y a las mujeres en particular.

El papel de la mujer y las diferencias de clase salen a relucir en esta obra donde se nos expone a una madre dominante y a un padre incapaz de pegarle a su hija incluso para corregirle, como era común hacer en la época. Unos años en los que estaban mal vistos los divorciados, las madres solteras, los comunistas y, aunque menos, aquellas mujeres que quedaban embarazadas antes de casarse. Los hombres también eran reprobados, pero en menor medida. Querer ser soltero o buscar la soledad y el silencio era un error, mientras que estar demasiado tiempo en una casa ajena, también.

Esta era la mentalidad de una sociedad acomplejada que buscaba la crítica constante en el vecino. «Ser como todo el mundo era el objetivo general» por el qué dirán. Sin embargo, Ernaux se dio cuenta de que aquella disciplina se rompió cuando ocurrió aquello. La vida no era tan recta como la religión decía: había renglones torcidos.

Autora de otras obras célebres como Pura pasión, El lugar o Memoria de chica, Ernaux teje en esta obra escrita en 1995 y dividida en capítulos no numerados una historia personal basada en el silencio de una tragedia. La autora francesa separa cada párrafo con espacios en blanco que aligeran el peso de esta historia sofocante. A veces es difícil reconocernos en aquel que fuimos una vez y que nos parece tan lejano, tan diferente, tan imposible. Ernaux repasa la coyuntura política y social de 1952 y no reconoce nada, como si no hubiera vivido ese año.

Describe el colmado, los espacios de su casa y de la ciudad donde creció, atacada por los alemanes durante la segunda guerra mundial y reconstruida cuando se produjo aquel acontecimiento. Hay cotidianidades en la infancia de Ernaux en las que un lector común, aunque sea setenta años después, puede reconocerse.

El ritmo lento de la obra se explica debido a sus recuerdos acompasados y a las descripciones de espacios y anécdotas. La crítica religiosa y social copan esta obra de apenas 136 páginas donde Ernaux se rebela. En un libro que ella tenía cuando era adolescente, la autora de dicha obra decía en el prólogo: «La auténtica mujer francesa es y continuará siendo una mujer amante de su hogar y de su país. Y, sobre todo, una mujer que reza».

Sin duda, aquel suceso rompió con el esquema de familia feliz y religiosa que la sociedad intentaba fabricar en el seno de cada hogar. Por culpa de aquello, Ernaux entró «en el ámbito de la vergüenza» y todo se convirtió en motivo de rubor: la clase social a la que pertenecían, la actitud de sus padres e incluso el trabajo que estos desempeñaban. Cuando todo se transforma en vergüenza, solo queda taparse la cara y esperar a que los recuerdos pasen y, con ellos, nuestra propia vida.

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