La moneda de Carver - Crítica literaria - Nostromo Magazine
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Los ausentes

por Mario Guerrero

La literatura no nos hace mejores ni tampoco felices. Los ocho relatos que componen La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020) así parecen asegurarlo. Su autor, Javier Morales (Plasencia, 1968), ha escrito un conjunto de cuentos que son un homenaje a aquellos escritores que murieron demasiado jóvenes, algunos en el momento álgido de su trayectoria literaria, como Raymond Carver.

Los relatos de este volumen parecen independientes, pero muchos de ellos están protagonizados por Samuel. Su personaje comprende una evolución desde los primeros relatos, donde es un niño que ayuda a su padre en el trabajo, hasta la madurez, donde es un adulto leído y admirador de algunos escritores que se ausentaron demasiado pronto.

Entre estos relatos, el lector viaja de la mano de Samuel, un álter ego de Morales, por su infancia en una familia de clase humilde en Extremadura y por el paso a la edad adulta. Visita el mundo rural en que este vive y también observa sus intereses. Samuel parece querer huir o abandonar las costumbres de su pueblo, y al mismo tiempo admira el trabajo de su padre cuando lo acompaña a trabajar la tierra.

Portada ‘La moneda de Carver’ / Reino de Cornelia

El autor trata en estos relatos temas como la familia, la pesadez de vivir, el paso del tiempo o la responsabilidad para con los hijos. También plantea algunos asuntos morales como el bien, el mal y el concepto de justicia. Todos ellos forjan a unos personajes en constante evolución y búsqueda de sí mismos. La figura del padre sobresale en algunos de ellos, pero sobre todo destaca Samuel, un niño amante de la lectura que construye su vida en torno a ella.

Samuel descubre el mundo a través de las personas que le rodean, con las que se cruza y a las que lee. Viaja durante su juventud, cuando el futuro y la angustia del porvenir aún no existen, con los muertos retratados en páginas amarillas.

Se advierte mucho de la experiencia personal del autor en estos relatos, ya que Morales es profesor de escritura creativa, al igual que uno de los personajes. El lector reconoce la esencia del ser humano y la filosofía intrínseca en las páginas de este libro. Morales teje una red de nombres y ciudades que no se deshace a lo largo de este viaje literario. Desde Samuel hasta Raymond Carver, pasando por Ángel Campos Pámpano y José Antonio Gabriel y Galán, y desde Extremadura hasta Port Angeles pasando por Lisboa y Montparnasse.

La fascinación por la poesía de Samuel se hace palpable en cada página. El autor parece esconder señales literarias que se entrelazan con la vida de los personajes de los relatos. Uno de ellos está protagonizado por una mujer que pasea un perro y que está escribiendo, paradójicamente, un relato en torno a La dama del perrito, de Chéjov. Una mujer que, por cierto, ha de escribir el relato en segunda persona para una escuela de escritores. El relato que ella protagoniza está escrito, en efecto, en segunda persona, y su profesor de escritura se llama Javier, como el autor.

Los perfiles de los personajes de los relatos son diferentes. Aparentemente, Morales no los obtiene del mismo molde, sino que juega con la variedad, y también con las metáforas que inundan cada cuento. Se trata, en definitiva, de un volumen breve de historias sugerentes y cuya lectura es facilísima. En este libro no sería necesario preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de escribir relatos, porque este sería un buen ejemplo.

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