Entrevista Eva Córdoba - Literatura - Nostromo Magazine
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Eva Córdoba: “Este libro no es solo un poemario, también una lección de superación en la vida”

por Mario Guerrero

Busque en YouTube Nuvole Bianche, una preciosa melodía de Ludovico Einaudi, y escúchela mientras lee Tomando la Luna. La certeza del todo (Editorial Quaestio, 2021). Este es el segundo poemario de Eva Córdoba (Cádiz, 1971), que sigue a La certeza de la nada (Mujer en rojo). En este, la poeta gaditana toma la luna y escribe para que otros se encuentren en sus versos, pero sobre todo para encontrarse a ella misma.

Dedica poemas a sus hijos, a su difunto cuñado Manolo (ese poema es estremecedor), a las personas mayores, a los migrantes, a la música e incluso a la ciudad de Cádiz. Los poemas de Córdoba se caracterizan por la fuerza de sus mensajes: resistencia ante desengaños amorosos, lucha y hastío por combatir con la vida. Pero nunca hay resignación ni desistimiento, sino todo lo contrario. Son poemas comprometidos contra la violencia machista que enraizan con los de su anterior poemario.

La evolución de la autora está ahí, pero también pervive su esencia. En cierto modo, en Tomando la Luna volvemos a ver a esa Eva que se hace preguntas y recuerda a personas del pasado. De nuevo, la poeta ha sido capaz de llegar al corazón del lector y erizar las emociones con unos versos sencillos y claros, alejados de difíciles malabares literarios y palabras rimbombantes.

Eva Córdoba / Ana María Manteca Pareda

En Nostromo Magazine hemos hablado con Eva Córdoba, y este ha sido el resultado:

Tu primer poemario se llamó La certeza de la nada y este lleva por subtítulo La certeza del todo. ¿Qué transformación ha habido en ti como persona desde aquel poemario a este?

Ha sido una transformación total. Fue a raíz de una ruptura de pareja que tuve. Leí a Coral Herrera y su libro Mujeres que ya no sufren por amor. Aprendí mucho, hice auto-conocimiento, pensé… tuve que pasar un duelo muy duro por esta ruptura. Decidí que, como decía ella, en la vida todo no es tener una relación amorosa, sino que haya muchas más cosas. Ha sido un proceso extremadamente duro para mí, de verme fatal y de llegar a la conclusión de que así no podía estar ni seguir planteando mi vida. Aprendí que en la vida hay muchas cosas por hacer y que puedes llenar la vida de muchas cosas que te gusten, que nunca hayas hecho, que sean tu sueño… Estudiar hebreo, como a mí me gusta, o escribir poesía, aunque yo ya la escribía, pero me centré más en eso. Empecé a llenar mi vida de cosas, situaciones, personas y de mí misma, que era lo más importante. Me llené de mí y me llené de vida. Me di cuenta de que había estado casi muerta, sin energía, porque te la roban. De pronto empiezas a sentirte realmente viva, y es cuando ves que has superado la violencia machista. De la nada se puede pasar al todo, dice en el preámbulo, pero hace falta trabajárselo. Este libro no es solo un poemario, sino también una lección de superación en la vida. Fue un cambio radical. Como dice el poemario, tienes que darte permiso para comprenderte.

Ese poema, el que se llama «Me doy permiso», me parece muy importante porque es fundamental darse permiso.

Ese poema es muy bonito y mucha gente que lo lee me dice que es para ponerlo en la pared. Además, para todo. Si te encuentras enfermo, date permiso. Si estás deprimido, date permiso. Si no puedes llegar a más, porque a veces nos exigimos mucho, date permiso.

Esos son los cambios que ha habido en ti, pero ¿y en tu forma de escribir poesía? ¿En el proceso de escritura de este poemario has tenido los mismos nervios, inspiración e ilusión que en el anterior?

La gente me dice que le gusta este segundo poemario más que el primero. Este poemario lo escribí porque me lo pidió el editor y creo que este en algunos poemas es muy duro y en otros es muy esperanzador y reivindicativo. Trata más temas sociales, como el de la migración, y los poemas los he escrito más concentrados en el tiempo. Sobre la inspiración no te puedo decir, porque me suele venir cuando me pongo música. La banda sonora de este poemario es Nuvole bianche de Einaudi. Era escucharlo y me salían poemas del tirón. El cambio de actitud ha sido en todo, he vivido experiencias nuevas, de compartir cosas con gente que antes no conocía…

¿Cuánto has buscado en ti misma para escribir estos poemas?

Me he auto-conocido muchísimo. Hay mucho de mí y de mi forma de pensar. Yo escribo sobre la verdad. Hay poetas que suelen escribir describiendo árboles o cómo cae la lluvia, y es muy legítimo. Pero yo siempre que escribo me sale la Eva reivindicativa, también me puede salir la Eva amorosa.

En uno de los poemas, la luna se quita los tacones para ir descalza y bañarse en el mar como gesto de libertad. ¿Eva Córdoba también se ha quitado los tacones para sentir el suelo bajo sus pies?

Totalmente. Ese poema en realidad es un silogismo porque la luna es la mujer. Habla un poco de la opresión que tenemos las mujeres por tener que ir guapas y llevar tacones, que nos opriman y que nos condicionen. Tienes que ir siempre perfecta, estar siempre delgada… La luna no necesita tacones y la mujer tampoco, vas en chanclas o como quieras. Ese poema tiene muchas cosas: las personas trans, las personas bajitas (que tienen baja autoestima), las que están en los hospitales… Y al final se baña desnuda y siente el mar. Con los pies grandes, bajita, con más kilos o con menos, pero soy yo. Y quien no me acepte, peor para él. Yo me he quitado los tacones porque me he liberado.

En algunos poemas, la narradora expone sus recuerdos y piensa en personas que ya son pasado. ¿Hay recuerdos imposibles de borrar?

Totalmente. Hay un poema llamado «Desolvido» donde digo que un verdadero amor nunca se olvida, que siempre permanece silente en la memoria. No podemos olvidar porque el cerebro tiene una función de supervivencia, pero sí aprendemos a vivir con ese recuerdo. Algo que has vivido, ahí se queda. Al cabo de un tiempo ya no lo echas de menos ni te duele, pero puede estar ahí. Sobre todo cuando acabas de dejar la relación. «El tiempo todo lo cura», dicen, pero el tiempo no cura nada. Tienes que curarte tú.

Dedicas un poema a las madres y lo terminas con esta pregunta: «¿Qué sería de un mundo sin madres?». ¿Qué responderías tú?

Un mundo sin madres sería un mundo de niños y niñas carentes de una figura fundamental como es el amor que te puede dar una madre. Para todo el mundo, su madre es lo más. Si no hubiera una madre que te diera un abrazo cuando vienes agobiado… Te lo puede dar tu padre también, pero quiero visibilizar la labor que hacen las madres, a veces invisibles. Además, lo pongo: «madres invisibilizadas». Un mundo sin madres sería una debacle porque le faltaría un componente básico que cambia el mundo, que es el amor. Si un niño o una niña no se cría con amor, mal lo lleva. Si no luego hay muchos problemas. El amor es fundamental, pero no solo el de pareja, el de una madre a un hijo, el de los hermanos, el de tus amigos o el amor a la vida y a la literatura. Es amor.

En un poema, la narradora cita las lágrimas negras que canta El Cigala o La mujer de verde de Izal. ¿Qué importancia tiene la música en tu poesía?

Tiene toda la importancia. A menos que me salga un poema de pronto, siempre escribo con música. Pausa, de Izal, es muy buena para escribir. La mujer de verde, no. Hay canciones que tienen un ritmo o una cadencia que te ayuda a escribir los versos. Los poemas deben tener una música interna para que suenen bien. Si los escribes con música, te está ayudando a escribir la musicalidad de los poemas. A veces recito los poemas junto con la música y pegan totalmente. Por un lado está la parte técnica y por otra, la espiritual. La música es muy poderosa y puede ponerte triste o alegre o relajarte. Hay canciones que tienen el poder de hacer que te concentres y que puedas escribir poesía. Hay músicos maravillosos: Tchaikovsky, Mozart… La poesía tiene que tener música.

Eva Córdoba / Joaquín Hernández ‘Kiki’

Son inseparables

Van de la mano. Un poema no hace falta que rime, lo que tiene es que sonar. Yo no he contado sílabas en mi vida. Si te llega el soneto está bien, pero puedes hacerme un soneto técnicamente perfecto y que no me diga nada. Lo puede hacer un robot.

También aparecen las mascarillas. ¿Qué influencia ha tenido la pandemia en tu poemario?

Al contrario de un montón de autoras y autores, no he escrito mi poemario en el confinamiento, aunque sí algún que otro poema. La situación que estamos viviendo ha tenido influencia por ejemplo con el tema de las mascarillas. Me pasó que antes iba llorando por la calle y la gente se daba cuenta, pero ya no porque nos han quitado la sonrisa y la expresión. He querido reflejar esta situación, cómo nos ha apartado a los unos de los otros, el hecho de no poder darnos abrazos… No hay ningún poema que hable de eso, pero sí a nivel sentimental. Durante el confinamiento escribí un poema que hablaba de que cuando todo pase veremos que todo mejorará. Decidí no publicarlo.

Porque es mentira

Claro. Pensábamos que esto nos iba a hacer cambiar y ser mejores personas, pero creo que estamos incluso peor. Yo sí cambié, pero otros no.

Por último, Eva nos recomienda algunos libros que le han gustado, como hizo la última vez que la entrevistamos en Nostromo Magazine. Uno de ellos es Minucias y angustias, de J.M. Beiro, del que se ha quedado con ganas de más. Volveré de nuevo, de Mila Fernández de la Puente, dice Eva, mezcla novela histórica y romántica y es un libro muy interesante, mientras que Regálame una sonrisa, de Ada Sillero, es tierno. La poeta gaditana también nos recomienda todo lo que escribe Coral Herrera y Abordaje a la larga, de Juan Antonio Rodríguez Astorga. Por último nos habla de Si es amor, no duele, de Pamela Palenciano e Iván Larreynaga. Este último trata sobre la violencia machista, explica la telaraña y visibiliza los procesos que a veces se normalizan pero que no son normales.

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