Xerox (Bunker Books, 2025, con traducción al castellano de Maria Rosich Andreu) es la primera novela de Fien Veldman (Países Bajos, 1990), más experimentada en el mundo del ensayo, donde incluso ha sido premiada en varias ocasiones. La narradora y protagonista es una oficinista con una vida aburrida, monótona, mecánica… tanto que su mejor amiga es la impresora de su trabajo, al lado de la cual pasa sus interminables jornadas laborales. Además de amiga, hace de su impresora su casa, su pareja y su confesor, y establece con ella un vínculo fuerte. Sin embargo, la impresora, como máquina que es, falla, y la narradora, que depende emocionalmente de ella, se hunde. Ante este abatimiento, su jefe decide enviarla a casa y alejarla de la que hasta entonces había sido su más fiel compañera.

La novela comienza con la narradora caminando por su ciudad, que está infestada de turistas, hace demasiado calor para la época del año que es, los contenedores están tan a rebosar que no puede caminar por la acera, los coches tocan el claxon sin cesar y la gente ya apenas habla neerlandés porque el inglés lo ha abarcado todo. Para colmo, la ciudad apesta a basura porque está cerca de la planta de tratamiento de residuos más grande de Europa occidental. Se trata de una ciudad preparada para la inseguridad, pues tiene parterres para evitar que los coches embistan, como ha ocurrido en otras ciudades europeas, donde el odio se propaga como un virus, según dice, y todo parece caótico, excepto cuando entra a su zona de confort, que es la oficina, donde goza del silencio y la compañía de su impresora.
La narradora llama a sus compañeros de trabajo según el departamento de cada cual, despersonalizándolos, mientras que personifica a las máquinas como su impresora, puesto que a ella le cuesta empatizar con la especie a la que pertenece. Su situación laboral es angustiosa, ya que considera que su trabajo es demasiado monótono y quizás sustituible por un robot o por la IA. Una vez, en mitad de la calle, se vio asaltada por un ataque repentino y tuvo que tumbarse. Al parecer, le dijeron que era alergia al esfuerzo o al estrés. Ella reconoce que no es fuerte y que más le vale ser lista, que para ella es lo antagónico de amable, porque «en el mundo real, el mundo de los negocios y los conflictos y las tertulias televisivas, los amables son aplastados». Así expone la animalidad de la sociedad actual y la marginalidad de la bondad, con las que ella no se identifica.
Cuando la historia comienza, la impresora ya ha dado indicios de romperse, pues cada ocho folios que imprime, surge un error en el aparato. Mientras la impresora trabaja, la narradora piensa, y sus pensamientos se reflejan en cursiva en la obra, mientras que la acción lo hace en letra redonda. Así, el lector conoce su pasado, sus recuerdos, su sentimiento de inferioridad o aspectos familiares, como que sus padres están divorciados, que se avergüenza de su familia, que no le gustan las salidas con sus compañeros de trabajo o que es de clase baja. Es como introducirse en su cabeza atormentada, que se pregunta todo, atenta a su entorno, siempre alerta, con malestar en el cuerpo cuando no está sola con su impresora. Cuando cambian de lugar el aparato, este deja una marca en el escritorio, igual que la narradora deja una marca de sudor en la sábana cuando se levanta por la mañana, como si fueran una misma máquina y dejaran el mismo rastro.
El nudo de las primeras páginas transcurre durante la búsqueda de un paquete que no aparece y cuya responsable es la narradora. Su ansiedad crece cuando piensa que en la empresa le van a pedir responsabilidades por él. El paradero de dicho paquete, una acusación falsa de su jefe y la recomendación de que se tome un tiempo y el inicio del fallo de la impresora parecen formar un complot para que la narradora caiga en un pozo de angustia. Por si fuera poco, un día, sale de casa a tirar la basura y a la vuelta encuentra una nota en su puerta. Piensa en quién puede ser, quizás el conserje, que se mimetiza con el edificio hasta ser uno, como la narradora y su impresora. Ella defiende el vínculo que tiene con dicho aparato y critica que la gente ya no quiera vínculos ni con otras personas. De hecho, ella le confiesa sus miedos, sus preocupaciones y sus deseos.
La narradora llegó a esa ciudad para empezar de nuevo, pero reconoce que nunca te liberas de tu carga, siempre la arrastras, porque la arcilla de la que estás hecho se ha secado y ya no se puede moldear. No solo no se identifica con el resto de personas, sino que se ve anodina, el mundo exterior le es hostil, todo le resulta ajeno y nota que el mundo en general se mueve más rápido que ella. Siempre ha rechazado la frase «la vida solo tiene interés si puedes compartirla con alguien». Sin embargo, si no puede estar con su impresora, se siente así. No tiene aspiraciones ni metas, solo existir, pero junto a su impresora, claro. Afirma que la vida eterna carece de sentido y que quienes aspiran a ella deben estar conformes con una existencia sin alma.
La tercera parte es un monólogo de la impresora, que reconoce que le gusta ser útil porque a todo el mundo le gusta serlo: «Es la base de cualquier compromiso con otra persona, de cualquier relación auténtica». Asimismo, afirma que el trabajo rítmico y monótono es espiritual porque incita a la contemplación y a la reflexión y deja que la mente vuele libre para que nazcan ideas, pensamientos, poesía, música… Esa es la ventaja del trabajo repetitivo: «El ser humano se sobreestima a sí mismo y su propia importancia, y también lo hace la psique del empleado. Es el único modo de que acuda a trabajar todos los días». La impresora también opina sobre la narradora, a la que le nota carencias y a la que define como alguien que tiene la sensación de que hay quien le proteja. De hecho, aunque las aspiraciones vitales de la narradora son nulas, la impresora aboga por que «la vida sea algo más que mera supervivencia. Quiero vivir como quien persigue una burbuja, un juego en una plaza», y por tanto parece poseer más instinto y proyectos que la propia humana.
El final de la novela se desarrolla durante el inicio del otoño, que es cuando la narradora dice que el verano toca a su fin y los primeros árboles pierden las hojas, quizás coincidiendo con la estación emocional y vital que ella misma atraviesa. Una época que, dice, cada año ocurre antes porque el verano y el calor aceleran el proceso de deshidratación, lo que también invita a pensar en un paralelismo con la transformación cada vez más rápida de la digitalización, la entrada de nuevas tecnologías y máquinas en los procesos productivos y las rutinas de las personas. La narradora no dice su nombre en ningún momento, sino que usa [Mi nombre] para dirigirse a sí misma, por lo que ella misma parece haber evolucionado a chatbot. Además, no se reconoce en su foto de niña ni de adolescente porque entonces, dice, era más atrevida, y ahora, sin embargo, tiene más miedos, quizás por la edad.
En Xerox, la autora intenta una estrategia mediante la cual la historia de base sea una excusa de la que partir para incluir reflexiones, que es su verdadero cometido. Sin embargo, dudo que lo haga con éxito. En estas páginas, Veldman quiere dar voz en primera persona tanto a la mujer como al objeto (oh, espera, esa combinación me lleva a hablar de la cosificación de la mujer, que la protagonista critica) para que sean ellos los que se expresen, pero se va por las ramas y la poca concreción de la trama le pasa factura, en mi opinión. La narradora rechaza la idea de causa y efecto y anima a cuestionarse el porqué de las cosas y si surgen independientemente de otras. Asimismo, critica el patriarcado y ensalza la unión solidaria y necesaria entre mujeres. La narradora deja traslucir un pasado traumático y doloroso, pero solo se desvelan píldoras. Por otro lado, está el dilema sobre si el trabajo es todo en la vida y su ausencia la deja vacía o si el no trabajo es positivo y deja tiempo libre. La ruptura de la impresora es un símbolo de la ruptura de la narradora, que queda desarmada, y por eso esta es una de las relaciones persona-máquina o personificaciones de aparatos en la literatura que más realista me ha parecido.
Esta novela es una nueva muestra de corte absurdo de esta editorial, pero a través de la cual se intenta aportar una visión realista y crítica de la realidad. Su historia es ingeniosa y original y contiene humor, además de reflexiones sobre multitud de temas. El núcleo es la relación de la sociedad con el trabajo, como entes que trabajan u Homo laborens. En sus páginas, la rutina y el trabajo se erigen como las fortalezas de muchas personas, pero también se tratan asuntos como el trabajo de cara al público o, lo que yo también considero como tal, que es de cara a un buzón de correo electrónico, donde debes lidiar con multitud de personalidades diferentes y mostrarte siempre amable y servicial. Por suerte, la autora imprime ironía en el existencialismo o las fatalidades de la narradora. También aborda el tema de los compañeros de trabajo, a los que vemos casi todos los días y a los que, sin embargo, no conocemos bien.
Xerox es un artefacto cuyas reflexiones giran en torno a la vida, la existencia, el tiempo, el carácter humano, el capitalismo, la marginalidad y la soledad. Todo ello, junto a las referencias a la mitología, me parece interesante y sin ínfulas, por lo que se agradece. La narradora busca la humanidad en aquello que no posee aspecto ni actitudes humanas y reconoce la dificultad para socializar, conectar, fidelizar y perdurar relaciones en el mundo actual. Además, critica la sociedad actual, individualista y apegada a las máquinas y a las tecnologías, pero, paradójicamente, más desconectada que nunca, así como la dejadez de las instituciones hacia el idioma neerlandés incluso en su propio país, una realidad que para el lector español es desconocida y que resulta curioso leer aquí. La historia contiene un tono de desencanto y resignación y no incluye giros imprevistos de última hora. El final se prevé, y no es feliz, algo que me ha impresionado para bien. Tiene una puntuación baja en Goodreads, pero a mí me ha gustado más de lo esperado.


