El loco de Dios en el fin del mundo (Literatura Random House, 2025) es la aventura de un loco sin dios, Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), en busca del loco de Dios, el papa Francisco, en las tierras remotas de Mongolia. Cercas ha sido galardonado con numerosos premios literarios, como el Nacional de Narrativa en 2010 u otros internacionales, y es miembro de la RAE. En la introducción de este libro, él se define como ateo, anticlerical y racionalista. Sin embargo, como ser humano, se hace preguntas filosóficas y existenciales, y como escritor, decide ahondar en ellas y ponerlas por escrito. Su amor hacia su madre, de 92 años, viuda y aquejada de alzhéimer, le empuja a preguntarle al papa Francisco sobre cuestiones ultraterrenas como la resurrección de la carne, el más allá y la vida eterna. En concreto, quiere preguntarle si su madre, católica, verá a su padre después de la muerte. Ella ha entendido el fallecimiento de su marido, pero no que no vaya a volver a verlo. En alguna ocasión, ella dijo que quería mucho a sus hijos, pero que a su marido lo quería más. Por eso Cercas no ha conocido otro amor tan obsesivo.

La publicación de este libro fue paralela al fallecimiento del papa Francisco y a la elección de León XIV. Sin embargo, su historia comienza el 21 de mayo de 2023, cuando Cercas está en el Salone del Libro de Turín y recibe la visita de un miembro del Vaticano. Este le anuncia que en agosto el papa Francisco viajará a Mongolia y habían pensado en él para que escribiera sobre ese viaje, sobre la Iglesia y sobre el papa. Cercas se extraña, pues, aun habiendo nacido y crecido en un país, una familia y un colegio católicos, él no se identifica como tal. ¿Puede alguien con una vida, una infancia y una educación católicas, un bagaje católico, en definitiva, ser ateo? Precisamente, el Vaticano no quería que lo escribiera «uno de los suyos». Este emisario le da libertad y le promete hacer lo posible para que pueda hablar directamente con el papa, aunque sean cinco minutos, y pueda preguntarle sobre el reencuentro de sus padres en el más allá. Si consigue preguntarle al papa sobre ello, el libro habrá valido la pena.
La obra está dividida en tres partes: «En busca de Bergoglio», «Los soldados de Bergoglio» y «El secreto de Bergoglio». Se trata de una mezcla de crónica, ensayo, biografía y autobiografía, aunque Cercas reconoce que no es periodista y por tanto no ha escrito ninguna crónica de viaje nunca. Contiene un conocimiento apabullante y una vasta documentación en torno a la vida y el trabajo en el Vaticano. Al inicio del capítulo cinco, él admite: «Soy escritor porque perdí la fe». Asegura que la lectura de San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno, marcó un antes y un después en él como lector y como persona. Desde ese momento, la literatura se convirtió en un sucedáneo de la religión: se lanzó a ella en busca de la fe perdida, las certezas y el sosiego, más propios de la religión. Sin embargo, se dio cuenta de que la literatura precisamente proporciona más preguntas e inquietudes que respuestas.
La literatura es útil cuando no se propone serlo, según dice Cercas, porque si se lo propone, se convierte en propaganda. Karl Marx decía que la religión es el opio del pueblo, pero no es el opio del autor, como sí lo es la literatura. Él escribió este libro para entender la Iglesia y su «amalgama inextricable de maldades y bondades, de crímenes y santidad, que la cultura occidental es inseparable de ella y que ignorarla no es un lujo sino un error, porque estamos amasados con ella». Por eso también es un libro sobre la escritura, aunque en consonancia con los motivos que empujan a ella: la angustia existencial y la ausencia de Dios. Si un libro sobre el papa no es escandaloso, no es un libro sobre el papa. ¿Y si el hombre en realidad cree en Dios solo porque quiere creer en la inmortalidad? A través de este libro, Cercas también enfrenta sus creencias (o, más bien, su descreencia). Siempre queda el temor ante la posibilidad de que este libro se convierta en un blanqueamiento de la Iglesia ante sus polémicas, sus silencios o su visión retrógrada en determinadas cuestiones. Cercas muestra aquí las dos caras de la Iglesia: la de los casos de pederastia o guerras santas y asesinatos intolerantes y la de los misioneros y la ayuda.
El papa Francisco era quizás el más apropiado para un libro como este, pues era cercano y fue conocido como el papa del pueblo. Asimismo, fue el primer papa latinoamericano, el primer papa jesuita y el primer papa llamado Francisco. Su primera visita como sumo pontífice fue a Lampedusa, donde dio muestra de lo que iba a ser su papado. Francisco no viajó a los grandes países católicos, como España, y tampoco a su país natal, Argentina. «Este papa quiere ir a donde nadie quiere ir», le dice el emisario a Cercas. Sí viajó a países de la periferia como Mongolia, una nación budista de tres millones de habitantes donde hay unos 1500 católicos y cuya densidad de población es de 1,8 habitantes por kilómetro cuadrado, solo más que Groenlandia y Sáhara Oriental. Además, es un país encajonado entre dos potencias, Rusia y China, pero con poco o nulo interés por sí mismo, y aquejado por el aislamiento y las condiciones extremas: Ulán Bator es la capital más fría del mundo, con inviernos de -40 ºC, según Cercas, y la capital del mundo más alejada del mar.
Su viaje a Mongolia puede resultar extraño, pero era la norma para él, el papa de las periferias. Tanto que en su primer discurso en el balcón de la basílica de San Pedro dijo: «Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo [al futuro papa] casi al fin del mundo». Mongolia fue un imperio que conquistó parte del globo y tiene mucha historia. Y cuando el papá va de viaje a un lugar, no va solo a ese lugar, sino también por los países que mantienen relación con él porque se encuentran geográficamente cerca. Por tanto, cuando el papa viaja a Mongolia, también tiene los ojos puestos en Rusia y su reciente invasión a Ucrania y en China, que es el territorio inexpugnable para los jesuitas a lo largo de la historia. Hay que entender a Mongolia, sobre todo antes del nacimiento de Gengis Kan, como un grupo de tribus que este guerrero consiguió reunir para convertirse en «la más perfeccionada máquina de guerra nunca vista», según Robert Marshall; un imperio que llegó desde Mongolia hasta Hungría y que durante vida de Gengis Kan prosperó mucho, pero que tras su muerte se desinfló hasta limitarse a las estepas mongolas de donde habían salido.
El Vaticano es la única teocracia del mundo y la Iglesia es una monarquía absoluta que concentra múltiples poderes. «La Iglesia no está hecha para los fuertes, sino para los débiles; porque Dios es el nombre que damos a nuestra debilidad», se dice. Sin embargo, el papa Francisco no pudo imponer y cambiar todas las cosas que le habría gustado. Cuando fue elegido papa, Bergoglio dijo que aceptaba, «aunque soy un gran pecador». Cercas se pregunta cómo puede ser el papa un gran pecador. También abre el debate sobre si Francisco es un papa de derechas o de izquierdas y, mientras lo responde, aclara que es un líder religioso y político cuya forma de ver el mundo está marcada a su vez por hitos religiosos y políticos: el Concilio Vaticano II, las revueltas latinoamericanas de los años sesenta y setenta o el peronismo. En definitiva, es un ser humano mínimamente complejo que, como tal, no puede catalogarse en una u otra parte, pues contiene matices, contradicciones, cambios y evolución a lo largo de su vida.
En agosto de 2023, cuando viajan a Mongolia, el papa tenía 86 años, acababa de ser operado, se iba a enfrentar al calor del verano en el Vaticano y en Mongolia, no tan agresivo, y venía de estar una semana ingresado en el hospital. Por eso ya había quien hablaba de qué pasaría después de Francisco. Por lo pronto, emprenden el viaje a Mongolia, que Cercas narra en forma de diario. Empieza el 29 de agosto, cuando aún está en Roma, adonde ha ido para volar con la delegación de periodistas y en el avión papal y también para entrevistar a miembros del equipo del papa o personas satélites del Vaticano. Una de las cosas que sorprenden al autor es que, en el espacio público, el discurso que el papa hace por donde pasa se centra en los temas que interesan, como la pobreza, la inmigración o las desigualdades, pero no habla a priori de temas religiosos, como si pretendiera evitarlos y llegar a las clases sociales más desfavorecidas y al mismo tiempo a las personas no creyentes, aunque eludiendo el tema principal, que es la religión.
El papa Francisco no actuaba según lo previsto, ni siquiera según lo que él decidía, sino según lo que sentía, lo que discernía a través de sus plegarias y de lo que penetraba en su espiritualidad. De hecho, una de las personas más cercanas a él dice: «Una vez, al empezar su papado, le pregunté: “¿Usted quiere llevar a cabo la reforma de la Iglesia?”. Y él me miró fijamente y me dijo: “No, yo lo que quiero es poner a Cristo en el centro de la Iglesia. Luego será él quien haga las reformas”». Fue criticado por algunos por marxista y por otros por conservador, pero Cercas asegura que es poliédrico e incómodo para todos. El papa rechaza una lectura ideológica de la Teología de la Liberación o del Evangelio y no se agarra a un discurso repetitivo o perenne, sino a uno actual y comprometido con las necesidades de su época. Un papa que actuaba con lógica espiritual y con coherencia y que al mismo tiempo improvisaba bien.
Flannery O’Connor decía: «Creer es más difícil que no creer». Y la fe no es fácil, o no debe serlo. La razón está para purificarla, no para fortalecerla ni para debilitarla, según se dice. Quienes purifican la razón y resisten en su fe son los misioneros, los verdaderos locos de Dios, que a veces se pierden durante décadas en parajes remotos para ayudar a los desfavorecidos, arriesgando sus vidas y en ocasiones perdiéndola, como el caso de Annalena Tonelli. «Amar significa descubrir las partes de locura que hay en todos nosotros», reza un cartel en el hotel de Roma donde Cercas se aloja. Y quizás el amor es lo más importante entre los locos que pueblan este libro. Estos locos de Dios piensan que el católico debe convencer con el ejemplo y no con el proselitismo. El padre Ernesto, residente en Mongolia, dice que dicho país tiene 70 millones de animales, veinte veces más que personas. Y llama la atención la cantidad de misioneros o religiosos procedentes de Corea del Sur que hay allí.
El papa Francisco también quiso ser misionero y dice que para serlo es necesaria «la locura de la fe, la locura de la cruz, la locura del anuncio del Evangelio». Y Cercas completa: «Para Bergoglio, un cristiano que no es de algún modo un misionero no es un cristiano». Para los misioneros, Asia tiene más dificultad que Latinoamérica o África, pero algunos consideran que es una ventaja, ya que en Asia te la tienes que jugar, tienes que renovarte y reinventarte. Las dificultades son buenas porque te obligan a dar lo mejor de ti, mientras que en Italia quizás, ante las facilidades, hay gente cansada y sin ilusión. El padre Giovanni, por ejemplo, es un misionero muy crítico con la Iglesia, al menos con la que actúa desde Roma, esa que no pisa la calle, y critica su pereza, su falta de valentía y de sacrificio y su ombliguismo.
En 2001, Francisco ya era cardenal. Tras el fallecimiento de Juan Pablo II, en 2005, Francisco tuvo la oportunidad de ser papa, y obtuvo cuarenta votos, pero quedó segundo. Algunos pensaron, quizás el propio Francisco también, que había perdido su mejor oportunidad para ser papa. Sin embargo, en 2013 lo consiguió, con 76 años, pese a que había quien consideraba que ya era mayor para el puesto. Desde entonces, tuvo que lidiar con asperezas y rivalidades. No debemos olvidarnos del poder de la Curia romana, que él no representa, por eso lo votaron, para alejarse de ella. Brunelli, una persona cercana a Francisco, dice algo impactante: «En el Vaticano, un grupo de sacerdotes se reunía cada semana para rezar por la muerte del papa».
Uno de los temas fundamentales que se tratan en este libro es por qué la gente ya no va a la iglesia. Brunelli dice que se debe a que no encuentran nada interesante, ni siquiera a personas como el papa Francisco, y no identifican «el cristianismo con una experiencia humanamente interesante, hermosa, rica, sino con una serie de preceptos, de normas…». Además, el lenguaje con que se comunica el catolicismo es alambicado y requiere una renovación lingüística urgente. Para colmo, da la impresión de que las informaciones religiosas interesan cada vez menos, quizás es lo que se interpreta en Occidente. Cuando el papa sale en los medios, es sobre todo por motivos de política, escándalos o salud, como dice un personaje.
En su viaje a Mongolia, el papa Francisco se reúne con el monje budista más antiguo del país. En 1924, cuando se instauró el comunismo en Mongolia, cuenta Cercas, había 100.000 monjes budistas. En 1990, cuando cayó el comunismo, quedaban 110. En el país hay unos 60.000 cristianos, según el padre Ernesto, que vive allí, pero más de la mitad de estos son protestantes. También está el chamanismo, que es la religión más antigua del mundo. Cabe destacar que la Iglesia católica no está reconocida como tal en Mongolia y su estructura es costosa e incipiente. Una mongola católica le dice a Cercas que los católicos predican con el ejemplo, mientras que los protestantes son más competitivos y hacen proselitismo. «En Mongolia nadie va diciendo por ahí que es cristiano, es algo que se esconde», reconoce, aunque ella no lo hace. Otro mongol católico opina que en su país la mayoría son budistas, pero no se toman en serio la religión, a diferencia de los católicos.
Francisco fue el primer papa de la historia que visitó Mongolia, y celebra la primera misa en un lugar público en los treinta y un años de la Iglesia católica presente en el país. Allí, Cercas pregunta a varios católicos sobre la vida eterna y la resurrección de la carne. Hay quien duda de su vocación o la utilidad de su misión, pero ninguno parece dudar de su fe. El último día en Mongolia, el autor habla con Antonio Pelayo, famoso reportero español, quien le dice que al papa le quedarán tres o cuatro años; no llegará a dos, pues fallecerá en abril de 2025. También hablan del jubileo de 2025, que Francisco no vivirá, pues fallece muy poco antes. O sobre Luis Antonio Tagle, un candidato a papa que era el responsable de los misioneros de la Iglesia. Pelayo no cree que Tagle salga papa, pues lo considera joven y a la Iglesia no le interesan papados largos. Sin embargo, es tan solo dos años menor que León XIV, el que sería elegido papa. Sin duda, la visita de Francisco a Mongolia es un viaje pastoral, pero también es una demostración de su interés por Asia (y China sobre todo). De hecho, muchos católicos chinos asistieron a la visita del papa en el país vecino, aunque ocultos, por miedo a que su gobierno pudiera identificarlos.
Cercas se pregunta si el papa Francisco y Jorge Mario Bergoglio son la misma persona o si el primero es un personaje o una máscara del segundo, puesto que a veces salen a relucir fallas humanas en él. Según se dice, el peor momento de Francisco se produjo cuando «justificó sin quererlo» el atentado contra Charlie Hebdo. Sin embargo, durante su papado también han cambiado muchos conceptos. Por ejemplo, con él, no ser creyente ya no es pecado. También buscó una Iglesia más horizontal y menos vertical e invitó a una reflexión sobre el papel de la mujer y su presencia en los puestos de poder. En Europa, o en Occidente, aunque la gente no vaya a la iglesia, sigue buscando un camino, un consuelo o un aliento espiritual, sobre todo los jóvenes, en los momentos duros y precarios. Quizás Francisco lo interpretó bien para acercar la Iglesia a ellos y hacerla menos institucional.
Todos los imperios de la historia han terminado cayendo, excepto la Iglesia católica, que sigue en pie dos mil años después. Sin embargo, no por ello se ha librado del culto al líder, de la papolatría o adoración al papa. Francisco se mostró como una persona corriente y humana. Quizás fue determinante el ostracismo que sufrió dos años en Argentina y el rescate del arzobispo de Buenos Aires, quien lo nombró su obispo auxiliar. Ahí comenzó una transformación en él, sobre todo en cuanto a su personalidad. Cercas se adentra en los periodos de su vida para humanizar al sucesor de san Pedro. A través de la religión, la creencia en la vida eterna y la resurrección de la carne suponen una rebelión contra la muerte, una negación rotunda de la misma. Por otro lado, el autor reflexiona acerca de la ética cristiana y la ética atea, en contraposición. Dice que la ética atea «es superior a la cristiana, pero también mucho más exigente que ella», ya que actúa bien porque es mejor que actuar mal, y no por un premio del más allá, como se entiende que hace la ética cristiana. A no ser, claro está, que el cristiano actúe bien por el mero hecho de hacerlo y no por el premio que se le promete si lo hace.
El loco de Dios en el fin del mundo abarca desde la propuesta íntima y familiar, en la cuestión de la madre del autor, hasta la global, en relación al Vaticano, que le abre las puertas por primera vez a un escritor, además de su viaje a Mongolia y la aparición de temas como la fe, el espíritu, el sentido de la vida, el papel de las religiones en la historia y en el mundo contemporáneo, el constantinismo (la unión o relación entre religión y poder político, más presente en América que en Europa), la relación entre la fe y la razón, el abuso de poder, la moral sexual, el laicismo, el celibato o la relación entre iglesia y sexo, «complicada», «tan poco saludable […], tan retorcida […], tan perversa».
Alrededor de las preguntas existenciales se mueven «el anhelo de seguir viviendo, la fobia a la muerte y el ansia de inmortalidad» de los seres humanos, y otros temas como la fuerza, fortaleza o resistencia de la fe que tienen los religiosos. También se habla sobre el clericalismo, sus consecuencias de superioridad y su estrecha relación con algunos regímenes autoritarios o la Iglesia condenatoria que al parecer Francisco consiguió revertir. Se trata de una crónica sobre la personalidad y el ideario de Francisco desde el Vaticano, su prelado, su influencia, sus decisiones y otros aspectos de la Iglesia católica. La respuesta del papa a la pregunta del autor me parece algo floja para lo sublime que es toda la narración, pero eso no evita que se convierta en mi libro favorito en lo que llevamos de año.
Esta locura de libro, con dos locos protagonistas, desgrana en sus páginas con entusiasmo y el celo de un entomólogo las vísceras de la Iglesia durante y antes del papado de Francisco. Su disección se hace nítida ante la cantidad de reflexiones que plantea y deja más preguntas que respuestas. Quizás solo haya un precedente de algo parecido, un libro de Dino Buzzati sobre un viaje del papa Pablo VI a Tierra Santa. Cercas imprime humor al hablar a veces de la Iglesia, que sirve para romper la solemnidad, igual que no esconde la ironía, el sarcasmo ni la crítica, ya sea a la Iglesia o al papa, cuando la considera pertinente. Incluye multitud de diálogos y reflexiones intelectuales y metafísicas, pero también personales e íntimas, dependiendo del interlocutor, y media docena de fotografías suyas con el papa en dos momentos diferentes. Quizá podría haber añadido alguna más sin molestar la narración, en mi opinión.


