El emperador de Alegría (Anagrama, 2025, con traducción al castellano de Daniel Saldaña París) fue candidato al National Book Award de ficción en 2019. Su historia se desarrolla en un lugar llamado Alegría Este, en Estados Unidos. Su protagonista se llama Hai, tiene diecinueve años y al inicio de la novela está en un puente sobre un río decidiendo si lanzarse o no, pero entonces una voz detiene su intento. Se trata de Grazina, una anciana que evita su acción. Ambos unen sus respectivas soledades, pues somos soledades en convivencia, como decía María Zambrano, mientras que Grazina vive anclada a los recuerdos, en concreto a los de la guerra y a los de su país, Lituania. Su autor, Ocean Vuong (Vietnam, 1988), es un escritor que vivió de niño en un campo de refugiados de Filipinas antes de emigrar a Estados Unidos con su familia. Anagrama también publicó su libro En la Tierra somos fugazmente grandiosos, reseñado en Nostromo Magazine, que fue un boom literario, por eso se esperaba con ganas esta nueva novela.

Esta novela está dividida en tres partes, que son otoño, invierno y primavera. La introducción es poética y evocadora, trazada con una maestría del lenguaje y una traducción excelsa, en mi opinión. El narrador, cuya identidad se desconoce, comienza la historia diciendo que el protagonista vive al otro lado del cementerio. A las lápidas del camposanto se les han borrado los nombres, y los fantasmas que se elevan de los campos aledaños también han olvidado los suyos. La nostalgia y el olvido impregnan las páginas desde el principio. Sin embargo, algo persiste en el narrador para mantener los recuerdos. «Nada se detiene aquí salvo nosotros», añade. La vida en la periferia del estado de Connecticut se extrapola a la periferia del mundo, de donde proceden el autor y el protagonista. Alegría Este, escindida de Alegría, ahora rebautizada en honor a un héroe de la Primera Guerra Mundial, es un lugar anclado en el pasado; de hecho, hay un club de la Segunda Guerra Mundial. «Si vas hacia Alegría y te pierdes, darás con nosotros», se dice. Alegría Este es un pueblo que se desvanece: «Sí, este lugar es hermoso, y por eso los fantasmas no se marchan nunca».
Cuando Hai quiso saltar desde el puente, tenía diecinueve años y era 2009. No tenía pensado hacerlo, pero lo decidió en ese momento, pues se sentía fracasado y sin salida. «Si bien somos escépticos, no somos indiferentes a la esperanza», dice el narrador. Mientras decidía si tirarse al río o no, una mujer tendía la ropa al otro lado de este, en su cabaña de madera. Una confusión aparente hizo que se vieran y él no saltara. Ella, de Lituania, y él, de Asia, se encontraron en sus respectivas inmigraciones. Ella se llama Grazina, que en lituano significa «hermosa», y parece anticomunista por sus recuerdos de la guerra y la posterior conversión de su país en república soviética. Grazina dice que para ella y su familia fue peor Stalin, «solo porque duró más tiempo», aunque tuvieron que luchar contra enemigos fuertes como eran los nazis y el comunismo. Al protagonista, por su parte, no le habría gustado «deshacerse de su nombre», pero sí «del aliento vinculado a él», aunque es lo único «que le había dado su madre que él había logrado no destruir».
Hai y Grazina empiezan a convivir a sugerencia de ella en su casa, un territorio por donde pasa más el diablo que Dios, y él la ayuda con las tareas y las deudas que ella acarrea. Hai decide trabajar para subsanarlas, aunque reconoce que lo único que sabe hacer es observar y considerar las cosas, según él mismo dice, porque le gustaría ser escritor, pero ya ha desechado la idea. El marido de Grazina trabajó en la traducción de Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut, al lituano hasta que su muerte lo interrumpió. Al principio de la historia, Hai lee los primeros párrafos del libro y Grazina y él piensan en la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam, los conflictos respectivos que han marcado a sus familias y sus historias. Ella tiene traumas y pesadillas a raíz de la guerra y de la entrada soviética en Lituania, pero viven con la esperanza de tapar algún día las cicatrices que llevan mal disimuladas o incluso olvidarlas, aunque sea momentáneamente.
Hai le ha mentido a su madre y le ha dicho que estaba estudiando en la universidad, cuando en realidad está a unas calles de su casa. Su relación con ella no es mala, pero sí está deteriorada. Incluso en un sitio apartado, desvencijado y lleno de basura como ese, Hai encuentra aquello que siempre buscó, que es un lugar donde desarrollar su conciencia y encontrarse tranquilo. «No tenía historia porque no se le exigía que la tuviera, y no tener historia también significaba no tener tristeza», se dice. La relación entre Hai y su primo menor sí estaba rota, pero el protagonista acude a verlo para pedirle trabajo y esta se asienta. Su primo es un amante de las guerras, en concreto de la guerra civil estadounidense. Por su parte, Grazina parece vivir con la mente en el pasado, y Hai tarda en saber cómo manejar los recuerdos de alguien que vive más en el antes que en el ahora. «Recordar es llenar el presente con el pasado, lo que significa que el coste de recordar algo, cualquier cosa, es la vida misma. Nos asesinamos a nosotros mismos al recordar», se dice. Y se añade: «Están jugando a la vida real, pero se parece tanto al infierno que resulta falso».
En su lugar de trabajo, Hai conoce a personajes pintorescos y atípicos, como una compañera conspiranoica que representan la variedad y diferencia de personalidades en Estados Unidos. Esta compañera cumple el cliché del personaje ciego que, paradójicamente, todo lo ve, o el del personaje tonto que resulta ser el más inteligente. Ella cree en algunas cosas estúpidas y, diga lo que diga, nunca se le tiene en cuenta. Por ejemplo, ni siquiera cuando dice: «La guerra es el fertilizante de sus sembrados [de los políticos]» o bien cuando critica el sistema, los engaños y la falsa libertad que se le presenta a los ciudadanos. Otro compañero de trabajo vive solo y tiene varios trabajos y un hijo al que apenas ve. En relación a la soledad, afirma que cuando un árbol crece sin otros árboles cerca, es decir, solo, «sus ramas crecen salvajes […], ramas retorcidas por todas partes, como si intentaran agarrarse a algo y no tuvieran nada a mano». Añade que no tiene fotos de su hijo porque «no es bueno estar mirando lo que no puedes tener». Esta soledad que asalta al compañero se expande hacia Hai, Grazina y los demás personajes. La soledad se descubre así como el efecto que rompe la estabilidad y nos iguala como seres humanos, sea cual sea nuestra condición social.
La madre de Hai definió una vez el pueblo en el que viven como «un nido de mierda azotado por la nieve». La casa donde Hai y ella han vivido, y donde ahora está ella sola, se encuentra en un callejón sin salida, lo que puede simbolizar la relación madre-hijo que mantienen, sin visos de cambio ni de progreso o mejora. Hai se considera a sí mismo y a su familia como perdedores, pero, según su primo, «perdedores guapos y bajitos». El protagonista se pregunta: «¿De qué sirve la belleza, cualquier belleza, si nadie gana?». En su corazón se acumulan el duelo por los seres queridos, las ilusiones diluidas, el fracaso de sus proyectos y el sentimiento de pérdida, unidos al existencialismo, a la pregunta de en qué consiste la vida y a la monotonía de intentar mejorar y solo conseguir una vida plana. «Se creen que sufren, pero en realidad solo están aburridos», dice Grazina cuando contrapone sus sufrimientos a los de otras personas del exterior.
Hay una disputa fundamental entre los personajes del entorno de Hai en relación a si el lugar donde viven es bueno y apropiado para quedarse o bien hay que huir a otro mejor. La compañera afín a las conspiraciones aboga por los universos paralelos y la teoría Mandela. El protagonista piensa dónde estará ese universo paralelo que su compañera cree que existe, y en si en ese universo las novelas son «tan solo el resultado de las personas que trataban de proyectarse en otro universo donde eran versiones más heroicas, pacientes y capaces de sí mismas». Hai afirma: «Qué aburrido ser otro de esos chicos que se quieren sacudir de encima el polvo de su pueblo que se le pega a la ropa, salir volando como la brasa de un cigarrillo lanzado hacia la noche por su madre». Aunque la memoria está llena de tristeza, prevalece la permanencia, aunque imaginan el sueño americano como una «residencia de mayores, donde el pasado solo es lo que te ha sucedido […]. ¿Cómo es que estamos tan seguros de que la perspectiva de los años vistos, la suma de las décadas, inflige tal violencia en quienes la ven —y también en sus familias— que hemos construido fortalezas enteras para ocultar esa clase de cuerpos?».
El primo de Hai, obsesionado con la guerra civil estadounidense, también lo está con la película Gettysburg. En relación a ella, menciona otra película y otra guerra, en este caso sobre Vietnam donde aparece John Wayne y donde se pasa de forma efímera por los cadáveres vietnamitas como si nunca hubieran estado ahí, igual que se pasa por encima de los esclavos, como pudo comprobar cuando visitó las casas de personajes ilustres estadounidenses del pasado, donde no había ni la mínima prueba de que hubieran existido. Estos vietnamitas o esclavos permanecieron en los márgenes de la historia pese a que sin ellos no se entendía la verdad. Por eso el narrador se pregunta por qué llenamos la vida de mentiras y de elementos superficiales y olvidamos lo profundo y lo real. Grazina y la Segunda Guerra Mundial o la invasión soviética Hai y la guerra de Vietnam, su primo y la guerra civil estadounidense. Todas son guerras, y todas contienen mentiras de las que surgen máscaras o caretas: «Solo tienen miedo de que alguien los vea y los juzgue», dice Hai. Y añade que todas las personas se cuentan historias para hacer la vida más llevadera, porque lo más cómodo es estar jodido y todos tienen miedo.
Quizás la libertad reside en ser adolescente, como Hai, o anciano, como Grazina, pues en ambas etapas se está más cerca de ser nada. Llega un momento en que, para ella, y de forma indirecta también para Hai, los recuerdos del pasado se convierten en su presente y mirar el presente se convierte en mirar atrás, y deben aprender a lidiar con ello. Por suerte, como reza la camiseta que Hai lleva debajo del uniforme de trabajo, hay «Una nueva esperanza». Esta novela nació como un ensayo en una revista en 2015, pero Vuong decidió desarrollarla en esta historia, que está dedicada a una mujer también llamada Grazina y que vivió en una época similar al personaje. Asimismo, el salto del puente está inspirado en una historia real de un hombre que, a día de hoy, según se explica, ha impedido varios centenares de suicidios en China.
Podría decirse que El emperador de Alegría se divide entre los momentos en que Hai está en casa con Grazina y cuando está en el trabajo con sus compañeros; estos últimos son a mi parecer mucho más entretenidos, y los otros, más emotivos. Es un retrato tan poético como sangrante del drama de la inmigración y la soledad de las personas en el mundo contemporáneo, condenadas al desarraigo. Asimismo, trata temas como la fragilidad del ser humano, los duelos, las ilusiones perdidas, la melancolía, la nostalgia, la compañía como refugio o la esperanza, así como la renovación o reconstrucción de uno mismo a través del hallazgo de la alegría en cualquier parte, todo ello con un lenguaje muy cuidado y poético. También encierra una crítica a las guerras y a cómo los soldados que participan en ellas son simple gasolina para el funcionamiento de los engranajes del Estado. De hecho, Hai piensa: «¿Qué es cualquier ejército sino un montón de tiradores masivos con el visto bueno del Estado y financiados con el dinero de los contribuyentes? Si lo haces como civil, te mandan a la silla eléctrica, pero si lo haces como soldado, te cuelgan un trozo de aluminio en el pecho».


