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Temblar ante la depresión

por Mario Guerrero

En el estribillo de Speed trials, Elliott Smith habla de una sonrisa breve, sucinta, casi imperceptible, que cruza algún rostro. Quizá en el de Andrea Pomella (Roma, 1973) se dibujara esta sonrisa después de escribir El hombre que tiembla (Altamarea, 2020), un libro traducido al español por Carlos Clavería Laguarda donde el autor italiano desnuda sus emociones y se libera a través de la escritura de la depresión que le ha atenazado durante gran parte de su vida.

Ganador del Premio Napoli 2019, el libro sitúa a este historiador de arte y periodista en el mercado editorial español con un libro demoledor. Cualquier persona tiembla ante la depresión, un trastorno que genera miedo, angustia, desesperación y rabia: la depresión agarra a la presa hasta hundirla anímicamente. El protagonista vislumbra el pozo, pero decide no caer y se pone a escribir. A través de la introspección, Pomella mira dentro de sí mismo para analizar la depresión que le inmoviliza y repasa las etapas que ha atravesado para destruirla, desde la medicación hasta los diferentes psiquiatras que lo han atendido.

El autor relata su historia para que el lector empatice con él y la haga suya. Dividida en tres partes —y con un epílogo—, la narración en primera persona nos introduce en la realidad de la enfermedad y el mal humor y la hostilidad que le producen al protagonista. Canalizar la realidad o hacerla nuestra, esa es la cuestión. Su historia se entremezcla con nuestros pensamientos, nuestras angustias, formando un todo compacto e insostenible que nos hunde, como un ancla, hasta el desconocido y abismal fondo de nuestra mente.

Al protagonista le diagnostican depresión mayor, un padecimiento que deriva en pensamientos y reflexiones ácidas para cualquier persona: la irrelevancia de cada sujeto en el mundo, ese «tomar conciencia» de lo que la vida supone y, por supuesto, el sentido de la vida. En El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl ya planteó la cuestión del sentido de la vida cuando dijo: «Aun en las peores condiciones, nada en el mundo ayuda a sobrevivir como la conciencia de que la vida esconde un sentido».

«La cima de toda racionalidad es la toma de conciencia de que no existimos», dice el protagonista. Somos motas de polvo en el tiempo y espacio infinitos. La opacidad de la vida, dice, es cosa de sanos. Los que sufren depresión ven la vida cruda, sin filtros, y padecen la visión espeluznante del sinsentido de esta.

El protagonista del libro va más allá de la rutina para plantearse cuestiones sumarísimas: ¿para qué estoy aquí? o ¿tiene sentido seguir viviendo? Estas preguntas, en un estado de depresión, pueden generar respuestas que deriven en tragedia. El vacío que corroe su interior solo parecen amortiguarlo los antidepresivos o, en mayor medida, su mujer Grazia y su hijo Mario. Su hijo y sus juegos a veces actúan como terapia: Mario se interpone entre él y la depresión para frenar el avance de los enemigos.

Sin embargo, el gran silencio que le carcome en su interior no acaba ahí, siente incluso como si un casco le apretara la cabeza y le sometiera. La música y las canciones en las que podemos encontrarnos también pueden actuar como bálsamo ante el implacable golpe de la depresión, así como las excursiones y los momentos en familia y de asueto.Los recuerdos le encorsetan y asfixian e intenta lidiar con ellos a partir de tareas en las que ocupa su tiempo. El protagonista ve la depresión que lo copa todo e intenta abrirse paso en el mundo mientras se siente observado y juzgado por ella. Acude al pasado en busca de respuestas: el divorcio de sus padres o la nula relación que mantiene con su padre desde que era un niño le sirven para volver atrás y buscar allí el origen de su mal.

También imagina cómo habría sido su vida —y si esta hubiera derivado en depresión— si las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Vuelve a episodios de la historia de su familia, su infancia y su adolescencia mientras la figura de su progenitor sale a relucir. «Miedo y frustración ante el padre son los cimientos sobre los que he construido la enfermedad», dice el protagonista, que renunció a la figura paterna.

Pomella escribe con un matiz poético sin perder la crudeza de la realidad que impone la depresión. El autor construye una obra conmovedora gracias a la que se entiende mejor la realidad de este trastorno. También sirve para suprimir el tabú que aun hoy supone ir a psicólogos, a psiquiatras y sufrir depresión o cualquier trastorno mental.

Virginia Woolf conocía bien esto y llamaba «ejército de los erguidos» a aquellos que no estaban enfermos y seguían con su vida normal llena de cotidianidades como ir a la compra o llevar el coche al taller, algo imposible para aquellos consumidos por el ahogamiento existencial y social que produce, por ejemplo, la depresión.

Aquí vemos a un hombre que ha superado fracasos laborales y familiares y que lidia con este mal, que lo oscurece todo y no le deja respirar. La sociedad de la superficialidad y el difícil mundo laboral —donde el empleado muchas veces se ve obligado a anteponer la seguridad económica al bienestar mental y laboral— producen el síndrome del trabajador quemado —o burnout—, así como depresión o malestares mentales perjudiciales.

La muerte y el suicidio también tienen su espacio en un libro duro donde el control, el ahogamiento y las conductas maniáticas y obsesivas caracterizan a un protagonista cuya reconciliación con el pasado conduce, a veces, a la paz mental.

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