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Historia de un niño que un día descubrió el dolor

por Mario Guerrero

Vasconcelos tiñe de negro una novela donde el ritmo lo pone su infancia y la realidad se desdibuja en un Brasil mágico desde sus ojos infantiles.

Mi planta de naranja lima (Libros del Asteroide) se publicó por primera vez en 1968 en Brasil, tierra natal de su autor, José Mauro Vasconcelos, que nació en Bangu, un barrio más que humilde de Rio de Janeiro. De hecho, el pasado 24 de julio se cumplieron 35 años de su fallecimiento, y qué mejor que recordarlo con la que es considerada su obra magna.

La novela es una obra de imaginería envidiable en la que Vasconcelos teje la infancia de Zezé, un niño de entre cinco y seis años que es el fiel reflejo del autor. Zezé vive en un ambiente duro donde no cesa de recibir palizas e insultos y donde encuentra como mejor amigo a un pequeño árbol de naranja lima al que llama Minguinho. Por eso el subtítulo del libro reza “Historia de un niño que un día descubrió el dolor”.

La portada del libro es quizás de lo más representativo de la niñez, que es el acto de ir a la playa con un flotador, y la traducción de Carlos Manzano es sobresaliente. En todo momento la novela parece estar escrita efectivamente por un niño que sortea obstáculos para ir saliendo adelante, para evitar las humillaciones por ser hijo de una india (lo cual era un estigma en el Brasil de la época), para mantener su dignidad entre tantos golpes y para convivir con su dura infancia sin ocultar su tristeza y sus ganas de acabar con todo y, así, poner fin a su sufrimiento (recordemos que el niño tiene solo cinco años).

Esta obra comparte matices, como es de suponer, con la literatura sudamericana de la época, y leyéndola se encuentran similitudes con el realismo mágico de Gabriel García Márquez o Juan Rulfo. La novela tiene mucho jugo y podría servir para hacer un análisis minucioso del Brasil de la época, de lo que supone la más temprana infancia y la amistad, que es un tema recurrente entre el niño, el árbol y algún que otro humano al que Zezé se aferra para no caer.

Zezé se plantea qué es la amistad y qué valor tiene en él la complicidad de su amigo Valadares o del árbol de naranja lima, que supera cualquier barrera biológica y habla con Zezé como si se tratara de un igual, o al menos eso imagina el pequeño en su mente. Es una amistad nada semejante a la que se narra en libros como El último encuentro, de Sándor Márai, donde esta obtiene un cariz más dramático y solemne, ya que la amistad que persigue Zezé es más inocente y no por ello menos valiosa, quizás al contrario.

Así, entre el amor a la naturaleza y el desconsuelo de una infancia febril, Zezé nos guía por su niñez a través de multitud de diálogos y de una agilidad narrativa que hacen de esta novela la más fácil de leer que yo recuerde y que remueve el interior ante el sufrimiento del niño y la pasividad del resto.

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