Crítica de ‘El hombre que mató a Don Quijote’

Por José Belón de Cisneros

Parece mentira, pero, el pasado uno de junio, Terry Gilliam consiguió estrenar en España su “Quijote”. Después de morirse Jean Tranchefort (su primer “caballero de la triste figura”), después de sustituirlo por John Hurt, después de que este muriera también sin acabar el rodaje, después de haber alterado el guion varias veces, de cambiar el reparto, después de haber tenido que parar el rodaje por las causas más dispares e inverosímiles, después, digo, de pasar durante veinte años un calvario semejante, Gilliam estrena su película.

Y le han dado más palos que los que recibe el famoso hidalgo en la novela de Cervantes y en el film juntos. El público no ha ido a verla, y la crítica, en general, preferiría no haberlo hecho nunca. Y yo me pregunto: ¿qué esperaban? Gilliam siempre ha destacado por construir sus historias de manera no convencional, en torno a la fusión de la realidad con la ficción, y sus protagonistas arrastran consigo a los demás personajes (y al público), introduciéndolos en sus propias fantasías cuando la realidad muestra su cara más aburrida y anodina. El espectador ideal de uno de sus films debe esperar del mismo cualquier cosa, abriéndose a las infinitas posibilidades que uno de sus trabajos puede ofrecer.

A mi entender, el problema de “El hombre que mató a Don Quijote” es el mismo que el de Moby Dick y su adaptación a la pantalla, la firmada por John Huston. Ambos films, el de Huston y el de Gilliam, no son buenas traducciones del universo de Melville y de Cervantes, respectivamente; porque para hacer justicia a unas obras tan voluminosas y tan llenas de certezas e interrogantes, habría que haber estirado la duración de ambas hasta -casi- el infinito. Ya en la película del caballero andante (espléndido Jonathan Pryce), este, esgrimiendo una traducción anglosajona de la famosa novela de Cervantes, manifiesta a Toby-Sancho (un excelente Adam Driver) que el idioma de Shakespeare es una lengua compleja y protestante, acercándose a la afirmación de Henry Miller de que el inglés no es un buen idioma para traducir una obra católica como “La divina comedia”.

Que el Quijote de Gilliam no sea el del manco de Lepanto no implica que los resultados no hayan sido satisfactorios. Lo son. Mucho más que eso. El director de “Doce monos” juega con tres dimensiones narrativas: por un lado, la asociada con el personaje -teóricamente- central, Don Quijote, que aquí no es un hidalgo llamado Alonso Quijano, sino que responde al nombre de Javier y trabaja remendando zapatos. Se vuelve loco no de leer libros de caballerías, sino al ser reclutado por Toby, director de cine sin brillo que se ve involucrado en las acciones demenciales de su actor principal. Esta reescritura del personaje de Sancho permite a Terry Gilliam no sólo añadir esa segunda dimensión de la que hablábamos, sino de incluir la tercera, consistente en las alusiones metacinematográficas del personaje de Driver que, digámoslo ya, rememoran parte del itinerario vital y artístico de Gilliam. Por eso Toby-Gilliam llama a su actriz y novia Sally, primero, y Angélica, después, invocando los nombres de los personajes interpretados, respectivamente, por Sarah Polley en su obra maestra “Las aventuras del Barón Munchausen”, y de la mujer cazadora que incorporó la británica Lena Headey en “El secreto de los hermanos Grimm”.

Toda la película avanza obedeciendo únicamente la lógica que le impone Gilliam, es decir, la de los sueños: oníricos cambios de identidad, suplantaciones, actitudes absurdas, deformaciones de algunas de las famosas peripecias quijotescas (con mención especial para la divertidísima, a la par que inquietante, escena de los pellejos de vino), referencias -que ya son ineludibles- a los cineastas que Gilliam admira (Felllini, Buñuel) y un humor que, esta vez sí, respeta la óptica impuesta por Miguel de Cervantes a su criatura más célebre, al definirle como un  delicado equilibrio que se encuentra entre la verdad y el disparate, la grandeza y lo grotesco, la ternura y la crueldad.

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