Oni. Crimen real en el Japón contemporáneo (Satori, 2024) trata quince crímenes ocurridos entre los años ochenta y la actualidad en el país nipón recogidos y analizados desde una perspectiva psicológica, criminológica y cultural por Javiera Vega Tapias (Chile). Este libro de true crime recibe el título por la figura del Oni en la mitología japonesa, un «ogro violento con una clara tendencia a la violencia y al canibalismo», pero que puede ser entendido como una figura incomprendida. En estos casos, el lector advierte un comportamiento humano exento de moral o lleno de crueldad, y sus protagonistas son seres excluidos de la sociedad, inadaptados, con trastornos mentales, con malformaciones, ignorados por su familia, con carencias emocionales o con la vida y la mente rotas por sus circunstancias.

Japón es, junto a Reino Unido, al menos hasta finales de 2024, el único país del mundo con un Ministerio de la Soledad, una epidemia avanzada. Al mismo tiempo, es uno de los países con mayor esperanza de vida y con una población muy mayor. Sin embargo, si hay un dato que cabe destacar con respecto a este libro es el siguiente: según el Global Peace Index, Japón ocupa el décimo lugar del mundo, lo que indica que es un país muy muy seguro, pero no exento de que sucedan en él crímenes como los que aquí se detallan. Frente a toda la documentación sobre crímenes en Occidente, este libro arroja luz sobre la actualidad criminalística de Japón, una opción muy interesante porque a veces no se puede acceder a información así debido a los prejuicios exóticos o a la barrera idiomática.
Una reflexión interesante es si el ser humano es bueno por naturaleza, si nos dejamos influir —nuestras acciones, nuestras moral—, si hay algo que nos corrompe y si podemos desarrollar ese mal o viene congénito. «El humano no es inherentemente bueno ni malo, sino que tiene el potencial desde un inicio para desarrollar ambas facetas de su personalidad», dice la autora en la introducción. Por tanto, podría decirse que no hay blancos ni negros, sino una amplia gama de grises. «Hay momentos de maldad en el mundo que carecen de sentido y lógica», escribe la autora. En diferentes capítulos se hace referencia a «la oscuridad del corazón» como un concepto abstracto que podría explicar estos crímenes.
El primer caso expuesto es el del conocido como «asesino otaku», un hombre que mató y abusó de cinco niñas en 1989. Cabe destacar que la palabra «otaku» tiene connotaciones negativas en la sociedad japonesa, cuya enseñanza, disciplina y exigencia deben tenerse en cuenta para analizar estos crímenes. Luego, se habla de un usuario de Twitter que incitaba a otros a suicidarse: los convencía de que fueran a su casa para cometerlo juntos pero finalmente era él quien acababa con sus vidas aunque se arrepintieran al final.
En estos casos, el lector puede encontrar condenas a muerte, aunque la justicia japonesa también impone a veces condenas irrisorias para casos muy crueles y hay polémica por la ley de menores del código penal japonés; mala relación con los progenitores; crímenes bárbaros y alejados de la meticulosidad, dominados por la mente primitiva y no calculadora de personajes bestiales, animales. Asimismo, hay asesinos adolescentes y rehabilitados que vuelven a delinquir de adultos porque su experiencia con la ley tiene menos influencia que la conducta antisocial que les empujó a cometer el asesinato. No faltan los crímenes cometidos por mentalidad de grupo, los secuestros físicos y mentales, los hombres reservados y callados incapaces de expresar sus sentimientos, el canibalismo o el asesinato de animales.
También hay casos en que se busca un cabeza de turco, como puede ser una afición, un libro, una película o un videojuego. Sin embargo, la autora desmiente que estos sean realmente el punto de partida que empuje al criminal a actuar, pues hay algo mucho más profundo para explicar el comportamiento de alguien, aunque lo más sencillo sea culpar a otra cosa. «Es posible que la ficción [libro, película, videojuego…] realmente tenga cierto nivel de injerencia al promover e inspirar determinados sentimientos negativos, pero eso no quiere decir que obligue al consumidor a hacer algo que no tenga ya la iniciativa de hacer». Por otro lado, en uno de los capítulos, la autora afirma que el ciberespacio, debido a su anonimato, hace que las personas sean más crueles ahí que en el mundo real.
Cada vez que se comete un crimen, se habla mucho, y con razón, de víctima y victimario, pero ¿qué ocurre con ambas familias? ¿Qué consecuencias tiene para ellas? La familia de una de las víctimas de estos crímenes declaró, tiempo después de los hechos, que padecía problemas de salud desde entonces. El padre de dos víctimas perdió la vista por diabetes, sufrió un aneurisma y se le descubrió un cáncer rectal, por ejemplo. Asimismo, las familias sufren los ataques de la prensa y de la opinión pública o la deshumanización de la víctima. Hay matrimonios que se rompen, amistades que se separan, trabajos que se pierden o vidas que se hacen insostenibles y suicidios que se cometen por no poder soportar lo que otros han hecho.
Muchos de estos casos se cometen en contra de niños. Hay que tener en cuenta lo que dice la autora, y es que en Japón, se enseña a los niños desde pequeños a ser independientes y su seguridad se considera una responsabilidad colectiva. Existe incluso la teoría de que algunas víctimas fueron secuestradas por Corea del Norte, como luego el gobierno japonés reconoció que había ocurrido con al menos diecisiete personas. Otros casos están relacionados con sectas que siembran la semilla del mal en sus miembros y los controlan o personajes que, sin que sirva de justificación, padecieron soledad y miedo en su infancia que derivó en odio y resentimiento y atentaron contra la vida de otros.
Tras la lectura de estos casos, el lector se pregunta si muchos podrían haberse evitado, al menos aquellos que cometieron los que ya habían sido condenados y luego rehabilitados. Para colmo, hechos como la corrupción policial, la dejación de funciones, la omisión de socorro o la desatención ante las llamadas de auxilio de algún denunciante provocaron críticas contra las fuerzas de seguridad. Además, hubo criminales que recibieron fama y agasajos y se beneficiaron del interés incomprensible y amoral de la gente. Por eso la autora se pregunta «si hay algo inherente en nosotros que tienda a glorificar a personas cuyo mérito es matar a otro ser humano para satisfacer sus deseos».
Entre estos quince casos, solo cuatro fueron cometidos por mujeres. Algunos de ellos tuvieron como objetivo llamar la atención en lugar de querer matar, mientras que otros conmocionaron tanto a la sociedad japonesa que todo el país se sintió inseguro durante mucho tiempo. El caso que más víctimas se cobró fue el último del libro, un incendio y asesinato en unos estudios de animación en el que murieron treinta y seis personas. La autora aplica en todo momento una perspectiva académica que el autor agradece porque se adentra con más facilidad en ellos, resultando así en un libro muy interesante y reflexivo.


