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Fruta entre la maleza

por Mario Guerrero

Hay novelas que caminan despacio, con sigilo, por la mente del lector, hasta que un final inesperado responde todas las preguntas en torno a la historia. Naranjas amargas (Tusquets, 2020) es una de ellas. Claire Fuller (Oxfordshire, 1967) dibuja en esta trama traducida al español por Victoria Alonso Blanco una compleja red de envidias y celos que pudren relaciones humanas.

Situada en la Inglaterra rural, en el verano de 1969, esta novela está protagonizada por Frances Jellico, una mujer a la que encargan escribir un informe sobre la mansión que acaba de adquirir un millonario, el señor Liebermann, tras estar muchos años abandonada. A ella se une una pareja, también encargada de inventariar los objetos artísticos y demás mobiliario: Peter y Cara.

La historia en realidad nos sitúa treinta años después de estos hechos, cuando Frances está en cama, enferma y moribunda. El párroco que entonces fue su amigo, Victor Wylde, acude a ella para incitarla a que confiese qué ocurrió durante aquel verano entre ellos tres. A ella vuelven los tórridos recuerdos de entonces, narra en primera persona una historia truculenta y devela la oscura relación triangular que hubo y que marcó el devenir de su vida.

Cuando Frances llega a la mansión, no conoce quiénes son sus vecinos y compañeros de trabajo. La primera impresión que tiene de ellos es una fuerte discusión que mantienen y que augura futuras disputas entre la pareja, además de alertarla sobre un posible desequilibrio mental en Cara por los gestos y actitudes de esta.

Portada de ‘Naranjas amargas’ / Colección Andanzas

En la primera toma de contacto con ellos, Frances se siente pequeña frente a esos dos individuos que aparentan ser excéntricos: oculta su cuerpo y sus emociones ante esos dos desconocidos. Sin embargo, con el paso de los días Peter le demuestra un cariño que ella nunca había conocido y, por otro lado, siente a Cara como su primera amiga de verdad.

Los vigila a través de una mirilla oculta, se relaciona con ambos y, por separado, obtiene de cada uno detalles de sus vidas. El lector averiguará cómo se conocieron Peter y Cara, cómo eran los padres de ella, la casa de su infancia, su hijo muerto trágicamente… siempre con desvaríos y con diferentes versiones de un mismo hecho que hacen sospechar a Frances de que la salud mental de su amiga está deteriorada. De hecho, Peter la avisa para que vigile a Cara por si esta dijera o intentara hacer alguna «tontería». Así, saldrán a la luz episodios del pasado oscuro y abrumador de la pareja.

Ellos también tienen interés en conocer la vida de Frances, que se abrirá y hablará de su pasado. Ella es una mujer soltera que ama el orden, el control y la rutina, y a la que las vidas de las parejas que ve por el pueblo le parecen lejanas. Trata de demostrarse a sí misma que es capaz, que puede gustar y atraer. Gracias a Peter y a Cara, se siente integrada en un grupo, ríe después de mucho tiempo de seriedad y comparte momentos agradables.

Un día, en un paseo por los alrededores, Cara y ella descubren un naranjo amargo. No consiguen entender cómo ha podido sobrevivir durante tantos años sin cuidado humano. Al fin y al cabo, ellos tres también sobreviven como naranjas amargas —por eso el título de la novela— a las tempestades que les ha impuesto la vida y que ahora se le presentan vívidas. Al final, un hecho inesperado marcará el desenlace de su estancia —no exenta de misterio y tensión— en la mansión.

Los fantasmas del pasado se entremezclan aquí con los que Frances parece percibir tras alguna ventana, por ruidos extraños o por movimientos de objetos. Estas visiones se unen a la carga religiosa de la novela, puesto que el catolicismo, el protestantismo y la superstición irlandesa se mezclan en la persona de Cara a los traumas del pasado y provocan una mezcla explosiva en su cabeza. Peter, al contrario de ella, se muestra escéptico y crítico con la religión por la influencia que esta tenía en la mentalidad de la gente en el momento en que se desarrolla la historia.

También aparecen en la novela otros temas como el amor, la justicia, la maternidad, la búsqueda de la libertad y la ruptura de complejos. Creer en pasados diferentes, olvidar los reales y construirse una historia paralela son los elementos que permiten sobrevivir a muchas personas. En definitiva, dibujar los recuerdos a gusto del consumidor y crear una vida que se ajuste a nuestros sueños y destruya nuestras frustraciones y fracasos.

Las intrincadas historias familiares de estos perfectos desconocidos se alargan en la narración, igual que las profusas descripciones de los espacios de la mansión —deteriorada por las pintadas y los destrozos que originó a su paso el ejército tras la segunda guerra mundial—. Así, Fuller construye una novela que, pese a su extensión, entretiene e invita a la reflexión. ¿Es mejor mentir y callar las verdades?, es una de las preguntas que surgen tras leer la novela. Cuando la culpa que llevamos a nuestra espalda es demasiado pesada, a veces nos hunde en el fango.

La autora maneja con aplomo el desarrollo de la historia hasta llevar al lector al terreno que desea. Finalmente se descubre la verdad de la historia y se atan cabos gracias a revelaciones sorprendentes. Se desbroza el camino de maleza para facilitar la comprensión de lo que ocurrió aquel verano y para dejar hueco a ese árbol del que cuelgan, pesadas y oscuras, tres naranjas amargas.

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